La Gran Belleza: El vacío y la belleza escondida

La pausa y la reflexión son dos cualidades que van de la mano y que hoy en día se echan de menos. Con Internet, los teléfonos inteligentes, y la hiperconectividad que eso conlleva, no sólo el mundo si no también nosotros estamos en un flujo constante de actividades e información. No hay tiempo para el aburrimiento, no hay tiempo de bajar una marcha y dejarse llevar, o incluso pararse. Sin embargo, la vida está llena de pausas y ratos vacíos, que la necesidad de conectarse permanentemente no nos deja ver ni apreciar. El cine decae y se imponen las series, de mayor duración pero de consumo autoregulable. No es raro que al poner una película en la tele, al pasar diez segundos sin explosiones o chistes se pueda oír a alguien quejarse de lo aburrida que es. En este contexto disfrutar de una buena película, larga y lenta, se convierte en un placer casi extraño.

En parte de eso trata La Gran Belleza. No sobre el cine, si no sobre la pausa y la reflexión, el sinsentido de tirar adelante a través de una letanía de rituales ya puramente estéticos, que han perdido cualquier significado que alguna vez pudieron tener. A decir verdad, si se hace raro encontrar una película lenta, se hace aún más raro una que lo sea con sentido. Es posible que con La Gran Belleza, Paolo Sorrentino consiguiese una de las mejores, más únicas, y más inolvidables películas de la década de 2010. Para mí desde luego que lo es. Quizá abuso el lenguaje al llamarla hipnótica, pero desde luego es efectiva a la hora de captar nuestra atención, empezando con  los detalles monumentales de Roma con un coro en directo, siguiendo con la frenética fiesta nocturna por el 65 cumpleaños del protagonista, Jep Gambardella, y continuando durante toda la película con encuadres que buscan, precisamente, la belleza en todo.

A pesar de un inicio caótico en la fiesta, la trama se aposenta rápido. Entre fiestas, performances artísticas y comidas de alto copete, Sorrentino aprieta el botón de ralentí y nos va dando pequeñas escenas donde todo sencillamente se para. Jep Gambardella es, ante todo, un voyeur. Como periodista y ex-escritor, su principal cometido es observar y, si se da el caso (como frecuentemente se da), comentar. Nos convertimos en espectadores de un espectador. A la par que protagonista, es el perfecto narrador. El hilo principal es el desconcierto que, cumplidos los 65, Jep experimenta respecto de su vida. La fiesta es la cola de un sueño en el que Jep vive y que ahora le confunde y hasta repugna. Ése es el sentido del alterne entre lo falso de sus actividades públicas y las pausas que se producen entre ellas, donde Jep fija su atención en las nimiedades, en busca de “la gran belleza” del título, un instante sublime del que surja su segunda novela.

Aunque la fiesta sea un inicio tan acertado por como termina asemejándose a un sueño del cual despertar, la película sigue dando a Jep nuevos despertares, como cuando el marido de su primer amor le cuenta que ésta ha muerto. El marido descubre de la existencia de Jep por el diario de su difunta mujer, y descubre que Jep fue siempre el único hombre a quien ella deseó. Esa noche es realmente el primer ‘despertar’. Su existencia acomodada y superflua pierde su lustre. Los vicios de su círculo de amistades se vuelven intolerables y ridículos. Es quizá chocante, pero a la vez consecuente, que para buscar una mujer con quien compartir su tiempo le resulte más atractiva una prostituta fuera de horas que cualquiera de sus amistades solteras, divorciadas, o viudas. Todo transcurre en una suerte de desespero por entender, por buscar un instante de transcendencia, sea en esa pequeña belleza de los instantes fugaces, en la fe perdida, o incluso en la magia. Ramona, la susodicha prostituta, es el vehículo perfecto para que podamos oír de boca de Jep mismo su desengaño y su búsqueda. La distancia entre sus ojos y los de él, que al fin y al cabo es también la hay entre Jep y nosotros nos permite acercarnos más a él cada vez que se explica.

No es difícil entender lo que siente Jep, su desencanto y su desespero. En cierto modo, se trata de un bloqueo creativo que busca superar por cualquier vía. Es tan fácil entenderlo como intentar ponerse a escribir. Puede que cueste empezar, o puede que no, pero siempre llega un momento en que falta una palabra que no se encuentra por ninguna parte, o se da cuenta una de que las palabras usadas son erróneas o insuficientes. Ése es el momento en que una se aparta del teclado, se refriega las manos, mira fijamente al ordenador y lanza miradas a cualquier cosa que esté a la vista, como si la palabra justa estuviera ahí, pero si realmente se apartara una del texto, se tuviera que perder para siempre.

