El círculo se cierra

—Buenas tardes, ¿me recuerda? —El hombre que había interrumpido la marcha del coronel Jorge Iribarren era bajo, de tez oscura y pelo crespo; vestía una campera de aviador, pantalones de lona y botas de cuero.

—No, no lo recuerdo —respondió Iribarren—. ¿Debería?

—Creo que sí —dijo el otro. Sacó un cigarrito del bolsillo interior de la campera y lo encendió con la misma mano, mediante un pase mágico, o que pareció mágico a los ojos de Iribarren—. Usted me mató, hace algún tiempo.

El coronel Iribarren se tomó unos segundos. El crepúsculo dejaba paso a la noche. Antes de contestar miró el cielo despejado y la Luna asomando entre los edificios de la avenida. —Ah, sí, aunque no lo recuerdo en particular; maté a varios como usted, pero no suelen volver para hacer reclamos. ¿Está seguro de que fui yo?

—¿De mi muerte o de que usted fue el operador?

—Ambas cosas —dijo Iribarren sin inmutarse. A lo largo de su vida se había visto en situaciones problemáticas y un mitómano no podía ser mucho peor.

—Tal vez me recuerde si le digo mi nombre.

—No lo creo —se apresuró a decir Iribarren.

—Igual. En vida fui el comandante Sampedro.

Iribarren dio un paso al costado con la económica intención de eludir el obstáculo y seguir su camino sin más trámite. Consideraba que, a pesar de lo bizarro de la situación, se había comportado correctamente, sin mostrar hostilidad ni más cinismo del que era habitual en él. Por eso, cuando el tal comandante Sampedro imitó su movimiento y volvió a bloquearle el paso, consideró que el tiempo de la paciencia se había agotado.

—Perdóneme. Vivo o muerto usted está impidiendo mi avance. Mi familia me espera. Ya le he dicho que no lo conozco, que no me consta que yo lo haya matado o que haya dado orden de matarlo. No tuve nada que ver con su muerte, por lo que le vuelvo a pedir, con educación, que salga de mi camino. —Salga de mi camino sonó una octava más alto que el resto de la frase. Al mismo tiempo, como obedeciendo a una señal o un programa, las farolas del parque de la Reconciliación Nacional se encendieron al unísono. Fue como si un relámpago hubiera decidido perpetuarse tras el estallido inicial.

Iribarren parpadeó y Sampedro sonrió. A espaldas del comandante se alineaba una multitud de hombres y mujeres de rostros graves y crispados. Había niños, había ancianos.

—Elija, coronel. Si cree que estoy equivocado, si cree que usted no me mató, aquí tiene una buena posibilidad de reparar el error. Estoy seguro de que asesinó a varios de estos, tal vez a muchos, aunque con uno, como muestra, sería suficiente, ¿no le parece?

La palidez lunar que cubrió el rostro de Iribarren puso en evidencia que esta vez había sido tocado por la pirueta de Sampedro. La multitud parecía haberse movilizado para reclamarle, a él en particular, por las conductas que había observado en el pasado. Vivos o muertos, ahí estaban. Reales o no, ahí estaban. Decidió, no obstante, no resultar obvio, argumentando que había obedecido órdenes de la superioridad. Fiel a su estilo, contraatacó.

—Recuerdo a alguno que otro. A un tal Bernal —dijo—; a Rosa Naranjo, a Bernardo Zelinsky y a un chico que se hacía llamar Metralla, Marcelo Cardoso. ¿Están entre todos estos? —Los abarcó con un movimiento de la mano. —¿Es suficiente?

—Están —dijo Sampedro, muy serio—. Si es suficiente… ya se verá.

Cuatro figuras se desprendieron de la multitud y avanzaron resueltamente hasta quedar dos a cada lado de Sampedro. La mujer llevaba a una niña de la mano. Zelinsky era un viejo decrépito y Metralla y Bernal casi adolescentes.

—¿Son ustedes los que nombré? —dijo Iribarren—. No los recuerdo, no recuerdo sus rostros, por lo pronto.

