El concepto de malditismo a través de los siglos: Baudelaire vs Panero

A priori, pensar en un artículo de literatura comparada cuyos protagonistas son dos poetas de dos siglos diferentes cuyo principal punto en común es el malditismo, puede parecer, cuanto menos arriesgado. El propio concepto de malditismo ya que es bastante obtuso, subjetivo, incluso abstracto: digo esto porque el primero de los autores tratados, Charles Baudelaire, ni siquiera sabía que estaba creando escuela ni acuñando este término, ya que fue más tarde Verlaine quien en su obra “Los poetas malditos” dejaba cerrado este concepto.

Quizá pintó con su vida, con su existencia y con sus versos esta noción, que después viajaría en el tiempo tocando a unos y a otros, independientemente de su origen, nacionalidad o género tratado, hasta aterrizar sobre el último, ya en nuestro tiempo, el español Leopoldo María Panero. Y él mismo renegó siempre de este apelativo, considerando el abanico que envuelve a estas generaciones perdidas, ahogadas en su propia existencia y en su oscura literatura, algo que no le correspondía y que no casaba con su forma de vida. Sin embargo, la sombra del malditismo se cierne sobre él y esto puede apreciarse a la hora de comparar uno con otro, primero con último, para concluir si en común tienen más que la pertenencia a este grupo, o si tal vez es absurdo el cotejo, la asimilación de ambos.

La lírica ocupa un espacio hoy en la sociedad algo secundario, apartado o marginal. Los lectores de poesía son los menos, y el género ha sido relegado a la oscuridad del lector más minoritario. No obstante no era la situación igual en el París de 1860, cuando se empieza a leer “Las flores del mal” por las calles francesas. Aun así, ya no por género sino por contenido, a la obra le costará ver la luz fruto de las múltiples censuras. Sin embargo el verso, la poesía como vehículo de lo maldito, de lo prohibido, constituyen un género mucho más expresivo y más conciso a la hora de mostrar sentimientos, vivencias, horrores. Me refugio- se refugian ellos – en el verso, tanto el uno como el otro, como forma de expresión, y creo que no puede ser de otro modo.

La elección de estos dos los autores no es una elección vana, ni siquiera tomada al azar. Es completamente voluntario el sacar a la palestra a un escritor francés, autor de una de las obras más importantes de la poesía moderna, como primer adalid del malditismo. Bien podía haber sido escogido, no obstante uno de los autores incluidos en la recopilación posterior de Paul Verlaine “Los poetas malditos”: Tristan Corbière, Arthur Rimbaud, Stéphane Mallarmé, Marceline Desbordes-Valmore, Auguste Villiers de L’Isle-Adam y Pauvre Lelian (anagrama de Paul Verlaine). Sin embargo resulta de más interés rescatar al propio hijo pródigo del malditismo, el primero, sin el que prácticamente ninguno de estos seis autores podían haber existido como los que fueron.

Está sobradamente demostrada la influencia de Charles Baudelaire y su principal obra en estos autores. Del mismo modo que, si partimos del final en vez de desde el origen, y vamos tirando del cordel, aparece Leopoldo María Panero, con esa vida tan maldita y esa poesía tan dura, rescatando temáticas y formas que son claramente influencias de los anteriores poetas malditos. No lo esconde, por ejemplo, ya que tanto en obras como en entrevistas, el poeta madrileño nombra a Mallarmé como una de sus principales musas.

Hay un punto de partida para esta reflexión que no se puede obviar: son los dos poemas dedicados a Satán cuyo paralelismo poético es lo que lleva a desentrañar poco a poco los poemas, la poesía, las obras, y vidas de los dos autores. Es como desatar nudo y observar hasta donde se pierden las dos cuerdas, paralelas al principio y que toman rumbos distintos según nos acercamos al origen.

Con el fin de poder entender este paralelismo, cabe destacar una doble vertiente: la vertiente literaria y la vertiente biográfica.  Si realizamos un estudio de ambas con el fin de encontrar convergencias en puntos más allá de la pura poesía podemos encontrar referencias intertextuales, y más allá, si sondamos en sus propias vidas paralelismos o similitudes podemos encontrar una base para el estudio comparativo.

