El real de a ocho: De Castilla al mundo

El siglo XVI supuso para España un aumento de su proyección histórica y de prestigio, gracias a los reinados de Carlos I de España y V de Alemania, y de Felipe II, que la convirtieron en una gran potencia. Reinados que favorecieron a la creación de una divisa internacional, el Real de a Ocho, que será la moneda de plata por excelencia de la monarquía española, que marcó un antes y un después, pues consiguió por primera vez en la historia tocar el techo económico mundial y sirvió como modelo de referencia para las monedas circulantes de otros países.

La llegada de los españoles a América trajo consigo una explotación masiva de los abundantes recursos auríferos y argentíferos existentes, dando lugar a una producción de metales precioso no visto antes en la historia. La avalancha de metales abrió una nueva etapa económica, produciendo la circulación acelerada del oro y la plata, un aumento de la liquidez que franqueó las fronteras entre los Estados, legal o ilegalmente.

Este movimiento produjo un cambio en la situación monetaria de España, pues el monopolio ejercido por la Corona de Castilla sobre las reservas americanas y, por lo tanto, sobre la oferta monetaria, creó una situación excepcional para sus gobernantes que pudieron multiplicar sus gastos y construir un imperio, lo que permitió, a su vez, a los otros países de Europa a desarrollar su comercio.

Reales de a Ocho con el escudo de los Reyes Católicos, acuñado en Sevilla. Sin fecha, pero posiblemente posterior a 1497.

Para definir que fue el real de a ocho me gustaría remitirme a las palabras del historiador Carlos Cipolla:

“Era una moneda tan fea, tan mal acuñada, tan fácilmente cercenable y para colmo, indigna de la confianza en cuanto a su valor intrínseco, que llama la atención que al final fuera tan apreciada y aceptada en todos los rincones del globo”.

El “Real de a Ocho” o peso indiano, fue denominado de múltiples maneras como patacón, piece of eight, piastres, peso fuerte, y más tarde, duro. Su origen se remonta al siglo XIV, momento en el que se produce la primera acuñación de esta moneda en Castilla, gracias al rey Pedro I. Aunque, será con el reinado de los Reyes Católicos cuando se establezca su valor en la Pragmática de Medina del Campo de 1497, equivaliendo este a 34 maravedíes.

Su producción se realizó en diferentes cecas peninsulares, especialmente en las de Sevilla y Madrid, y en las Casas de La Moneda de México, Santo Domingo, Lima, Potosí, Bogotá, Guatemala y Santiago de Chile, las cuales proveían a la península. Las primeras acuñaciones fueron manufacturadas a golpe de martillo mostrando formas irregulares, que acabaron concediéndole el nombre de “macuquinas”, y cuyos diseños fueron variando con el transcurso de los años según las disposiciones de cada monarca. Aunque hay que aclarar que los reales de a ocho que tuvieron una circulación internacional no comenzaron a producirse en América hasta 1572, cuando Felipe II renovó tipológicamente toda la moneda castellana y envió cuños de las nuevas improntas.

Reales de macuquinas. Siglo XVI-XVIII. Museo de Zhangzhou. Fujian. China.

Obviamente, estas monedas acabaron circulando por numerosos territorios, pues no solo se comerciaba con ella en los límites comerciales del Mediterráneo, sino en las nuevas rutas atlánticas, los Virreinatos y Capitanías Generales. Como hemos comentado, estas se acuñaban en América desde donde se transportaban a España haciendo este transporte un objetivo tentador para los piratas y corsarios. Por otra parte, la presencia española en Filipinas hizo posible que España, tuvieran también su propia vía independiente desde Manila a Acapulco, viceversa, donde se intercambiaban mercancías chinas y filipinas por la plata, pues era el único material que China aceptaba como pago, convirtiéndose así en uno de los grandes receptores de los reales. La introducción del Real de a Ocho en el mercado chino comenzó en el siglo XVI, teniendo un gran impacto que incentivó durante varios siglos la reforma del sistema monetario, y que les llevó a inspirarse en estos reales para la producción de sus propias monedas, como las que se acuñaron en Fuijan. Aunque no fueron los únicos que se inspiraron pues las colonias inglesas de Norteamérica utilizaron los reales como moneda de cambio, ya que no se les permitía acuñar moneda. Más tarde su patrón fue adoptado como moneda oficial de los Estados Unidos bajo el nombre de dólar.

Pese al prestigio internacional que consiguió el real de a ocho, este no estuvo inmune al peligro de defectos en su ley, de recortes intencionados y descaradas falsificaciones, debidas en gran parte a las técnicas de estampado y acuñación existentes en ese momento. La falsificación más conocida de esta moneda fue la producida en Potosí, a mediados del siglo XVII, pues tuvo serias repercusiones en Castilla. Como consecuencia el gobierno de Castilla aplicó la pena de muerte a los ensayadores de la Casa de la Moneda de Potosí.

Será a partir de 1728 cuando se mecanice la producción de la moneda española, disminuyendo en gran medida las posibilidades de falsificaciones o alteraciones, y la creación de nuevos tipos que los Borbones crearon en América, a partir de Felipe V, para diferenciar las piezas acuñadas en el “Nuevo” Mundo de las de la península, destacando los reales de a ocho llamados como “columnaria de mundos y mares”.

Por todo esto que he comentado, no es casualidad que hasta en las obras maestras de la literatura universal, como La isla del tesoro de Robert Louis Stevenson se haga referencia en no pocas ocasiones a los mundialmente conocidos por mucho tiempo como “reales de a ocho”. Por lo tanto, no es un accidente que el barco en el que embarcan los protagonistas de esta novela tiene por nombre Hispaniola, o que el tesoro que motiva todas las pericias del protagonista Jim Hawkins estuviera compuesto por piezas de a ocho. Yéndonos hacia una referencia más actual tenemos la película Piratas del Caribe: en el fin del mundo, donde también vemos la referencia a esta moneda.

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