La dualidad antagónica de la condición del ser en La caída de los Condenados, de Peter Paul Rubens

La majestuosidad de una obra de arte la sentimos en las entrañas, nos retuerce una parte de nuestro ser hasta dejarnos cautivados y ensimismados, y pese a no ser expertos en esta apasionante disciplina tiene la capacidad de conmovernos y hacer que un pedacito de nosotros se quede con ella para siempre. La caída de los condenados, una obra absolutamente desconocida para mi hasta que no tuve el privilegio de contemplarla en la Alte Pinakothek de Múnich, es el perfecto ejemplo del efecto del arte sobre el ser humano; su dinamismo, su composición y su inmensidad te condenan a un temible pero delicioso estupor.

Peter Paul Rubens (1557-1640) fue uno de los artistas más destacados del Barroco; de origen germánico, estuvo profundamente influenciado por diferentes estilos y artistas, como por ejemplo Miguel Ángel o Tiziano, y su temática variable lo convirtió en el retratista predilecto de la Corte española de la época. Se caracterizaba por ser un hombre virtuoso que diferenció su tipo de composiciones por diferentes etapas, las cuales están directamente incididas por temáticas de tipo mitológico, religioso o histórico. En lo que se refiere a la aludida obra, Vilarasau nos asegura que “la pintura religiosa, que tenía un papel fundamental en la cultura europea del s. XVII, donde se profesaba la fe católica, está presentada con obras como La caída de los condenados” (Vilarasau, 2003: 73), por lo que podemos apreciar que se trata, sin duda, de una obra representativa en lo que a la temática religiosa del Barroco se refiere, aunque no es propiamente una de las creaciones más divulgadas del artista. En cuanto al contexto personal e histórico, nos encontramos con su partida hacia Amberes y con un momento de bonanza económica para la ciudad, ya que se realizó “La tregua de los 12 años” que permitió a las Provincias Unidas de los Países Bajos mantener una estabilidad económica hasta la llegada de la Guerra de los Treinta Años. Esta afluencia se vio plasmada en el artista, pues se convirtió en un pintor realmente célebre y realizó una gran producción artística durante la estancia en la mencionada ciudad.

La caída de los condenados es una obra que nos habla del descenso de todos aquellos seres mortales que no son dignos de hallar un lugar en el cielo y, por ende, caen al Hades y son devorados por las llamas y los seres que lo habitan. Su misma composición nos habla de su temática religiosa, pues trata la caída de las almas pecadoras condenadas al fuego eterno, pero Rubens se sirve de aspectos mitológicos para configurar la obra, como lo son los seres que habitan el averno y la percepción mitológica del Hades. Según Hartt es una de las obras predilectas del artista, pues nos menciona que “el poder de Rubens puede verse en todo su esplendor en La caída de los condenados, pintada en torno a 1614-1618, cascada de atropelladas figuras – la espiral de Rubens al revés – lloviendo desde el Cielo, de donde son expulsados para siempre los rebeldes al amor divino.” (Hartt, 1989: 816). Establecemos entonces que se trata de un óleo sobre lienzo que captura el momento en el que los espíritus, víctimas de las consecuencias de sus propios pecados, caen sin tregua hacia el infierno en una espiral de la cual nadie puede escapar: la consumación de la vida terrenal.