Agarremos, en una mano, “Las flores del mal” de Charles Baudelaire y en la otra “Poemas del manicomio de Mondragón” de Leopoldo María Panero. Cabe resaltar en este punto sus dos diferencias más relevantes: el tiempo y el lugar (y la lengua empleada, por ende). “Las flores del mal” fue escrito en París a lo largo de la vida de Baudelaire durante dos décadas desde aproximadamente 1840, en francés. Los “Poemas del manicomio de Modragón” en 1987, esto es 147 años más tarde y en lengua española. Este aspecto hay que tenerlo en cuenta ya que formalmente la poesía de uno y otro dista mucho, el estilo, la forma etc.

¿Por qué estas dos obras?: Parece que en el caso de Baudelaire está más claro, ya que “Las flores del mal” es su obra cumbre, que fue trabajando a lo largo de casi toda su vida y donde incluye la mayor parte de los poemas que a mi entender suponen una mayor relevancia. Incluye aquí “Les litanies de Satan” o “Las letanías de Satan”, poema que servirá de referencia para poner de manifiesto el contraste con Leopoldo María Panero.  En cuanto a este último, si leemos “Poesía Completa” (1970-2000),  podemos hacernos una idea global ya que encierra múltiples obras del autor, todas salvo las escritas en los últimos catorce años de su vida. Sin embargo existe una única obra (que presenta una coherencia interna constante) cuyos poemas conforman una unidad indestructible, todos escritos en el mismo tiempo y forma: “Poemas del manicomio de Mondragón”. Esta pequeña obra contiene poemas relacionados con sus vivencias psiquiátricas en el mencionado hospital psiquiátrico, pero también remueve temas como la muerte, el demonio, el fin del mundo…En esta obra podemos encontrar el primer “Himno a Satán” que Leopoldo María Panero escribiría, y que es el espejo comparativo contra el que se va a mirar el autor reflejando un Baudelaire que ya escribía a Satán siglo y medio antes.

Hace falta ser coherente biográficamente hablando, pues en el concepto de malditismo compartido por ambos autores, el factor biográfico juega un rol de suma importancia. Para lo cual recomiendo dos de las mejores o más completas biografías de estos autores: “Baudelaire” de César González- Ruano, que hace un análisis – algo lírico- de la vida y obra del autor, y “El contorno del abismo” de J. Benito Fernández, biografía sumamente extensa y completa pero finalizada cuando el poeta aún vivía, ya que fue publicado en 1999 y el autor viviría quince años más.

La relación pura que se establece entre los autores parte de un núcleo tematológico. Como he mencionado, es difícil entre estos autores hablar de estilos o formas – de esto último algo más- por la escritura en diferentes idiomas, diferentes épocas, sin embargo he encontrado una línea en común que nace de sus coincidencias biográficas y se extiende hasta sus literaturas en forma de temas, como pueden ser la religión- más en concreto sus continuas alusiones al infierno, los ángeles o el demonio, y el fin de la vida.

El malditismo no es un concepto cerrado, no es un club selecto en el que se entra y ya no se sale. El malditismo es además un concepto dinámico, que ha ido cambiando con el paso de los años y de la cultura. Pero si tuviera que asociar este concepto a una característica, esta sería la soledad. Tal vez una soledad con muchas personas alrededor, a menudo poetas coetáneos, pero una soledad interna que aparta al poeta o al escritor maldito de la senda que podría haber seguido. A menudo hijos de buenas familias, los malditos van sumiéndose en esa soledad ciega, esa imperturbable vía de dolor.

Baudelaire puede entenderse como el primer poeta maldito, el que acuña sin saberlo el término que nace a raíz de su primer poema incluido en “Las flores del Mal”, “Bendición”. Sin embargo será Verlaine el que dará título a su recopilación de poetas malditos de su época, en Francia, sobre los que Baudelaire había ejercido sin duda una gran influencia. Estos poetas siempre fueron seres atormentados e incomprendidos, teniendo vidas trágicas y entregados con frecuencia a actitudes autodestructivas; que para el autor, eran consecuencia de su gran talento. Como dice Paul Valery “ni Verlaine, ni Mallarmé, ni Rimbaud hubiese sido lo que fueron sin la lectura, que hicieron, en la edad decisiva, de Las Flores del Mal. Pero sin duda citaría a Mallarmé como el vehículo que transporta mucha influencia de Baudelaire y la deposita en Panero más tarde. Éste siempre le menciona como una de sus principales influencias.

Sin embargo, pronto el término se expande, y atraviesa fronteras. Será considerado maldito cualquier escritor que tenga una vida complicada- y la cual se refleje en su literatura, por supuesto.

