El alma en conflicto

La materialización de La Sombra en “El extraño caso del Dr. Jekyl y Mr. Hyde” de Robert Louis Stevenson

Bien y mal. Luz y oscuridad. Dos caminos, dos fuerzas en eterna pugna, dos partes de una balanza que constantemente combaten por inclinarse hacia alguno de los dos extremos. La dualidad entre el bien y el mal es una dicotomía que se ha reflejado a través de la historia. Las contradicciones con respecto a las consecuencias que cada uno de estos lados genera y la insatisfacción proveniente de la disyuntiva que ambos forman, ocasionan una introyección de los conceptos mismos y convierten a las personas en seres que responden a una “moralidad” determinada. Esta ambigüedad se asocia al sentido mercurial de lo absoluto y, a su vez, acerca a la psique humana al reconocimiento de la esencia propia. 

Robert Louis Stevenson escribe bajo el cielo del Reino Unido en el año 1886 El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde, novela con la que proyecta a la sociedad su interés por la moralidad y los trastornos disociativos de la identidad. En esta, el personaje principal es Henry Jekyll, un doctor en medicina que realiza un experimento con el que espera separar el “bien” y el “mal” de las personas. De esa forma, busca aliviar su descontento con las excesivas expectativas que posee a sus 50 años (aproximados), con un puesto reconocido en la sociedad, pero reprimiendo sus más profundos deseos. Una vez que lograr crear la “pócima” y esta actúa de forma efectiva, aparece en escena su otra personalidad; Edward Hyde, el lado maligno del doctor, una manifestación física y psíquica de personalidad oscura. 

De esta manera, Stevenson lleva al lector al terreno de la proyección hacia el exterior de la oscuridad del “ser en sí mismo” que, en este caso, se literaliza en una encarnación/transformación del Dr. Henry Jekyll. La personalidad de Henry goza de una exterioridad respetable, donde su consciencia crea a un personaje honorable que encaja en la sociedad del siglo XIX, pero que reprime su inconsciente, engendrando en lo profundo de su psique a un ser inverso a la máscara de su persona racional, en espera de ser desatado.

Resulta conveniente mencionar el análisis de la psicoanalista Susan Cloninger, quien en su libro Teorías de la personalidad, desglosa el trabajo de Carl Jung respecto a los campos del inconsciente y la proyección. Cloninger dice que Jung, como todo psicoanalista, reconoció que la personalidad incluye tantos elementos conscientes como inconscientes.  Se refirió, además, al Yo para describir algunos de los aspectos más importantes de la personalidad. 

En este sentido, la personalidad inicial de Henry Jekyll se ve perforada por su constante conciencia ocupada y llena de dudas que lo llevan de alguna manera a reflexionar sobre la dualidad “hipócrita”, a la que hace referencia cuando explica las razones por la que decide darle rienda suelta a sus “irregularidades”. El doctor es la persona, mientras que Hyde es la manifestación de la personalidad a la que Jung se refiere como el “sí mismo” que incluye cualidades y potencialidades de la persona. 

De manera que la persona en este caso podría ser vista como la máscara pública del ego reprimido (Jekyll), capaz de encajar en la sociedad que eleva el martillo y lo prepara para golpear, mientras dicta una apresurada sentencia. Jekyll lucha durante bastante tiempo con su comportamiento y logra crear una imagen social impecable que oculta sus deseos más mórbidos. Al darle la espalda a estos e intentar negarlos, descubre que es necesario admitir “la realidad de su sombra”. Ahora bien, ¿qué es la sombra de Henry? Edward Hyde y todo lo que este representa. Cloninger habla de este concepto argumentando que “el término Sombra se refiere a aquellos aspectos de la psique que son rechazados de la conciencia por el yo, ya que son inconsistentes con el autoconcepto”. Jekyll reconoce a su sombra al decir: “ese también era yo. Me pareció natural y humano. A mis ojos era una imagen más fiel de mi espíritu, más directa y sencilla que aquel continente imperfecto y dividido que hasta entonces había acostumbrado a llamar mío”

La “Sombra” se mantiene entre lo consciente y lo inconsciente, entre lo que ya se es y lo que se podría ser. Y pasar de la personalización admitida por la sociedad a la personificación es una de las formas que puede considerarse más efectivas de encarar al ego. Edward Hyde, el sujeto que produce esa sensación angustiosa, representa enteramente al mal, según la percepción y la autoconciencia del propio Henry. 