Lo que vemos ocurrir una vez tras otra es Jep traicionándose. Después de cuarenta años construyendo una vida alrededor de una estética perfectamente vacua, el hastío de la edad y la impotencia de la muerte que empieza a rodearlo le lleva a romper sus propios códigos, a no poder contenerse. Tal como él mismo se llama, Jep Gambardella es el rey de los mundanos y, sin embargo, se encuentra luchando contra la falsa transcendencia de los discursos vacíos. Tenemos dos grandes ejemplos hacia el inicio, cuando derrumba el discursito pretencioso de una artista de performance y luego, cuando destripa la vida de su amiga Stefania, quien oculta sus miserias tras una letanía de palabrejos pseudo-comunistas y superioridad moral. Sin embargo, lo más interesante ocurre cuando Jep se autodestruye, es decir cuando se derrumba su fachada.

Si he remarcado el momento en que a Jep se le anuncia la muerte de su primer amor es porque, aunque su despertar se hace patente en la escena inmediatamente anterior (“si alguna cosa he aprendido en los pocos días desde que cumplí sesenta-y-cinco años, es que ya no puedo perder tiempo en cosas que no quiero hacer.”), es cuando recibe la noticia que pierde la compostura y rompe a llorar por primera vez. Cuando más impacto tiene, sin embargo, es en el funeral de Andrea, el hijo suicida de su amiga Viola. Como Jep bien indica a Ramona, un funeral es un acto perfectamente pautado, con sus normas y su escenografía. Después de indicarle cómo hay que proceder en un funeral, Jep remarca que jamás hay que llorar, pues no se debe robar el protagonismo al dolor de la familia. Una vez el funeral está en marcha, sin embargo, cuando nadie se levanta para cargar el féretro y Jep y sus compañeros de cenas se adjudican la carga, no puede reprimir el llanto.

La muerte parece asediarle cuando también Ramona muere al cabo de poco, y su fiel amigo Romano (irónico nombre) decide abandonar Roma y volver al pueblo para no regresar. En esa escena precisamente, a un conocido mago que practica con hacer desaparecer una jirafa, Jep le pide que le haga desaparecer a él también. El mago responde que “es sólo un truco”.

A cierto nivel, lo primero que pensé tras ver La Gran Belleza, es que es una suerte de anti-Cinema Paradiso. Si la segunda es un canto a la nostalgia de la juventud, y lo que grita Afredo a Totò es que marche a Roma para no volver nunca, la primera es una exploración del vacío del presente y la importancia de los orígenes. En cierto modo, más que opuestos, que es a lo que invita una primera comparación, son dos caras de la misma moneda. Son muy distintas, pero las une ese hilo temático del valor de los recuerdos y esa dicotomía Roma/raíces. Lo interesante de La Gran Belleza es que esos recuerdos son, salvo en tres flashbacks muy concretos, explorados desde el presente, hablando de ellos o sugiriendo el pasado con monumentos decaídos y caras arrugadas.

Para volver más concretamente a los hechos de la película, el desconcierto de Jep queda salvado por un encuentro con sor María, la Santa, una misionera en el corazón de África. Tras desmoronarse su pequeño mundo y su compostura, pieza a pieza, y buscar consuelo en la estática, en las mujeres, e incluso en la religión, con un cardenal a quien parece importarle más la cocina que la fe, Jep presencia un milagro. A la mañana siguiente de cenar y dormir la Santa en su casa, Jep presencia una invasión de flamencos en su balcón, rodeando a sor María. Vale la pena reseñar su conversación:

– ¿Por qué no escribió otra novela?

– Buscaba la gran belleza. Supongo que nunca la encontré.

– ¿Sabe por qué como solamente raíces? Porque las raíces son importantes.

Entonces, la Santa sopla y los flamencos alzan el vuelo. Ése día, o quizá otro posterior, mientras la Santa continúa su devoción, Jep se dirige a la isla de sus recuerdos. En el fondo, Jep se ha aferrado siempre a ella. En más de una ocasión encontramos a Jep tumbado en su cama, mirando fijamente al techo, donde vemos, como él ve, el mar, o el mar cruzado por una lancha. No lo sabemos al principio, pero son recuerdos. Son ésos mismos recuerdos los que Jep enfrenta en tres ocasiones: cuando se le comunica la muerte de Elisa, cuando intenta contarle su primera vez a Ramona y, finalmente, cuando le pide al marido de Elisa su diario, ya destruido. A su vez, Jep denuesta Roma y su vida. Repite que Roma está repleta de distracciones, y que su vida y lo que la rodea es una nada absoluta.

Todo converge, todo apunta a ése punto fatídico en el espacio y en el tiempo, cuando Jep dejó de escribir, cuando fue a Roma, cuando Elisa lo dejó. Todo gira, al final, alrededor de ésa isla donde ocurrió todo. Tras el episodio de la Santa, Jep regresa al pasado para volver a escribir, una intención que manifiesta justo después de saber que Elisa ha muerto, una noción que le come la cabeza, pero que nunca prospera… hasta que llega el final. Ese recuerdo que Jep ha intentado reconstruir para Ramona, ese recuerdo que Jep quiso esclarecer leyendo el diario de Elisa, finalmente se revela, y a Jep le vuelven las palabras. La gran belleza no se esconde entre piedras muertas y gente vacía. La gran belleza está en cada rincón que habitan nuestra memoria y nuestros sentimientos. El resto, al final, es sólo un truco.

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