Entre las décadas que separan a ambos autores, siguiendo con el concepto de malditismo parece juicioso mencionar a Edgar Allan Poe, ya que fue un autor atormentado por la pobreza y los mismos terrores que recreaba, y quien falleció entre alucinaciones y delirios alcohólicos. Fue el pionero de la ciencia ficción, el padre del cuento fantástico y la novela policiaca. Importante es su relación con Baudelaire ya que éste fue su principal traductor del inglés al francés. Baudelaire tenía un perfecto dominio de ambas lenguas debido a su madre. Gracias a él la obra de Poe se difundió por Francia.  Se dijo a menudo que Baudelaire había encontrado en Edgar Allan Poe un “hermano literario”, hasta tal punto que los temas y los principios poéticos de los dos hombres se asemejan. Baudelaire lo reconoció en una carta a Théophile Thoré en 1864: “La primera vez que abrí un libro escrito por él, vi con espanto y fascinación, no solo temas que yo soñé, sino frases pensadas por mí y escritas por él veinte años antes”

Por otro lado, esta vez por su relación con la vida y obra de Panero, tenemos a Antonin Artaud.  Este poeta es una inspiración directa para Panero, su figura tutelar, quien toma de él citas en muchas ocasiones. Además es importante realzar su parecido biográfico: Artaud y él siguen desde niños caminos paralelos. Artaud, víctima de una neurosífilis desde que era niño, pasó larga parte de su vida atormentado por delirios y paranoias, e ingresó, al igual que Panero en numerosas instituciones de cuidado mental. Desarrolla un profundo odio por la psiquiatría que se plasma en su obra, plagada de violencia y sangre.

¿Y a quiénes podemos considerar nuestros malditos más contemporáneos? Sin duda, en España, incluso Europa, Panero es nuestro maldito más reciente, pero, ¿quiénes son sus coetáneos más influyentes al otro lado del charco? En este caso el concepto de malditismo europeo entronca con la Beat Generation en Estados Unidos. Como un afluente del malditismo francés, allí empieza a enraizar esta nueva generación de autores. Como pioneros me parece necesario nombrar a Kerouac, Borroughs y Ginsberg. Y cómo no, Charles Bukowski, quien es considerado el último “maldito” de la generación. Además de muy prolijo en novelas, su producción poética es bastante amplia. La poesía de Bukowski, al que le gustaba vanagloriarse de haber escrito su primer poema con 35 años, está marcada por un realismo descarnado y lírico al mismo tiempo, explícito, tierno en ocasiones y brutal en otras, abundante en datos autobiográficos, muy personal, y pleno de humor ácido y desencantado. Nunca dejó de escribir poesía la cual, con los años, se fue haciendo más directa, más sobria, como en El amor es un perro del infierno (1974) o La última noche de la tierra (1992).

Baudelaire fue considerado “el ángel maldito y desplumado de la alta noche, como el ángel de la droga, de los amores confusos y tenebrosos, del aburrimiento que hace a su alma cruel, de la ternura envenenada que se revuelve en un rencor casi sagrado”.

Las relaciones familiares de Baudelaire no son sanas, es decir desde su infancia son complicadas y le marcarán para el resto de sus días. Comenzando por su hermano, con el que guardará una relación poco afectuosa, y de quien Ruano dice lo siguiente “Claudio Baudelaire tiene mucho del falso Baudelaire ordenado y juicioso, que ha de repelerse con su hermanastro, con nuestro poeta, y ser odiado por él con el odio del hombre injusto y genial”. Le une con su madre, la joven Caroline Dufays una relación de amor- odio que más tarde podremos cotejar con la relación de Leopoldo María Panero y Felicidad Blanc. Parece en ciertos momentos que la adora, pero en otros la detesta o la utiliza únicamente como podemos ver en sus cartas para exigirle dinero, cuidados, o que le envíe pertenencias etc. Cabe destacar que su padre muere siendo él muy pequeño. Esto es algo que le quedará marcado. Parece que el autor “mata al padre” cuando aún no está preparado para hacerlo, y no lo hace cuando debiera. Por otro lado, hay que destacar que nace en una familia que le brinda bastantes oportunidades, como es el caso de su padrastro. Es educado en inglés (por su madre) y francés. Es decir, el malditismo no le viene de cuna.

Uno de los rasgos más importantes y característicos para entender su obra será su enfermedad. Enfermo de sífilis desde que era joven, pasa su vida entre penurias físicas, por lo que se verá obligado a usar (y abusar) de opio, éter, etc. Claro que esa es la excusa inicial, sabemos que Baudelaire es un adicto al vino, al aguardiente, al hachís, al láudano. Pasa gran parte de su tiempo drogado, bebido, y  muchos días dolorido o durmiendo entre grandes estertores.

