De arte y ciencia

Hace casi treinta años, entraba yo en la sala de profesores y, acomodado ante una de las mesas, abría el periódico y buscaba presuroso la nueva colaboración en El País de Antonio Muñoz Molina, el artículo nuevo, esas palabras suyas que me hablaban del pasado, del presente y del futuro.

Yo, por entonces, cuando aún daba clases en el instituto gijonés Padre Feijoo, no creo que estuviera mucho más pirado que mis compañeros de profesión —lo justo en un escritor de ficciones que, además, procuraba transmitir al alumnado conocimientos de química y física—, pero seguramente parecía estarlo pues cabeceaba ante el diario abierto por la página de costumbre y luego —mientras hacía mías aquellas palabras sin acritud en la acusación ni burla en lo absurdo ni complacencia excesiva en lo ejemplar; aquellas palabras cabales que también citaban obras y pensamientos de autores ilustres en los campos del arte y de la ciencia, que invitaban a beber en otras fuentes de sabio manar— extraviaba la mirada como un demente sin remedio, extasiado en realidad por la prosa impecable de Muñoz Molina, por el sentimiento y el perdón y el conocimiento que albergaban aquellos textos breves.

Por entonces, ya había leído yo El invierno en Lisboa, la novela que aún hoy más me atrae del atinado autor ubetense que va de cabeza hacia el premio Nobel de Literatura por más que muchos sean los llamados y pocos los elegidos no siempre por motivos literarios.También había leído ya El jinete polaco. No recuerdo si había leído alguna otra obra de Muñoz Molina. Desde luego, no había leído aún Beatus Ille, su primera novela. Sí recuerdo que, por entonces, a un buen amigo, a un docente de mi propio departamento —antes de la reforma educativa de turno, la que nos aportó a los docentes mucha más teoría vana que práctica nutriente, se llamaban seminarios a los departamentos actuales—, le recomendé, entusiasmado, la lectura del ya citado Jinete. Casi me lo tira a la cabeza semanas más tarde, incapaz de leer ni cien páginas de esa voluminosa historia en la que Muñoz Molina demuestra —como en cada una de sus creaciones anteriores y posteriores— una sólida maestría en el manejo del idioma español y un completo dominio de las herramientas del oficio de narrador. Aprendí la lección, eso creo, y, tras no haber fenecido de un librazo en la cabeza por simple amistad, apenas recomiendo libros encuadernados en tapa dura, como la del Jinete Polaco. De tapa blanda Las apariencias, en menos de doscientas páginas recopilados parte de aquellos artículos que me regaló un ángel humano —dicen que no existen, pero yo conozco a varios de ambos géneros— al tiempo que me adelantaba: «Te gustará porque ya te ha gustado».

Según los expertos literarios que algún libro mío han leído, mis prosas tendrían más de cuatro o cinco lectores si comenzase las historias por el principio y no tendiera tanto a la dispersión y a la crítica. Pero entonces no sería mío lo que escribo. Quiero decir con ello, o advertir, que voy a dispersarme ahora mismo para rememorar por escrito —mucho más difícil de olvidar lo padecido que lo gozado—, a propósito de la mencionada reforma educativa en la que nadie se aclaraba bien de nada —tal era su complicación teórica— y eran necesarios cursillos y más cursillos explicativos impartidos por unas autoridades académicas claramente desconocedoras de las realidades diarias en las aulas, la breve conversación que mantuve con un «iluminado» llegado de no quiero recordar dónde al Padre Feijoo para enseñarnos las reglas de una docencia innovadora que acabaría con el endémico fracaso escolar en España. (¡Estos «iluminados», en su mayoría inspectores educativos que en su día habían huido de sus centros educativos —de la tiza y los pupitres— con celeridades de carreras de cien metros lisos, sí aseguraban entender la reforma de cabo a rabo y estaban a nuestra entera disposición, qué suerte la nuestra!) Nosotros, los docentes de entonces, ya tomados de la mano ante él como él nos había pedido. «Eso es, muy bien, así, todos unidos, respiremos hondo ahora». Y entonces mi pregunta: «Oiga, antes de respirar hondo, ¿podría decirme cómo puedo motivar a unos cuantos alumnos completamente desmotivados un día sí y otro también que ya me tienen hasta los mismísimos por más motivos que les proporcione para motivarlos?». Él, desde la tarima del profesor, junto a la pizarra del salón de actos pero con las manos limpias, abrió los brazos, sonrió beatíficamente y me contestó: «Hombre, eso es asunto suyo, no mío, para eso está usted, yo no estoy aquí para eso». No respiré hondo. «Entonces, ¿está usted aquí para que aprendamos a tomarnos de la mano como párvulos y a respirar hondo sin que ninguno de ustedes nos haya consultado nunca nada ni nunca nada nos hayan solucionado de verdad?». Dejó de sonreír. «¡Oiga, sin faltar!». Respiré hondo. «No hará falta que me expulse de clase, descuide: a usted le pagan por perder su tiempo con nosotros, pero a mí no me pagan para que yo lo pierda con usted». Únicamente se quedaron con el «iluminado» docentes necesitados de puntos para los concursos de traslados anuales —cada cursillo al que asistíamos era recompensado con décimas de punto tanto si permanecíamos atentos como si permanecíamos dormidos o durmiendo— y futuros inspectores educativos o políticos con la intención marcada en cada uno de sus actos.