Si bien podemos afirmar que su temática es religiosa y trata uno de los aspectos más notorios de la época, en lo que se refiere a su análisis desde una perspectiva formal podemos sentenciar que es una composición extremadamente rica en su forma. Sus dimensiones acaparan un lienzo que nos evoca y nos hace sentir parte de esta caída, nos hace cautivos. En la parte superior de la tela observamos un recorrido en el cielo; aparece un amplio rayo de luz acompañado de ángeles que abren paso al báratro, en el cual predominan la oscuridad y los cuerpos de hombres y mujeres precipitándose en espiral, chocando, y los ya llegados y engullidos por los seres que lo habitan: “ofrece una visión apocalíptica de la caída que sufren, desde el cielo hasta el abismo infernal, grupos de hombres y mujeres entrelazados por demonios y serpientes a lo largo de una enrome diagonal” (Néret, 2007: 36). Apreciamos peculiaridades muy notorias a lo largo de esta composición, como por ejemplo la disposición de las figuras, ordenadas por una diagonal que nos deja intuir claramente una caída y un orden vertical; parece que podamos observar la fuerza de la gravedad que atrae los cuerpos a la tierra, los lleva del firmamento al interior de la orbe, al Hades. Otro aspecto interesante que destacar es la perspectiva; la caída y la disposición diagonal del cuadro parece que implique la falta de esta, ya que el único plano a contemplar es la precipitación, pero Rubens sitúa las figuras con una distribución perspicaz que hace que el hueco que abre paso del cielo al infierno parezca extraordinariamente amplio y hombres y mujeres estén unos detrás de otros. Vemos como a medida que la composición desciende hacia su base los cuerpos se distorsionan, se mueven y curvan en símbolo de agonía y sufrimiento, y su presencia y tonalidades claras se confunden con las oscuras paredes del averno donde van cayendo lenta pero inexorablemente hasta ser engullidos por figuras terribles y maléficas que Rubens dispone en la parte inferior de la tela, a la altura del espectador, para que éste pueda contemplar los horrores que le pueden esperar si es culpable de pecado. El detallismo y la minuciosidad de la obra son exquisitas, hasta el punto en que la mezcla de formas y colores no nos deja discernir la gran cantidad de personajes que integró el artista. Hallamos seres humanos, demonios, serpientes y ángeles, entre otros seres del inframundo. En lo que se refiere a los cuerpos humanos, podemos apreciar una clara influencia del arista Miguel Ángel, presente en toda la obra de Rubens; cuerpos desnudos con una cierta desproporción y de dimensiones notorias[1]. Alpers realiza un apunte sobre la carne humana según Rubens imprescindible para entender la obra en todas sus vertientes: “of this human fleshly root, this fleshly communality, this conundrum (for on Ruben’s account human flesh is not only a condition for celebration it is also the condition of damnation, for which see the bodies in his Munich Fall of the Damned).” (Alpers, 1995: 132). Se trata de la consecuencia de la condición humana; madre del placer, motivo de celebración y objeto de goce personal, pero también razón de condena y tormento tal y como sugiere el artista en esta composición. Rubens personifica el descenso porque los seres humanos, debido a nuestra condición dual y antagónica caracterizada por el deleite y el pecado, somos los únicos seres capaces de padecer una condena: habitamos cielo e infierno en nuestras carnes, somos lugar de deleite y pecado sincrónico.

Por otra parte, en lo que se refiere a la composición Cabanne nos ofrece una muy precisa definición de la disposición y gama cromática de esta obra pictórica:

  • Las curvas y las espirales se despliegan con ritmos ondulantes, remolinos, sinuosidades y torbellinos furiosos; las diagonales cortan la composición y la hacen bascular; el color se evade de la ganga del dibujo y entra en lucha con la luz, mientras que la pincelada poco antes rápida, nerviosa, se convierte en fulgurante, acusando los amplios toques de pincel, atacando el motivo desde el primer momento, desde las sombras a los claros, desde las figures a los segundos planos y desencadenando la armonía esplendente en la que dominan los púrpuras, los naranjas y los verdes con exuberancia fogosa y vida hirviente. (Cabanne, 1967: 122).

Palpamos la sinuosidad de las figuras y la relevancia de los colores dentro de la composición; estos no solo juegan con la dualidad cielo-infierno, sino que evocan la pureza de las almas que, a medida que se acercan al Hades, van decayendo y se confunden con tonalidades cada vez más oscuras, propias de las figuras que lo habitan. Por lo tanto, este rayo que abre paso con colores blancos y azulados se va matizando en pinceladas anaranjadas que degradan hacia el negro más oscuro. En una sola tela nos encontramos con diversas temáticas, incontables tonalidades y composiciones que, pese a ello, se encadenan y cohesionan para hacernos llegar un mensaje descorazonador e inequívoco: la decadencia de la carne y el alma humanas. Nos evoca dinamismo, no se trata de un cuadro estático: “su carácter barroco se confirmará en la forma, el movimiento, el ritmo, la exuberancia del color y la sobre configuración de los efectos, unas veces patéticos y otros dramáticos y enfáticos” (Néret, 2007: 30). Néret determina su carácter barroco con diferentes características, de las cuales destacamos la presencia del claro-oscuro, la vigorosidad de movimiento, la composición formal de los cuerpos y la introducción del elemento de vanitas con la presencia de ángeles y demonios. Rubens finaliza esta etapa de composiciones y “los dos Juicio final” (La caída de los condenados y La caída de los ángeles rebeldes) terminan el ciclo de inspiración miguelangelesca con la que Rubens manifiesta su preocupación por la muerte y las postrimerías del hombre, una obsesión por el más allá que no volverá a encontrarse en su obra” (Cabanne, 1967: 133).