Durante su corta vida son muy reseñables las mudanzas constantes, tanto dentro del propio París como en su exilio marítimo, naufragada tortura a Calcuta, como su posterior exilio a Bélgica- éste deseado. Parece que el autor no encuentra su lugar, no sabe dónde es feliz, dónde desarrollar una vida. Además, allá donde va, parece tomar siempre las decisiones equivocadas. Así nos lo confirma Ruano quien tira de una carta del autor que confirma lo siguiente “Me encuentro – dice- culpable conmigo mismo. Esta desproporción entre la voluntad y la facultad es para mí intangible. “¿Por qué teniendo una idea tan clara del deber y de lo conveniente hago siempre todo lo contrario?” Es también reseñable, en cuanto a su relación con el entorno, las continuas provocaciones que realiza. Es un hombre querido y odiado, causa cuanto menos excentricidad y asombro. Tiene un carácter ácido que no todos entienden. Es importante conocer esta faceta de su personalidad pública, ya que todo tiene un reflejo en la obra posterior. Un ejemplo cualquiera de estas provocaciones, nos la muestra Ruano: “Muchas noches no hace otra comida que la de unos pasteles que asegura que están rellenos de vísceras humanas, con su afán de siempre decir algo desconcertarte y original”.

Es del mismo modo importante relatar brevemente la peculiaridad de su vida amorosa y sexual. En ningún momento fue ésta plácida o satisfactoria. Con continuas idas y venidas, amante de los prostíbulos, con relaciones amorosas tormentosas, principalmente la que mantendrá con ciertas intermitencias con Juana Duval. Todos estos fracasos que reseño son importantes a la hora de entender su obra principal “Las flores del mal”.

En 1845 llega el evento que marca la vida de cualquier poeta maldito. Baudelaire se intenta suicidar, o lo finge al menos. No se tiene una clara evidencia de lo que ocurrió, pero parece claro que al poeta no le importaba coquetear con la muerte, a la que dedicará una parte de su obra principal. “[…] al extremo de escribir cuando pensó o fingió suicidarse <<me suicido porque me creo inmortal, y espero>>” escribe Ruano. Me gustaría recordar que durante toda su vida Baudelaire vivió una situación económica muy angustiosa, en parte por no saber administrarse y en parte porque, como buen maldito, no vio reconocida su obra en vida como hubiera merecido.

En el caso de Leopoldo María Panero es necesario recordar que Panero no se considera maldito, y así nos lo hace saber Benito Fernández: “Igual que aborrece la murga del malditismo. Sabe que está atrapado en la leyenda de autor maldito que se ha forjado en torno a él y de la con cólera reniega. Leopoldo María Panero no se considera autor maldito, aunque es consciente de que molesta y desagrada”. Podemos leer que Umbral dijo, en la obra de Ruano: “Otro maudit de la misma generación es Leopoldo María panero, hoy internado en un psiquiátrico. Poeta singular, prosista difícil, hombre culto y entero que ha llevado su papel de maldito hasta las últimas consecuencias. Solo que, tras la tradición romántica, los malditos de hoy ya no son ni pueden ser ingenuos, ay”

En el caso de Panero nace en una familia donde absorbe la poesía desde pequeño. Su padre, su hermano mayor, su tío… Parece que su relación con la poesía es desde niño mejor que la que mantiene con su familia. De nuevo la muerte de un padre joven, cuando era niño, le hace aborrecer la figura del mismo como reitera en el documental “El desencanto” de Jaime Chávarri. A su madre, Felicidad Blanc, la va a venerar y odiar en distintos momentos, teniendo una relación de amor- odio que le va a marcar en la literatura (en la obra que vamos a tratar hay un poema dedicado a su madre), además de existir un extenso recopilatorio de correspondencia con ella, donde a menudo le exige cosas, tanto materiales como intangibles. Y finalmente con sus dos hermanos, Michi y Juan Luis la relación se va deteriorando con el paso de los años.

En cuanto a la educación recibida, relevante también para entender su obra, es de bastante calidad. Aparte de tener la poesía en casa, acude al Liceo Italiano donde aprenderá este idioma. Aprende también francés. Comienza a estudiar Filosofía y Letras en Madrid, pero nunca lo termina. Comienza también los estudios de Filología Francesa en Barcelona. Hay que recordar la admiración que siente por los poetas franceses del S. XIX, Mallarmé en particular. De hecho, años después, se le propondría que su obra “Poemas del manicomio de Mondragón” fuese traducido al francés y él reaccionaria encantado a esta propuesta.