—La mente selecciona —dijo Sampedro, reflexivo—. Es mejor olvidar algunos hechos, y en esa dirección, nada mejor que olvidar las caras de las personas que uno mató, ¿no le parece?

Iribarren no sintió nada especial al verse rodeado por personas que no sólo aseguraban estar muertas, sino que además lo acusaban de haberlas asesinado. Nada especial; y sabía por qué.

—¿Y ahora? —dijo—. ¿Desean vengarse? ¿Es eso?

Los cinco se miraron entre sí, arropados por un visible desconcierto. Finalmente habló la mujer, Rosa.

—¿Cree que no lo haríamos? Lo despedazaríamos sin asco ni remordimientos. Pero no podemos; los muertos no pueden matar.

—Entiendo —dijo Iribarren—, los muertos no pueden matar. —Su rostro inexpresivo servía de barrera a los imprecisos sentimientos que empezaban a roerlo interiormente.

—¿No tiene miedo? —dijo Bernal. Ahora parecía un hombre calmo y sencillo, no un chico, y mucho menos la clase de alucinado que uno puede liquidar como si fuese una cucaracha.

—¿Miedo de una pesadilla? —Iribarren fabricó una mueca que estuvo a punto de florecer en sonrisa, pero no ocurrió.

—Es eso, entonces —dijo Sampedro—, cree estar soñando. —El comandante se mordió el labio superior y permaneció así unos segundos. Iribarren adivinó que a su adversario no le gustaba el curso que elegían los hechos. Estaba seguro de que esa posibilidad había sido contemplada en los análisis previos, pero no contaba con recursos para convencerlo a él, al coronel Jorge Iribarren, de que no estaba soñando, que aquello no era una simple pesadilla de las que se disipan al despertar.

—Estoy soñando o alucinando —insistió Iribarren—. Una pesadilla puede ser cualquier cosa, incluso este delirio. Empezó cuando usted se cruzó en mi camino, aunque no recuerdo qué ocurrió antes de eso. Mi visión está saturada a partir de un punto del pasado y luego hay un abismo. Pero de algo estoy seguro: ustedes son una creación de mi mente; no existen.

—¿De su mente herida, de su mente enferma? —Sampedro buscaba recuperar la iniciativa, golpear con saña, pero Iribarren sabía que no lograría penetrar su coraza; se sabía duro, muy duro. El fantasma de un muerto no podría con él.

—De mi mente. —Iribarren miró a los cinco en abanico, sin temor ni gracia. Duraba demasiado y era demasiado convincente. Pero nunca lo habían perturbado las demasías.

—¿Qué quiere decir? —Zelinsky dio un paso hacia adelante y extendió el brazo. Tenía manos enormes y podría haber estrangulado a Iribarren con sólo una de ellas. —¿Cree que va a solucionar todo esto alegando insanía?

—No creo en fantasmas —dijo Iribarren—. Tampoco creo en la culpa, ni en los mitos, ni en el dolor. En lo único que creo, un poco, es en la muerte.

—¿Por todas esas razones —dijo Sampedro— está convencido de que sueña? ¡Pobre tipo!

Iribarren no se alteró, y encogiéndose de hombros, dijo: —No hay otra explicación. Bastará con que me esfuerce un poco y despertaré. Lo hice otras veces. —Cerró los ojos, apretó los párpados; unas líneas como pentagramas se le dibujaron en la frente; dos o tres verrugas y una cicatriz compusieron una melodía. Pero cuando los volvió a abrir la escena no había cambiado. Por primera vez pareció un poco desorientado.

—Saturada o no —dijo Sampedro— la visión persiste. ¿Qué le queda? ¿Queda algo? Del abismo, digo, de la noche negra. No sueña, no está loco, no alucina. ¿Qué le queda?

—Discúlpeme: no entiendo lo que dice. Tal vez estoy sumido en un trance inducido por una droga. Eso es posible. Alguien me suministró una droga para obligarme a vivir esta experiencia. Pero el efecto no puede ser eterno. Saldré, tenga por seguro que saldré.

