Las ruinas del imaginario

“A palavra é antiga, o coração é novo.”
言葉は古き、心は新しき

Fujiwara Teika

Las palabras se anidaron en tu corazón: futuro, meta, objetivos, dinero, triunfo… Antiguas palabras en tu corazón nuevo, que construyó la vida en tu frágil imaginario, donde quién conquista sus metas y objetivos triunfa en el futuro y tiene dinero.

Después de una noche mal dormida, te levantas sin acabar de despertar de tu sueño profundo y sabes que tienes que enfrentar el día, de cualquier manera. Nadie vendrá a pagar tus cuentas a fin de mes. Sabes que solo el moho crece como moho, no así, el dinero. Para poder sobrevivir hay que ser muy fuerte y vencer el sueño cada mañana. Y cuando te jubilas ya no tendrás sueño, porque los adultos mayores duermen menos.

No quieres resignarte, pero las cosas, no son como las pensaste antes de intentar probarlas. La vida, en resumen, es un juego de apariencias desde la juventud, hasta la muerte. Simples apariencias. Y juegas sin saber por qué. Lo único que sabes es que estás obligado a sobrevivir y hay muchas cosas que hacen parte de la sobrevivencia: la construcción de tu imagen mediática, por ejemplo, es sumamente importante, para que no caigas en obsolescencia. Pero sabes que no escaparás a la muerte y con ella vendrán la obsolescencia y el olvido, de cualquier manera.

Piensas que tienes que consumir y demostrar a los demás, solo así lograrás sobrevivir. Te equivocas, cuando piensas que estás en lo correcto. Pero persistentemente te equivocas. Igual que siempre.

No hay manual para la vida. Hasta el shampoo viene con instrucciones. No sé por qué te ocurrió venir sin ellas… Obvio, cuando se trata de desgracias, eres idéntico a todos. Te limitas a permanecer callado. Inmóvil.

Sabes que todo lo mediático es metafísico y simbólico. Asimismo, crees en estas apariencias construidas con photoshop, más que en ti mismo. Otra vez, arribamos en lo patético. A esas alturas ya sabes que la esencia de la vida está compuesta de una masa penosa, lamentable o ridícula. No te importa, esperas a que Facebook te muestre tus mejores recuerdos. Tampoco, crees que tu memoria se está perdiendo, por tus nuevos hábitos de estar siempre conectado al ciberespacio.

Definitivamente, crees que, si todos los demás hacen algo, entonces ese algo es bueno. Cuando tú y todos los demás, ya no puedan recordar cómo han logrado cruzar la vida, será el gran problema. Bueno, tampoco importará qué fue lo que pasó y cómo llegaron a esa circunstancia. Ya estarán sin memoria. Ni siquiera estarás seguro de que les afecta un problema. Pero, una cosa sí quedará clara: las personas que los encuentren en esas circunstancias, tal vez, cuando miren sus redes sociales, cuestionen qué les pasó. Sin embargo, es probable, que ellas, por el adiestramiento sufrido durante generaciones, jamás cuestionen o culpen al ciberespacio, por tus circunstancias. Muchas cosas, desde ahora, ya están en los genes.

De cualquier manera, la vida es un viaje al desconocido. Un viaje lento, cuando piensas que todo en tú existencia ya se ha dado, por edad o por experiencia. Aparecen cosas nuevas. Entonces reclamas por qué no sucedieron antes, cuando aún estabas joven, o en todo caso, por qué no tenías la experiencia de ahora cuándo fuiste joven. Nunca lograste entender, por qué antes todo era demasiado pronto y después, todo sea demasiado tarde. A ese fenómeno la gente suele llamar vida. Y no existe nada que pueda salvaguardarte de ella. Especialmente, porque la vida pasa y todas tus grandes conquistas, al final, ya no son importantes. Las conquistas poco a poco, pierden el sentido. Y el mundo bullicioso que no conoce el silencio: tu mente. Ahí, donde duermen las palabras constantemente zumbiendo, como abejas a la espera de una flor. Al final, de muchas maneras, tu mente se pierde.

Todos los despojos de lo vivido, en ese instante, solamente existen fragmentados en la imaginación. Todo lo que existió, poco a poco va quedando atrás, como el paisaje en un viaje en tren, que lentamente asume otra geografía y, casi siempre, simultáneamente, otra cultura. Así, la vivencia, de lo que fue (bueno o malo), se difumina en el tiempo para quedar, eternamente, en ruinas en el imaginario.

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