Igual que lo que más marca a Baudelaire son sus problemas de salud, en el caso de Panero su condición mental le lleva a pasar épocas, desde muy joven, internado en sanatorios mentales. Al principio son periodos más cortos, pero después pasaría años ingresado en Leganés, Mondragón, y durante los últimos años de su vida en Las Palmas, donde fallecería. Estas estancias van a marcar su literatura de una manera contundente. En las entrevistas y demás uno no sabe si está conversando con el mejor de los genios o el más absurdo de los locos. En él mismo convivía esta dualidad. Esta locura fue sin duda alimentada también por su adicción al alcohol y a los distintos tipos de drogas, incluyendo la heroína. Desde muy joven consumirá estupefacientes y grandes dosis de alcohol diariamente, razones por las que ingresará también para desintoxicarse. Estas aficiones, que no esconde, también se ven reflejadas en su obra. Muchas veces la poesía es su salvoconducto: cuando ya ha perdido su razón como individuo, perdura su razón como poeta, y los acercamientos que se pueden hacer hacia su persona son mediante su poesía. Entender al poeta para entender al hombre.

De nuevo como Baudelaire, Panero será una persona errante, un nómada. A disgusto siempre en todos los sitios, persiguiendo amores o posibles proyectos, viajará constantemente de Madrid a Barcelona, a París… Pasará estancias de joven en la cárcel por su activismo político antifranquista (marca de su “Muerte al padre” quien había sido uno de los poetas del régimen). En ningún lugar acabará de estar contento, vuelve una y otra vez a casa de su madre en Madrid…y vuelve a huir.

El carácter del poeta, marcado por sus adicciones y sus problemas mentales, es el de un provocador nato, un showman al que algunos admiran, pero del cual sus propios hermanos o amigos reniegan. Todos acaban saturados de su carácter irreverente y sus provocaciones histriónicas.  “Consultados varios psiquiatras que han tratado al poeta, todos sostienen que las relaciones que establece el autor son estrictamente narcisistas” nos dice Benito Fernández.

Como “buen poeta maldito”, Panero también intenta suicidarse en un par de ocasiones consumiendo altas dosis de medicamentos. Mira a los ojos a la muerte y estas experiencias le harán escribir de un determinado modo, tocando temas relacionados con la parca en numerosas ocasiones. Y, como maldito de nuevo, Panero muere solo, en el manicomio de Las Palmas donde pasó sus últimos años, habiendo visto su obra publicada pero sin haber podido vivir cómodamente de ello en ningún momento de su vida. Desde su juventud había pasado penurias económicas dependiendo siempre de su madre o de ayudas externas. Ningún premio le fue concedido en vida. Murió durmiendo, a sus 65 años, creando poesía.

El mito del sempiterno y último poeta maldito le persigue hasta después de su muerte. “¿Por qué ofrecer el alma al diablo, eso sí es ser un maldito no?”

En cuanto a las dos obras principales que he mencionado nos encontramos ante dos propuestas radicalmente opuestas en algunos puntos pero con grandes similitudes respecto a otros aspectos como iremos viendo.

En cuanto a las circunstancias exógenas en las que fueron escritas, “Las flores del mal”  trata de un recopilatorio escrito a lo largo de muchos años, abarca prácticamente la totalidad de su producción poética desde 1840 al año que se publica, 1857. Es su único volumen de versos. Pero merece la pena resaltar que no se trata de una recopilación de poemas, sino que como veremos a continuación se trata de una obra vertical, atravesada por una espina dorsal temática y divida en diferentes apartados, pero que toda ella conforma una unidad indisoluble y así lo quiso el autor. Panero, en cambio, escribe “Poemas del manicomio de Mondragón” en un espacio de tiempo mucho más breve, en los años de reclusión del autor en esta institución psiquiátrica. Condiciona mucho esta condición en sus versos, y se nota que el tiempo y el espacio están comprimidos en sus poemas. Podemos conocer que el manuscrito que envío Panero de esta obra estaba sucio, roto. Pese a la diversidad temática también se trata de una obra redonda, con sus poemas inteligentemente secuenciados y con un hilo conductor incuestionable.