El comandante Sampedro resopló. —Es más fuerte de lo que pensaba. No, coronel Iribarren; lo que estamos construyendo para usted no es una pesadilla, es algo semejante a una prisión, se quedará allí para siempre. Usted no volverá a salir; nosotros nos ocuparemos de que así sea.

—Saldré —dijo Iribarren con la mayor tranquilidad—. No sea necio. Me despertaré. —Hizo una pausa y sacó un cigarrillo. Él no sabía hacer pases mágicos: lo encendió con un fósforo. Luego de exhalar una compleja bocanada de humo apuntó a Sampedro con la misma mano que sostenía el cigarrillo; le temblaba un poco. —Le diré qué haré para terminar de una buena vez con esta ilusión. Ustedes están muertos y bien muertos, mis compañeros y yo nos aseguramos de que así fuera. Por lo tanto voy a arremeter, voy a pasar a través de sus cuerpos, y una vez que esté del otro lado todos ustedes desaparecerán como el humo de este cigarrillo.

—Pero no está seguro —dijo Zelinsky—. Si choca contra los muertos, si no estamos hechos de niebla va a estar metido en un grave problema, ¿no es cierto?

Iribarren pensó en la raíz del problema. Era exactamente lo que el muerto había dicho: debía arriesgarse y probar la consistencia de la muralla. Pero, ¿y si los muertos eran sólidos? ¿Qué haría luego?

—No tiene necesidad de hacer la prueba —dijo Sampedro, petulante—. Crea en mi palabra y acepte mansamente su destino. ¿Nunca le pasó por la cabeza que tendría que pagar por lo que hizo?

El coronel sintió que una marea incontenible subía hasta su boca: una carcajada, y esta vez no la impugnó. —¿Castigo? ¿Se cree que hicimos lo que hicimos para pasar el resto de nuestras vidas esperando ser castigados por la misma voluntad que armó nuestras manos? Nosotros sabemos reconocer cuando Dios nos circula por las venas, mezclado con la sangre. ¿Acaso ustedes dudaban al matar a los nuestros? ¿Su religión no es parecida a la nuestra?

El paraje en el que miles de muertos y el asesino permanecían de pie, cruzados como si se tratara de un tablero de ajedrez y ellos las piezas, recuperó de pronto su protagonismo. El parque de la Reconciliación Nacional volvía a ser el yermo erial de la batalla. Una única garganta —la multitud allí reunida— rugió un alarido puro y el coronel Iribarren no pudo evitar estremecerse.

—No, no dudábamos —dijo finalmente Sampedro.

—Pero tampoco dudaremos ahora —dijo Zelinsky mostrando el puño a centímetros de la nariz del militar.

Iribarren abrió los ojos como mandíbulas y los hizo chasquear. Los muertos retrocedieron.

—¿Se dan cuenta ahora? —dijo Iribarren—: ustedes no son nada, humo, niebla, vapor, condensaciones de mis propias dudas, ya que no me permito sentir culpa alguna por lo que hice, por lo que hicimos.

—Estamos empatados, Iribarren —dijo Sampedro, regresando a la posición anterior—, y atesoramos una pequeña ventaja, microscópica. ¿Sabe jugar al ajedrez?

—¿A qué viene eso, ahora? Sé jugar, ¿y qué le importa?

—Sabrá entonces —dijo Sampedro sin hesitar— que un buen jugador es capaz de ver la continuación ganadora en el corazón del equilibrio más férreo. Simetría y equilibrio. ¿Sabe eso, también?

—¡Déjeme en paz! ¿En eso consiste la venganza, en retenerme aquí contra mi voluntad, atormentándome con acertijos y amenazas veladas?

Sampedro se rió y varios de los otros acompañaron esa risa sin demasiada convicción. —Usted compra barato, casi regalado, y quiere vender a precio de oro. No, Iribarren. Sería demasiado simple, muy… ordinario que nos conformáramos con hacerle vivir esto como una pesadilla.

—¡Es una pesadilla, carajo! ¡Me voy a despertar y todos ustedes volverán a la nada!

—No es una pesadilla, coronel —dijo Rosa.

—No es una pesadilla —repitió Bernal, como un eco.

