Poetas siglo XlX y principios del XX: Ma. Josefa Mujía

La difusión de los temas y las formas del Romanticismo en América se inicia en la tercera década del siglo XIX, las pocas mujeres que escriben en la América colonial o recién independizada, lo hacen en torno al medio siglo, al inicio y la difusión del Romanticismo, citando ejemplos, la ecuatoriana Dolores Veintimilla de Galindo (1829-1857 la cubana Luisa Pérez de Zambrana (1835-1922) o las guatemaltecas Jesús Laparra de la Cerda (1820-1887), Vicenta Laparra de la Cerda (1831-1905) y – Sería injusto pues no nombrar con especial cuidado a María Josefa García Granados a quien ya vimos en el número anterior; también está la primera entre todas ellas, nacida en el continente, la boliviana María Josefa Mujía (1812- 1888).

AMOR
Ídolo falso que el mortal adora
Y que insensato te erigió un altar,
Por quien el hombre su miseria llora,
De quien recibe solo un gran pesar.
Jamás canté tus triunfos, niño ciego;
No herirme pudo tu terrible arpón;
De tus saetas, de tu ardiente fuego,
Conservo ileso y libre el corazón.
Nunca manché las cuerdas de mi lira
Regando en ellas llanto de dolor
De engaños mil que tu deidad respira,
Con que penas sin fin causas traidor.
Ma. Josefa Mujía

Como comentaba en la primera parte, el interés es destacar como las poetas americanas resuelven el acercamiento al otro a través de la creación en la marginalidad. Tocaré en este en este número y el próximo a las poetas bolivianas más relevantes del siglo XIX y principios del siglo XX, quienes  pese a la adversidad, se destacan como importantes voces de la poesía boliviana y latinoamericana.

María Josefa Mujía

Nació el 26 de agosto de 1812, creció en el apogeo de las guerras independentistas, la mayor de seis hermanos, fue una niña precoz e inteligente, con inclinación a versificar.  Perdió la vista a los 14 años, lo que la llevó a encerrarse en su dolor y fue su hermano Agustín quién siguió leyéndole de forma permanente obras del romanticismo español y poesía; y luego escuchando y transcribiendo su poesía bajo promesa de nunca mostrarla.

Fue una promesa que Agustín no cumplió por mucho tiempo, impresionado con los poemas, se los mostró a un amigo, de esa manera su poesía llegó rápidamente al diario Ecos de Opinión de Chuquisaca. El primero de una larga lista fue un poema llamado “La ciega”. Este tanto como los siguientes, crearon gran expectativa y curiosidad en torno a quien los escribía, tanto así que se creó todo un entorno curioso alrededor de esta poeta inicialmente anónima que dio mucho que hablar, incluso existen poemas escritos como respuesta a los suyos (por ej.  José Manuel Cortez). Según Gabriel René Moreno (1834-1908), su obra fue muy leída en círculos de la capital, y causaron mucho más efecto de lo que podía esperarse.  La historia no fue tan justa con ella como el momento.

María Josefa, en su modestia no valoraba lo que hacía,, como ella misma se lo manifiesta a Gabriel René Moreno, cuando le solicita sus poemas para poder publicarlos en Santiago de Chile, a lo que ella responde que sus poemas no son dignos siquiera de llamarse así, pidiéndole que eche al fuego los que tiene.

Pese a su desinterés en la fama o el reconocimiento y en un medio machista y pacato contra el cual ella alguna vez se manifestó con desdén, su obra caló hondo en la efervescencia social y literaria del momento, la intensidad, la oscuridad y el dolor de su obra inspiró a muchos y aunque por poco tiempo, trascendió las fronteras y varios poetas alabaron su poesía, toda ella muy dentro del romanticismo que en el momento marcaba la creación literaria. Moreno, amigo y confidente, la describe como una mujer sumida en la soledad, sencilla, dotada e inteligente. El filólogo y crítico literario español Marcelino Menéndez Pelayo (1856-1912) quien dijo de ella “Los versos de la poeta ciega tienen más intimidad de sentimiento lírico que todo lo que hay en el Parnaso boliviano”El investigador Gustavo Jordán Ríos, rescató 684 manuscritos dictados por la autora, incluidas 328 poesías, una novela religiosa y muchas cartas personales que publica en el libro Obras completas de María Josefa Mujía. El autor la considera “una mujer iluminada por la divinidad”, porque aunque ciega, nunca dejó de producir y porque sus poemas era leídos una sola vez sin posterior corrección ni lectura.

Fue llamada La ciega  y también  la Alondra del dolor y destacó en su época  junto a poetas como Manuel José CortésNéstor GalindoAdela Zamudio,  Nataniel Aguirre.

Su hermano Augusto que la acompañó en sus tareas literarias durante 20 años, murió en 1854, ella queda sumida en una profunda depresión. Su hermana Micaela tomó su lugar, pero ella también muere poco después. La misma María Josefa muere el 30 de julio de 1888 ya muy enferma.

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