En cuanto a la estructura, la obra de Panero es mucho más sucinta que “Las flores del mal” y cuenta con dos partes separadas, ambas precedidas de citas de su venerado predecesor, Mallarmé. Cuenta con nueve poemas en la primera parte y con once en la segunda, y cierra la obra con un breve ensayo titulado “El fin de la psiquiatría”.  Entre estos poemas, dedica uno a su madre, y otro a dos de sus amigos, personas muy influyentes en su vida. El tema de la psiquiatría está por supuesto presente a lo largo de toda la obra. La obra de Baudelaire es muchísimo más extensa, cuenta con un primer poema dedicado “al lector”, y luego está dividida en siete partes más, además de otra parte añadida al final, de redacción y publicación más tardía, “Nuevas flores del mal”.  La edición póstuma, publicada en 1868 contaría con 151 poemas. La censura, que recayó sobre parte de su obra no sería levantada en Francia hasta 1949.

En lo relativo a la temática, la de Baudelaire en esta obra es mucho más extensa también que la de Panero, sin embargo sus complicadas vidas son eco de muchos de los poemas. Su actitud existencial marca definitivamente ambas obras. Parece claro que las enfermedades que sufrían ambos, sus adicciones y su modo de ver la vida, como un infierno (esto lo repetiría Panero en más de una ocasión), les hace adentrarse en temáticas como la muerte, el fin del mundo, el demonio, los ángeles. Baudelaire se extralimita y trata también otros muchos puntos pero siempre desde una perspectiva similar.

No obstante, si nos aplicamos formalmente a la forma, los versos de Baudelaire cuidan una perfección técnica de un modo que no lo hace Panero. También es cierto que el estilo del verso o de la composición poética ha ido evolucionando con el paso de los años. Baudelaire utiliza a menudo composiciones más clásicas, rimas constantes, sonetos, etc. Mucha de esta perfección formal se pierde en las traducciones, por eso es importante enfrentarse a una edición bilingüe de la obra para no descuidar la observación de estas características. La madurez clásica de Baudelaire, quien imprime una belleza de desmesurada calidad a los temas más rutinarios, no se encuentra en Panero, quien antepone el contenido, el tema, con mucha fuerza, bien podría parecer que “descuidando” la forma, pero en mi opinión simplemente utilizando el formato que mejor pueda servir como vehículo de la fuerza de sus imágenes. Es posible que este autor consiga acercarse a lo sublime por medio de imágenes de una fuerza desmesurada más que con la rigidez y belleza formal de Baudelaire. Más adelante veremos algunos ejemplos.

La repercusión de ambas obras es incuestionable. Principalmente Baudelaire rompe con todo lo anterior, imprimiendo una estética nueva y materializando una realidad aparentemente banal en unos versos de exquisita perfección. Como sabemos, una generación entera de poetas posteriores tomará ideas, estilo, formas y temas y los reproducirán a su manera. Así hasta llegar a Panero, quien, destrozando la forma sí que absorbe el contenido para reproducirlo a su manera. La obra de Panero es extensísima y por supuesto reconocida hoy en día como una de las más influyentes y relevantes del siglo actual. No sabemos cómo será lo siguiente, pero una buena hornada de poetas jóvenes lo toma como ejemplo para desarrollar su poesía del Siglo XXI.

Existen, entre otros, dos temas comunes a la obra de sendos autores, “el demonio” y “la muerte” que están presentes a lo largo de muchos de los poemas. En cuanto a la muerte, es un tema que se cierne constantemente, con diferentes alusiones, en las dos obras. Baudelaire, menciona a la muerte en sus poemas con mayúsculas, como respetándola, no la teme pero la roza con cercanía pero acato. Ejemplos de ello tenemos en poemas como “El mal monje”.  En muchos otros poemas no menciona a la muerte como tal pero menciona cementerios, tumbas, por ejemplo “la tumba siempre comprenderá a los poetas”, en su poema “Remordimiento póstumo”, y es recurrente también la puesta en escena de cadáveres como imágenes como en su poema “Una mártir”. “El muerto feliz” es un poema enteramente dedicado a los muertos, “Lo mismo odio testamentos que tumbas/ y antes que ir mendigando una lágrima/ más me gustaría, vivo, invitar a los cuervos a / que muerdan y chupen la sangre de mi osamenta inmunda”. 

