Un bálsamo contra el dolor

Me duele la cabeza…

… y no tiene nada que ver con el coronavirus. Sé que, si no recurro a la química, el dolor será perpetuo. Mi dolor de cabeza es incisivo: insiste, se hace notar. Mi dolor de cabeza es constante: no hay atisbo de pereza, nunca he conocido a alguien con tanta diligencia. Mi dolor de cabeza es una carga en las tareas rutinarias. Una pesada e incómoda losa en esos días grises. Me concentro y ahí está, llamando mi atención como un cartel luminoso sobre una pared de ladrillo. Me río y ahí está, esperando a ponerme la zancadilla tras cada esquina. Lloro y ahí sigue, no desaparece, crece. Cuando lo diviso, ya lo he mencionado, corro a por una aspirina. Un ibuprofeno, dos. Los que sean necesarios para deshacerme de él.

Una aspirina está al alcance de todos gracias a una civilización que ha primado el bienestar de todos sus ciudadanos sobre todas las cosas. Medicina asequible y eficaz para todos. No solo medicina, educación para elegir el camino a seguir en tu vida, oportunidades para desempeñarlo correctamente, sueldos acordes al estilo de vida… Pero ¿es así en todas partes?

Y si no fuese solo el dolor de cabeza lo que me afectase. Y si la causa de mi dolor nada tuviera que ver con la salud. Y si los dolores que me afectan son un hambre atroz, una falta de hogar, una situación de guerra a mi alrededor o una incesante falta de oportunidades. ¿Qué remedios hay para esos dolores? ¿Robar, okupar, dejar atrás mi vida, mi tierra, mis amigos, mi familia? Nada de esto es plato de buen gusto para nadie. Y es miserable que sea necesario emprender estas “soluciones”. ¿Por qué algunas personas lo hacen? Porque tanto que ha evolucionado la civilización para poner una aspirina en tus manos cuando te duele la cabeza, menos lo ha hecho para poner remedio a estos males.

Nos duele la cabeza

El lunes 17 de mayo de 2021, Marruecos dejó de vigilar la frontera que le separa de España. Ocurrió en la Ciudad Autónoma de Ceuta, en el norte de África. Las causas de la pasividad de las fuerzas policiales marroquíes se deben a un viejo conflicto diplomático que se ha reanimado por decisiones políticas recientes. Miles y miles de migrantes se echaron al mar, en lugar de tratar de saltar la valla impenitente que guarda la linde, -esto suele ser lo más habitual-, para cruzar al lado próspero del mundo. El último escollo que tienen que superar para satisfacer sus ansían libertad, oportunidades y bienestar como remedios a su precariedad, su pobreza, su desamparo… mucho más doloroso que un simple dolor de cabeza, ¿verdad?

Aún más dolorosas han sido las reacciones de odio y falta de empatía encarnadas y enquistadas entre gran parte de los españoles. De sobra sé, no quiero pecar de ingenuo, que abrir una frontera no es solución para nadie. Que asumir la entrada de cantidades incontroladas de migrantes a un sistema que ya está sobrecargado no es el remedio a este gran mal. Se han propuesto muchas ideas para subsanar esta situación: inyecciones monetarias a los gobiernos para que inviertan en infraestructura; colaboraciones desinteresadas y voluntariado con el fin de hacer algo más llevables estos males a las personas que los sufren; invertir en educación, como se suele decir: enseñarte a pescar en lugar de darte el pescado; y un largo etcétera.

Mientras alguna de ellas procura el efecto deseado y se convierte en un bálsamo contra el dolor, lo que sí podemos hacer los demás es tratar de empatizar. Porque todos nos hemos sentido fuera del agua alguna vez. Porque todos hemos tenido que renunciar a algo. Porque emigrar no es la primera opción, sino la última y más desesperada. Y porque solo tenemos que ponernos un segundo en esa piel para darnos cuenta de que ojalá nunca nos veamos ante ese umbral. Seamos conscientes de que todos tenemos el mismo derecho de vivir en el mundo. Como la aspirina para el dolor de cabeza, solidaridad y empatía son los mejores bálsamos contra el odio. Y quizás, algún día, también lo sean contra el hambre, el miedo, el horror, la desesperanza y la vida precaria. 

2 Comentarios

  1. A todos nos debería de doler la cabeza por estos males… aunque no siempre sea así. Muy buen artículo. Deseando volver a leerte, Javier.

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