—¿Me van a doblegar repitiéndolo? Dirán miles de veces “no es una pesadilla, no es una pesadilla”, ¿creen que con eso será suficiente? —Iribarren permitió que una mueca cínica le cubriera el rostro como una mancha. —Ustedes, además de muertos, son imbéciles. No funciona de ese modo; yo soy un profesional, y también alguien convencido de lo que hizo. De hecho, volvería a hacerlo. ¿Se creen que son los únicos que tienen una ideología, valores, intereses?

—Hace un momento dijo que no cree en la culpa, ni en el dolor, lo que me permite pensar que no cree en casi nada —rugió Sampedro—. Apenas, un poco, en la muerte. Lo dijo usted, no yo. Ahora habla de ideas, valores…

—No me va a derrotar en un combate dialéctico, Sampedro. Hasta para eso eligió mal la presa. ¿Por qué no se buscó a un patán como el general Pozzi, o al coronel Estévez? Con ellos podrían haber jugado a este juego hasta cansarse, como el peor gato con el mejor ratón. Pero no conmigo. Yo leo, estudio; mi guerra contra ustedes trasciende largamente la defensa de los intereses de los grupos económicos. Lo mío fue una cruzada, Sampedro, y no me va a someter así nomás.

Sampedro observó a sus compañeros y les hizo un gesto de aprobación. Pero el que habló fue Zelinsky.

¾No se imagina lo que le espera.

Iribarren contempló a Zelinsky y su mirada fue como una estocada. —Espero despertarme de una buena vez, eso espero, que ustedes desaparezcan de mi horizonte. Espero cruzar este maldito parque y llegar a mi casa, estar con mi familia, cenar, leer un rato antes de irme a dormir. ¿Envidian eso? Yo lo tengo; ustedes lo perdieron. Yo gané. ¡Yo gané, carajo! ¾El coronel se pasó la mano por el rostro, como si quisiera arrancarse una máscara; se apretó el puente de la nariz con dos dedos y luego sacudió la cabeza, hacia uno y otro lado; el chasquido de las vértebras sonó en la noche calma y tibia.

—No coronel —dijo Sampedro—, la partida se sigue jugando; y tenemos buenas perspectivas de forzar la posición.

Iribarren, sin anunciar su movimiento, embistió contra los muertos de la primera fila, aunque no fue lo suficientemente rápido como para sorprenderlos. Los muertos se hicieron a un lado y el coronel trastabilló y cayó sin elegancia entre los matorrales. Algunas risas contenidas nacieron y se extinguieron de inmediato.

—No trate de demostrar que somos fantasmas —dijo Zelinsky—. Esa no es la cuestión, Iribarren.

Iribarren se levantó con dignidad y sin mirar atrás se dirigió directamente hacia su casa. Estaba seguro de que a sus espaldas sólo quedaban flecos deshilachados del delirio, pero no les quiso dar el gusto a esos muertos de pacotilla.

El episodio fue perdiendo sustancia a medida que Iribarren se aproximaba a su hogar. Supo que lo cotidiano, los objetos de siempre ubicados en los lugares habituales barrerían con los últimos residuos de la alucinación. ¿Y si no había sido una alucinación? Era la única explicación posible. La tranquilidad de saber qué lo esperaba más allá lo cubrió con su manto. Recordaba cada detalle con una precisión asombrosa y el mero inventario le infundía una especie de poder psíquico. El jardín, el perro, la parrilla que utilizaba para hacer los asados, el naranjo, la caja con las armas. Todos los objetos lo devolvían a la realidad. Por eso estaba seguro de que había sido una pesadilla o el efecto no deseado de un incidente para el que ya hallaría una respuesta. Pensó en Lucía, tal vez un poco irritada por la demora, volviendo a calentar la comida, en Martita frotándose los ojos, tenaz en su resistencia a los embates del sueño y en Gonzalo, impaciente pero disciplinado, obediente a los mandatos paternos: no saldría con sus amigos sin saludarlo y cambiar algunas palabras. Las cosas bien armadas están hechas para durar, se dijo.