En su poema “Las ancianitas” podemos leer “La muerte inteligente coloca así, en féretros semejantes/ un símbolo de gusto muy raro y encantador”. Del mismo modo, y con otro enfoque, en su poema “Danza macabra” podemos leer: “Bajo todos los climas y soles, la Muerte admira / tus contorsiones, Oh humanidad risible/ y lo mismo que tú a menudo perfumada con mirra/ ¡va mezclando tu ironía con tu estupidez!” y finalmente en su poema “Las dos buenas hermanas” leemos “Buenas muchachas son La licencia y la Muerte”.  Todos los poemas mencionados no corresponden al capítulo dedicado por entero a La muerte, (poemas como “La muerte de los pobres” o “La muerte de los artistas). En este capítulo se mira a la muerte desde diferentes perspectivas, algunas más optimistas y otras más pesimistas. Parece que Baudelaire se consuela, o tiene encajada ya la posibilidad de su propia muerte quizá por la propia enfermedad.  En el poema “La muerte de los pobres”: “La muerte nos consuela, ay, y nos hace vivir”.

En el caso de Panero, las alusiones son más breves pero a la par más explícitas. Podríamos decir que sin llegar a mencionar “La Muerte” con estas dos palabras toda la obra esta regada de muerte, acompañando ya no sólo a los poemas más lúgubres teñidos de locura y rendición, si no los que dedica a sus amigas, o a su madre. Por las explicaciones previas – las notas biográficas- vemos que está presente en su vida y que él es consciente que le acecha tanto a él como a las personas que quiere y que le rodean.

En su poema “El loco mirando desde la puerta del jardín”: “Has de saber que no fue por matar al pelícano…”. En su “Poema a Marava”: “Se tiende la muerte ante el jugador desnuda / y enanos juegan con cabezas humanas”. En su poema a su madre también menciona la muerte, con mayúscula, como hace Baudelaire.  En el poema “Los inmortales”: “desde entonces habito entre los inmortales/ donde un rey come frente al Ángel Caído”.

Se puede observar cómo desde diferentes perspectivas, ambos autores recogen el tema de la muerte de un modo muy íntimo, emitiendo imágenes muy potentes, donde prácticamente se personaliza a la muerte. Ninguno de los dos autores parece temerla, al contrario la elevan hasta una posición de superioridad, o de igual a igual donde pueden mirarla a los ojos: la muerte como miedo por un lado, como anhelo por el otro. Relacionado con el tema de la muerte, que siempre puede resultar más común y difuso en unos y otros poemas, nos encontramos con las múltiples menciones al demonio / diablo/ Satán/ Ángel caído. Esta imagen parece reflejar algo más que una simple estampa, ambos des-malditizan esta figura hasta realizarle sendos himnos y alabanzas. Por un lado dan muestra de su desvinculación religiosa (más notoria en el caso de Panero que comete constantes blasfemias y sería en su vida incluso condenado por ello); pero también muestran otro modo de acercarse a la existencia y a sus miedos, encarnando lo que para cada uno es el mal del mundo en una única figura que es Satán, pero que a la vez supone lo desconocido y les atrae (sobre todo a Panero). Veámoslo con ciertos ejemplos.

En Baudelaire, desde el primer poema “Al lector” se menciona a Satán. En “La musa enferma” leemos: “¿es que el verdoso demonio y el rosado duende / te entregaron el amor y el miedo de sus vasijas?”). En “Himno a la Belleza”: “¡Qué importa que de Satán o de Dios vengas!”. En “Sed Non Satiata”: “Oh, demonio sin piedad, viérteme menos fuego”. En “El poseído”: “Todo mi ser tiembla, todas las / fibras gritan: ¡Ay Belzebú mio, te adoro”! En “Toda entera”: “El demonio vino a verme/ esta mañana, en mi alta alcoba…”. En “El tonel del odio”: “Son abismos donde el Demonio honda y secretamente/ cavó galerías para que huyan mil años de sudor y de esfuerzos”. En “La destrucción”: “junto a mí sin cesar se agita el Demonio”. O finalmente en el “Epígrafe para un libro condenado”: “lector apacible y bucólico / hombre de bien ingenuo y sobrio / tira este libro saturnal / orgíaco y melancólico. / Si con Satán, decano astuto/ no estudiaste ya retórica/ ¡tíralo! No me entenderías / o me juzgarías histérico”

Si comparamos estos versos con algunos de los que nos deja Panero en su obra: en “El loco mirando desde la puerta del jardín”: “a nada sino al azar y a ninguna voluntad sagrada/ de demonio o de dios debo mi ruina”. En “Los inmortales (45):  “desde entonces habito entre los Inmortales / donde un rey come frente al Ángel Caído”, podemos ver como ambos humanizan a este Ángel Caído, y utilizan su imagen para dar fuerza a sus poemas. Muestran por un lado odio o temor pero por otro lado se codean con él como si de un conocido se tratara.