¿Por dónde iba, ángel humano?

Ahí, en Las apariencias (Alfaguara, 1995), están, sí, una parte de aquellos artículos extraordinarios que leía a principios de la década de los noventa del siglo XX un profesor no mucho más pirado que otros docentes, eso creo y sostengo desde una jubilación en la que veo pasar a encorvados estudiantes cargados con mochilas repletas de libros de texto, interminables, además, los temarios de las múltiples asignaturas; no me extraña que, por ejemplo, acaben confundiendo las barbas de un tal Jesucristo con las de un tal Fidel Castro. ¿Aún le extrañará a alguien el hecho de que nuestro sistema educativo siga siendo el penúltimo en resultados académicos dentro de la Comunidad Europea, tal vez ya el último mientras escribo esto? ¡Qué perseverancia la de los partidos políticos en no ponerse de acuerdo en un tema tan sagrado y sangrante como es la educación de infantes y adolescentes, así nunca se podrá enderezar, mínimamente siquiera, la deriva de la nave educativa española, así solamente iremos de reforma en reforma, de fracaso en fracaso, según gobierne la derecha o la izquierda!

¿Que no me disperse más? ¿Que vuelva a escribir con el corazón del cerebro en vez de hacerlo con el cerebro del corazón? De inmediato.

Los demás artículos semanales del Muñoz Molina de aquella época están agrupados, también por Alfaguara, en Pura alegría (1998) y en La vida por delante (2002), no sea que alguien desee saber más y se quede con las ganas de leer lo mucho que ve un escritor imprescindible al que habría que inventar de no existir, como he leído recientemente no recuerdo dónde por más que —ahora sí— quiera recordar.

Prologadas, Las apariencias, por otra escritora, por la gaditana Elvira Lindo, quien estima que las novelas de su marido, incluso las futuras, las que aún no ha escrito, figuran en esos artículos nacidos a resultas de un recuerdo, de la lectura de una noticia en una esquina marginada de un periódico, de unas imágenes en la televisión; de una mirada. Cuarenta y tres artículos en total, cuarenta y tres gérmenes, o más, de novelas, y una novela en sí mismos también —cito de nuevo a Elvira Lindo, de acuerdo con ella en todo.

Me preguntaba el alumnado —principalmente para retrasar el comienzo de la clase sobre los ácidos hidrácidos o la fuerza centrípeta, pongamos por caso— cómo se aprendía a escribir. Yo, aunque no creo que estuviera mucho más pirado que mis colegas, les seguía la corriente a mis discípulos, les contestaba: «Se aprende leyendo, por supuesto». Les hablaba de lecturas activas —de estudiar lo leído— y de la memoria y la sensibilidad y la imaginación de los buenos escritores, Las apariencias un manual práctico de cuanto yo le comentaba a aquel alumnado mío a una hora que, oficialmente, le correspondía a los ácidos hidrácidos o a la fuerza centrípeta, y dentro de Las apariencias el inquietante artículo que Muñoz Molina tituló Ternura química y que inició así:

Un científico ha declarado hace poco, seguramente con razón, que la verdadera poesía no está en los libros de versos, sino en las sutilezas y misterios de la química, que lo mismo configuran el crecimiento y la tonalidad del verde de una hoja que nuestros estados de ánimo y nuestras sensaciones.

A veces, muchas veces, quiero creer en algo alentador y no creo porque no quiero saber y algo sé. No hallo mejor excusa para justificar mis creencias más áridas y perjudiciales incluso para mi salud, esas que me obligan a declarar que, por desgracia, Antonio, continúo de acuerdo con el científico de tu artículo pretérito.

No obstante, y como desde joven he vivido entre dos mundos, entre el soñador de la literatura y el realista de la química, insisto en que, pese a todo, sí existen los ángeles humanos: poco importa que su origen y desarrollo sea más o menos químico, al igual que poco importan las verdaderas naturalezas de la ternura y la piedad y el amor y el buen seso.

Algo sé, sí (todavía), pero continúo ignorando cómo puede motivarse en clase a quienes únicamente motiva, por ejemplo, lo más despreciable de Internet: ningún «iluminado» me asesoró nunca convenientemente y, por tanto, no puedo yo asesorar a nadie desde mi condición de profesor jubilado pero aún expectante. Además, según me cuenta el profesorado actual de varios institutos de educación pública, la tarea principal de un profesor o de una profesora de hoy en día consiste en salvar su propio pellejo ante los continuos desmanes de alumnado que no va de cabeza, no, hacia el premio Nobel, Antonio.

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