Un único escalofrío lo recorrió de arriba abajo cuando tuvo la casa a la vista. Las luces estaban apagadas, como si allí no hubiera ocupantes. No era justo; entre la vida anterior y la vida eterna y superior que seguiría a la presente no había otra cosa que sucesos previsibles, elementales; se esforzó para que siguiera siendo así. Parpadeó y las luces se encendieron, como se habían encendido las del parque, con un estallido. ¿Había un operador incompetente moviéndose entre las sombras de los sauces, un peón torpe que se distraía a cada rato y olvidaba poner en escena los elementos apropiados? Iribarren se recuperó de inmediato y caminó con paso resuelto para cubrir los últimos metros. Los ladridos de Bismark, el dálmata, que lo había olido a la distancia, cerró el círculo de marcas invisibles. Permitió que el perro saltara sobre él como un saltimbanqui desfachatado cuando abrió el cancel de rejas y luego lo apartó de un manotazo. Hundió la llave en la cerradura de la puerta de madera con la seguridad de un lama y sin poder contenerse gritó:

—¡Lucía, estoy en casa!

Le respondió cierta clase de silencio. No un silencio absoluto o brutal, sino un silencio extraño, compuesto por diminutas partículas de ruido. Ruidos plegándose, ruidos de juguetes rodando sobre un montón de arena, ruidos lanzados a través de la sala por una mano torpe, ruidos raros, obtusos. El ruido que hacen los actores, comprendió, cuando se visten entre bambalinas, en el lapso que va de un acto a otro. De un acto a otro, se repitió. Sentía el susurro de pensamientos desvaídos y turbios y los nombres se le anudaron en la garganta. Lucía. Martita. Gonzalo. Quiso pronunciarlos y no pudo.

—Aquí estoy —dijo una voz arisca. La mujer fue escupida por la penumbra de la cocina. Venía secándose las manos, arrastrando los pies, resoplando. Era Rosa Naranjo.

—¿Qué hace en mi casa? —dijo Iribarren, o casi dijo, porque las palabras se le secaron en el paladar y las encías y ni siquiera llegaron a los labios. Pero la mujer supo interpretar el gruñido.

—¿Qué hago en mi casa? —replicó ella—: cocino para el señor, que llega a cualquier hora.

—¿Dónde está Lucía?

—¿Quién es Lucía?

—Los chicos, ¿dónde están?

—Aquí estoy —dijo la niña que Rosa llevaba de la mano en el parque. Iribarren la miró por primera vez; era morena y tenía los ojos saltones; no se parecía a Martita en absoluto. Pero la niña no le dio tregua—. Marcelo no me quiere prestar su equipo.

Marcelo. Equipo. No era posible. ¿Cómo lo habían logrado? ¿Dónde estaban los verdaderos? Lucía. Martita. Gonzalo.

—Vino tu padre —dijo la mujer—, sin avisar, como siempre.

—¿Mi padre? —Iribarren giró la cabeza mirando las paredes, como si su padre pudiera ser parte de la conspiración.

—Está en la salita, jugando al ajedrez con Marcelo.

Iribarren decidió saltear todos los pasos intermedios. Se lanzó brutalmente contra la puerta y gracias al impulso que llevaba derribó piezas y tablero; eran Zelinsky y Metralla.

—¿A qué vienen esos nervios? —dijo el viejo—. ¿Te pasó algo?

—¿Pasarme? —Iribarren clavó una estúpida mirada en los cuatro caballos, que por un extraño azar habían quedado juntos sobre una carpeta blanca tejida. —¡Hijos de puta! ¡Basuras!

—¡Jorge, qué te pasa! Estoy asustado —dijo Zelinsky—. Marcelo: tu padre está…

—¿Loco? —Marcelo meneó la cabeza. —No está loco. Un poco trastornado por algo que le ocurrió en el parque, ¿no es cierto, papá?

—No me pasó nada en el parque. ¿Qué me podría haber pasado? —Iribarren se movió con sigilo y disparó las manos como látigos. Él fue el primer sorprendido cuando los dedos tocaron la garganta del viejo y lograron cerrarse formando un círculo de acero. Afuera, Bismark ladró.