Partiendo de la idea del mal del Dr. Jekyll, es necesario reconocer la concepción del bien que nace de esto. En sus escritos, San Agustín definió el mal como “toda ausencia del bien”. Este cuestionamiento absoluto del bien y el mal y su procedencia lo llevó a concebir dos nociones de bien para ejemplificar su imagen del mal. Mientras que el bien moral es el plano ético del hombre y la vida en la sociedad, el bien absoluto alude al plano metafísico, a la perfección y a la psique. San Agustín, bajo su lema religioso, asocia el bien de forma ineludible a Dios. No por este motivo hay una referencia religiosa asociada a la dualidad de la personalidad del Dr. Jekyll. 

La dualidad del ser manifestada en él tiene raíces más profundas, que derivan del conflicto interno de Jekyll, quien se siente urgido por experimentar la liberación de la inconsciencia y la desinhibición de lo canónico. Un reconocimiento taimado y progresivo de su propia dualidad lleva a Jekyll al autoexamen de su alma en conflicto: “El lado malo de la naturaleza, al que yo había otorgado el poder de aniquilar temporalmente al otro, era menos desarrollado que el lado bueno al que acababa de desplazar”. De esta manera, Hyde se convierte en lo que Jung llamaba “La Sombra media entre la conciencia y el inconsciente. La emergencia de la sombra desde el inconsciente que produce la experiencia del conflicto moral”. 

Precisamente es dicho conflicto el que hace pensar que la intención de Stevenson podría ser trascender el ámbito del pacto ficcional con la obra y sus personajes y conducir al lector a una autorreflexión en la que se cuestione las bases de su sentido de la moralidad.

Friedrich Nietzsche en su Genealogía de la Moral apunta al respecto:

“No se ha dado ni vacilado en lo más mínimo cuando se considera que el hombre “bueno” supera en valor al hombre “maligno” y que esta superioridad del valor resulta tal en el sentido de ser lo propicio, útil, ventajoso, para el hombre como tal”. 

Edward Hyde es entonces la representación del mal, pero es a su vez “una libertad de espíritu desconocida, pero no inocente” para el propio Henry Jekyll, que reflexiona sobre su naturaleza manifestada de forma primitiva en rasgos dominantes con la encarnación literal de su “demonio”, que a fin de cuentas no es sino una versión liberada de sí mismo, sin ataduras o prejuicios morales. Esta transmutación genera un aprendizaje trascendental en Henry, quien descubre en el terreno de lo moral “la naturaleza primitiva y la dualidad del hombre”, alojadas en una identidad distinta y a la vez familiar, que le permite liberarse de las ataduras y convenciones sociales impuestas por la estratificada sociedad, convirtiéndolo en una simple máscara de su yo potencial. 

A raíz de esta dualidad que enfrenta los conceptos de lo correcto con aquello que puede ser considerado “malvado”, es que se genera la disyuntiva moral en el lector. Una disyuntiva que induce al cuestionamiento de la percepción del mal y, por tanto, un cuestionamiento de las bases morales del individuo mismo según el nivel de rechazo o aceptación de los aspectos que componen al ser. Es pertinente entonces preguntarse si es acaso esa “falsa moral” reinante en la sociedad la causante de esta profunda confusión, arraigada sin tregua en el inconsciente colectivo. Nietzsche se preguntaba: “¿Y si acaso la moral fuera la culpable de no haber alcanzado jamás una potencialidad y una excelencia superiores, por lo demás posibles en sí para el hombre? ¿Y si entonces por esto mismo, la moral fuese el peligro entre los peligros?”.

Una interrogante complicada, que ofrece una explicación abierta a la transformación de Jekyll, otorgando la oportunidad de decidir si el cambio y esa representación de lo más profundo del ser aniquila, pero libera al propio “Yo”. Ese que al parecer está dispuesto a conocer, ya sea por lo que pueda ser dicho, o simplemente por lo que pueda ser descubierto. Quizá este camino de reinterpretación de la moral y sus consecuencias sobre la autopercepción pueda llevar en algún momento al individuo a enfrentar las profundidades de su ser, hasta desarrollar la capacidad de abrazar sin problemas la dualidad, convirtiéndose en una suerte de combinación de Jekyll-Hyde, en perfecta comunión simultánea con la luz y la oscuridad fluctuantes en el interior. 

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