Para concluir con este análisis, me gustaría mencionar los aspectos más destacables de la obra que nos ocupa lugar, acompañado de una breve reflexión personal. La caída de los condenados es una obra pictórica explosiva tanto a nivel temático como formal. Su creador, Peter Paul Rubens, fue uno de los máximos exponentes del Barroco y resultó ser una de las figuras más influyentes de la historia del arte e inspiración de posteriores virtuosos como Eugène Delacroix, Van Eyck o Rodin. Se trata de un artista con composiciones exuberantes, sensuales y detallistas, con un nivel inalcanzable en términos de perfección artística. La aludida obra no es más que otra muestra de la majestuosidad de Rubens y de su capacidad para retratar de manera totalmente exacta, que incluso atemoriza, una realidad presente en la mente de sus observadores: la muerte. Esta composición nos evoca un futuro incierto pero inequívoco, juega con el pánico, la incertidumbre, el pecado, la fragilidad y la debilidad del ser humano, que además hace aún más notoria la inmensidad del lienzo, su dinamismo y su juego de colores y formas. Cabanne describe a la perfección qué significa esta obra, cuál es su intencionalidad y qué representa para el artista: “el cuadro está atravesado de arriba abajo por la irresistible caída de cuerpos precipitados en la gehena eterna, y se adivina con cuánta exaltación sensual Rubens se ha arrojado, tres los años de resignación y de espera, a este expresionismo…” (Cabanne, 1967: 120). Por lo tanto, podríamos sentenciar que se trata de una composición explosiva para los ojos de quien la observa y para el propio artista, con un mensaje que deja a merced de los espectadores y con una clara intencionalidad: temed a la muerte derivada de vuestra condición humana. Tal y como se ha mencionado inicialmente, se trata de una obra que tuve el placer de presenciar en la Alte Pinakothek de Múnich y considero que aún no he encontrado palabras para describir. El artista sabe qué reacción causará sobre el espectador y precisamente es lo que él anhela, es decir, un impacto acaparador e inusual. Para mí es una obra tremendamente singular y especial, ya que aunque durante el Barroco contamos con innumerables composiciones de una calidad extraordinaria, este es un lienzo totalmente único y notoriamente discordante de todos aquellos que categorizamos dentro de la temática religiosa. Lo hemos catalogado así porque formalmente es de tipo religioso, pero va mucho más allá; el lienzo narra la historia de la humanidad, del descenso, de la muerte, del pecado, de la lujuria, de la fragilidad, del miedo, de la fuerza de la naturaleza… no se limita a realizar un retrato de un pasaje bíblico, sino que en un conjunto de figuras, colores, detalles y formas de calidad y capacidad extraordinarias consigue relatarte la vida en sí misma, con sus momentos de esplendor (cielo) y con la miseria y el terror (báratro). Finalmente, lo que el autor nos quiere transmitir es la inevitable caída a la que nos precipitamos los seres humanos, condenados al fuego eterno por la dualidad de nuestra condición, habitantes del pecado y del disfrute en un mismo cuerpo. Es una obra poco conocida del autor, pues prácticamente no se puede hallar información en medios digitales y en los libros ésta es limitada, pero según mi parecer se trata de una de las mejores composiciones del inigualable Peter Paul Rubens y digna de homenajear con unas líneas y que sea recordada por lo que es, una obra maestra.

[1] Uno de los aspectos a contemplar y cuestionarnos de esta obra es su carácter religioso y a la vez la desnudez de los cuerpos masculinos y femeninos, debido aún a la no vigente Contrarreforma que impidió la presencia de cuerpos desnudos en las obras pictóricas.

Bibliografía

❖ ALPERS, Svetlana (1995). The making of Rubens. Londres: The British Library.

❖ CABANNE, Pierre (1967). Rubens. Barcelona: Ediciones Daimon.

❖ HARTT, Frederick (1989). Historia de la pintura, escultura y arquitectura. Madrid: Ediciones Akal.

❖ NÉRET, Gilles (2007). Pedro Pablo Rubens. Madrid: Taschen.

❖ VILARASAU, Josep (2003). Rubens, Van Dyck, Jordaens… Mestres de la pintura flamenca del s. XVII a les col·leccions del Museu Ermitage. Barcelona: Fundació “La Caixa”


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