Todo sigue igual bajo el sol estival

A España ya le llega el verano. Otra temporada más, como acostumbra a hacer desde el origen de los tiempos. Vienen los días largos, el calor agradable, el descanso, el tiempo de ocio y las jornadas de vacaciones disfrutando de familia y amigos. También llegan los días sin pan, un calor grave y agobiante, horas largas, pegajosas y agotadoras al servicio de los más privilegiados, eterno tiempo de esfuerzo y jornadas al sol y a la luna para volver a la incertidumbre en cuento llegue el frío. Y esto no es lo peor.

Lo peor del verano puede llegar de la mano de no hacer absolutamente nada. Días secos, estío parado e intranquilo. Tierra yerma en el futuro y el porvenir. Horas calmas, contemplando el día. Sin nada que hacer. Derrotado. Tiempo dormido, jornadas ociosas de brazos cruzados. Pues no hay de donde sacarlo, no hay con quien compartirlo; el privilegio de unos, el sufrir de otros. No haber rendido laboralmente es igual a no tener ni un atisbo de dinero y mucho tiempo para pensárselo. Y así, verano tras verano, años tras año, perpetuo, crónico. Y ya son 29 años. Que no es, ni mucho menos, poco.

29 veranos

Horas contemplando el día. Llenándome de sol veraniego. Respirando tranquilo, pausado, profundo. Deteniéndome en cada brizna que sigue al viento que la levantó. Observando su trayectoria. Subir y subir hasta caer. Y posarse en el suelo, lento, en un suspiro amortiguado por el trinar de los pájaros. Van de rama en rama, en busca del nido, en busca de sustento. Están atareados y persiguen alimento, pareja o prosperidad. Vidas ajetreadas que distan mucho de mi padecer contemplativo. Leer el espacio y no prestar atención al tiempo porque la constante de la premura ha desaparecido. Sentarse frente a la ventana y observar la vida correr ante mis ojos. El asfalto ardiendo y el aire candente sobre él, imitando la provocación de un espejismo. Mirar por la ventana durante horas. Ser testigo de la vida apresurada de algunos y de la muerte lenta y agónica que supone no tener empleo, ni porvenir y, desgraciadamente, en muchas ocasiones, ni esperanza de tenerlo.

Y, mientras tanto, escribirlo. Y mientras lo escribo, tener tiempo para detenerme a observar como un bicho verde cruza despacio las líneas que estructuran mi cuaderno. Pasa por el espacio en blanco, resaltando el momento en el que será colmado de palabras. Y cruza por el espacio lleno de letras, corrigiendo, haciéndome detenerme sobre cada oración enunciada y comprobando su sintaxis, su dicción, su gramaticalidad. Como un abanderado de mi vida, la recorre a través de mis palabras y yo me detengo a observar su camino y a aconsejarle cuál es el mejor atajo para llegar a ninguna parte. Porque otra cosa no, pero tiempo, tiempo tengo.

Panorama yermo

España padece una de las tasas de paro más altas de la Unión Europea. Es cierto que el coronavirus no ha ayudado, precisamente, a revertir esta situación. Más bien ha sido uno de los grandes catalizadores de esta dolencia. Tampoco ha ayudado que la crisis global que se sufrió alrededor del año 2008 se cebase con la creación de empleo para una generación que recién accedía al mercado laboral. Se habla de que aquellas personas, entre las que me encuentro, se vieron afectadas por un retardo vital. Pero el problema no es solo contextual. Y, lamentablemente, no se va a solucionar con la recurrente creación de empleo estacional que le corresponde al verano.

Hoy, 2021, tal y como comparamos los tiempos pasados con los presentes, esos jóvenes que nos graduamos sobre esas fechas aún no hemos podido independizarnos, aún vivimos con nuestros padres, aún no hemos obtenido un empleo a largo plazo en el que poder desarrollarnos. Ahora estaríamos planteándonos formar una familia, buscar niños, comprar una casa. Pero, en su lugar, buscamos desesperadamente ser autosuficientes e independientes.

Por supuesto, no hablo en términos absolutos; hablo de casos concretos que son una parte de la realidad. En mayo de 2021 se detectó un casi 30% de paro juvenil (personas entre 18 y 34 años). La temporalidad/precariedad laboral de los que sí consiguen un empleo llega al 51%. Las cifras son desoladoras. Nuestros sucesivos gobiernos han invertido muchas expectativas, tiempo y dinero en tratar de resolver esta situación a lo largo de los años: rebajar la fiscalidad de las empresas con el objetivo de fomentar la creación de empleo, destinar grandes cifras de dinero para evitar que la falta de recursos siga reteniendo el ascensor social, controlar el mercado del alquiler o crear infraestructura de producción, además de un largo etcétera. Veremos cuáles son las más óptimas. Y esperemos que en el verano siguiente haya algo nuevo bajo el sol.

2 Comentarios

  1. Ojalá este panorama no acabe con las ganas de perseguir nuestros sueños. Mientras tanto, esperaremos a ver qué nos depara el verano 2022.

    • Ojalá… desde luego, a lo que más le duele un verano y otro verano sin oportunidades es a la esperanza.
      Que el verano 2022 nos sea favorable a todos, Isabel.

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