En cuanto a la comparación expresa de “Las letanías de Satán” y de “Himno a Satán”, si bien son diferentes en estilo y retórica, se encuentran convergencias importantes. Baudelaire realiza un himno, y comienza por alabar al ángel caído “Oh tú el más bello y sabio de los Ángeles…”. Panero comienza por infravalorar su importancia: “tú que eres tan solo/ una herida en la pared/ y un rasguño en la frente/ que induce suavemente/ a la muerte.”. Baudelaire incluye un verso que repite en numerosas ocasiones a lo largo de su oda, que es más bien una súplica, eleva al Demonio a la altura de Dios y de ese modo le reza: “Oh Satán, apiádate de mi gran miseria”. Panero continua su oda, ensalzando las virtudes de Satán: “tú ayudas a los débiles/ mejor que los cristianos” y también así desligándose completamente de la religión cristiana con este verso. Baudelaire continua en un tono más señorial, y en pares de versos ensalza a Satán con todas las acciones que considera que éste proporciona a los humanos, a los vivos. Panero llega un paso más lejos y llega a escribir: “te amo”, y entonces el poema toma un tinte más escatológico, lo cual nos proporciona imágenes muy desagradables pero que tienen una gran fuerza visual. Finaliza con algo que podría llegar a ser una alabanza a todo sacrilegio, ya que acumula en unos pocos versos todas las imágenes anticristianas que se pueden: “rociaremos con vino, orina y / sangre las iglesias/ regalo de los magos/ y debajo del crucifijo/ aullaremos”. Es un poema bastante más breve que el de Baudelaire pero con una concisión y una dureza visual mayor. El poema de Baudelaire continúa ensalzando sus virtudes y pidiéndole que se apiade de él. Sin embargo finaliza con unos versos en estilo y forma diferentes, bajo el nombre de “oración” que dicen lo siguiente: “a ti Satán, gloria y loor en las alturas/ del Cielo donde ya reinaste, y en las honduras/ del Infierno, donde, vencido, calladamente sueñas / Haz que un día, junto a ti, bajo el Árbol de la Ciencia/ mi alma descanse, cuando tu frente se cubra de ramos/ como un Templo nuevo, pródigamente!” Por supuesto el vocabulario y las expresiones son muchísimo más comedidos que en Panero (es importante recordar cuándo y cómo se escribió cada una de las obras y el problema de la censura) pero en esta última parte veo un paralelismo muy importante, ya que el sentido es muy próximo: se entregan a él, completamente, deseando descansar de su lado y no del de Dios. Hay que recordar que en el caso de Panero, escribiría más adelante otros tres himnos a Satán (o tres versiones del mismo), de lo que se deduce que o bien no quedó del todo satisfecho con el primero o que su relación con Satán fue evolucionando.

Leer las biografías de ambos autores es un ejercicio muy interesante ya que, entendiendo a la persona, se puede comprender al autor, y comprendiendo al autor, se logra comprender la forma. En el caso del malditismo, éste conlleva una parte muy importante biográfica por lo que no se pueden leer las obras solo involucrando únicamente al lector y al texto, pues dejamos muchas cosas fuera de contexto. El malditismo es una forma de vida, pero también una forma de literatura. Creo comprobado que ambos autores se pueden enmarcar dentro de esta denominación. Las temáticas se deslizan desde las preocupaciones o vidas tormentosas de sus autores y son bastante oscuras, pesimistas. Es inevitable ver similitudes entre ambas, ya que ambos enfrentan la muerte de un modo muy peculiar. Su relación con la religión es en ambos casos digna de análisis, y el discurso de ambos está plagado de referencias al Demonio o al Infierno. Puede parecer claro que Baudelaire haya servido de inspiración a Panero, está claro que este último le ha leído y estudiado. También es muy posible que los posos que haya depositado en él hayan sido a través de unos cuantos autores que escribieron sus obras en un período posterior a Baudelaire pero anterior a Panero (véase Mallarme). Por supuesto, no hay que anteponer necesariamente un autor al otro, pues ambos tienen una autonomía suficiente como para ser autores completos totalmente aislados, cada uno enfoca sus temas de un determinado modo, si bien existen ciertas coincidencias que es muy interesante abordar.

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