—¿Qué… hacés? —tartamudeó el viejo. Marcelo separó los brazos de Iribarren sin esforzarse, más que nada porque el desconcierto había aniquilado la voluntad del coronel. La solidez de la carne. La consistencia de las vértebras y el espinoso follaje de la nuca. El tentáculo helado de una pesadilla que se prolongaba en exceso.

—¿Qué hicieron con ellos?

—¿Con quiénes? —Marcelo hablaba con calma. Era varios años mayor que Gonzalo, más corpulento, y frío. No le habría costado mucho liquidar a su hijo.

—¿Vamos a comer de una buena vez o no? —recitó de nuevo la voz ruda de Rosa Naranjo—. La nena está pasada de hambre.

—Ustedes no existen —dijo Iribarren una vez más. Pero después de pronunciar esas tres palabras bajó los brazos; no había nada que hacer. —Está bien —dijo—. Ganaron. ¿Quieren que lo diga? Lo digo, está bien. Soy una alimaña, un asesino. Les pido perdón humildemente por todo lo que les hice, por lo que los hice sufrir y por haberlos asesinado. ¿Suficiente? Ahora devuélvanme a mi familia. —No sonaba creíble, pero no imaginó otro camino. Las armas estaban lejos y no hubieran servido de nada, los sabía. Era tarde para todo.

Los impostores, los sustitutos, los farsantes, los ficticios se movieron como si hubieran aprendido a bailar en un ascensor: con pasos medidos, con gestos sin espejo.

—¿No existimos? —El que hablaba era Zelinsky. —¿Cuántas pruebas más serán necesarias para que aceptes la realidad tal cual es, no como te gustaría que fuera? ¿Tu familia? Nosotros somos tu familia, la única familia posible. Aprenderás a vivir con nosotros, no te preocupes. 

—Ustedes no son reales —sollozó Iribarren—. Yo los maté. Yo maté a Bernal con una descarga excesiva. A cada uno de ustedes. ¿Necesitan que se lo ponga por escrito? ¿Era eso lo que estaban buscando? ¿Quieren que vaya a los diarios, a la televisión, que me someta a reportajes? De acuerdo, lo haré. ¿Qué más quieren que haga?

—¿Otra vez con el teatro de la culpa? —Rosa hizo una mueca de fastidio. —Ahora una vez por semana; pronto será todos los días.

—¿Qué le pasa a papá, mami? —dijo la niña, que no era Martita.

Iribarren alzó la vista y recuperó cierta firmeza. —Muy hábiles. Muy astutos. Así que son la única familia que merezco. No se me había ocurrido que podían ser tan ingeniosos.

—¿Vamos a comer, de una buena vez? —dijo Rosa, impaciente.

—No, yo no voy a comer —dijo Iribarren—. Tengo cosas que hacer.

—Y ahora, ¿qué?

—Sigan jugando al juego que más les gusta. —El coronel pareció haberse conectado a una red remota, de las que se activan en caso de emergencia. Les dio la espalda y salió de la habitación, salió de la casa. Nadie trató de impedirle que sacara el auto, nadie se interpuso en su marcha hacia el cuartel. Era una mala hora para molestar a la gente, pero las circunstancias lo exigían.

Manejó como un endemoniado. Pasó de largo todas las luces prohibidas y llegó en diez minutos. Lo dejaron ingresar entre voces de mando y chirridos de neumáticos sobre la gravilla. Dejó el motor en marcha y la puerta del vehículo abierta. Subió los tres peldaños de un salto y entró a la oficina de Pozzi resoplando, desencajado.

—¿Qué le pasa, coronel? ¿Se siente mal? —Sampedro sacó un cigarrito del bolsillo interior de la campera y lo encendió con la misma mano, mediante una maniobra que a Iribarren no le pareció ni mágica ni poco natural. Miró a los ojos al hombre bajo, de tez oscura y pelo crespo que vestía una campera de aviador, pantalones de lona y botas de cuero, y supo que ahora, por primera vez, el círculo se había cerrado por completo y que no existía en todo el universo una fuerza capaz de romperlo para concederle la libertad.

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