Una aproximación socio-crítica a Boedo y Florida

Resulta interesante demostrar que el conflicto entre los escritores de Boedo y los de Florida (Argentina, década del ’20), que se pretende “suavizar”, excede los aspectos puramente estéticos. En cambio, la caracterización de ambos grupos, sus intereses literarios y políticos, su accionar en el campo de la cultura y el tenor de las polémicas entabladas a través de las publicaciones que editaron muestran que se trata de un fenómeno sociocultural y político. Como tal, su revisión exige un análisis que no eluda las condiciones sociales en que ambos grupos produjeron su obra –literaria y cultural-, y se disputaron un campo de enunciación[1].

Planteado el problema en estos términos, surgieron a lo largo de mi investigación diversos interrogantes que fueron sustituidos por otros o quedaron planteados. Asimismo, asumí que el examen exhaustivo de las condiciones de vida y de los hábitos de clase/grupo de por lo menos los escritores más representativos de ambos grupos excede la instancia de este trabajo. Sin embargo, me propuse explicitar estos problemas, que podrían servir como puntos de partida para otros análisis.

La disputa de un campo enunciativo como eje de la polémica establecida entre ambos grupos es el problema que me pareció más interesante de ser abordado. Aun cuando su desarrollo también es demasiado extenso para esta instancia, decidí dedicarle atención al final de este trabajo. Así, delimito éste al planteo inicial: demostrar que para estudiar ciertos autores y épocas (si no todas) es necesario posicionarse en categorías provenientes de la sociología, que despejan zonas opacadas de la historia de la literatura. Obviamente, no se reduce el estudio de la literatura a estos aspectos. Sin embargo, determinadas etapas del proceso de construcción de una literatura no pueden ser entendidas si se pretende despojarlo de las series que contextúan la producción[2].

Siguiendo las reflexiones de Pierre Bourdieu[3], se puede formular que nada más pertinente al análisis de Boedo y Florida que la reinserción de las obras y de los autores en el sistema de relaciones sociales del que forman parte. No sólo se trataría de recuperar la noción de “condiciones sociales de producción”, sino especialmente de pensar el corpus producido como parte de un sistema de relaciones de competencia y conflicto entre grupos situados en posiciones diversas en el interior de un campo intelectual que, a su vez, ocupa una determinada posición en el campo del poder.

Es necesario un análisis estructural de los sistemas relacionales que definen un estado del campo intelectual. Y tal vez, no atribuir un peso menor a las tomas de posición políticas que a las estéticas: recolocar a unas y otras en el sistema respecto del cual se establecen, se definen y compiten recíprocamente.

Finalmente, es necesario dar cuenta del campo ideológico que se corresponde con un determinado estado del campo intelectual, así como reconstruir, a través de documentos, el estado de este campo intelectual y político. Para hacerlo, hay que enunciar el campo intelectual que a su vez ocupa un lugar en el interior del campo de poder. Y entonces, examinar este último aspecto.

El problema Boedo/Florida, considerado como conflicto fuertemente ideológico, responde con las características de su producción literaria y con el tono de su polémica, casi sin mediaciones explicativas, a la pregunta que deberíamos formularnos, según Bourdieu, ante los escritos literarios:

“¿Cuáles debían ser, desde el punto de vista del habitus socialmente constituido, las diversas categorías de artistas y escritores en una época dada, para poder ocupar las posiciones predispuestas para ellos por un estado del campo intelectual, y para poder adoptar, en consecuencia, las tomas de posición estéticas o ideológicas objetivamente a las posiciones ocupadas?[4]

Los principales obstáculos para indagar en este conflicto desde una perspectiva sociocrítica tienen que ver tanto con el tratamiento de esta etapa que hacen los historiadores de la literatura, como con las mismas declaraciones de algunos de los escritores de cualquiera de los dos grupos.

Los historiadores de la literatura dedican atención al campo intelectual y político del período, pero sólo como inventario de la situación: la primera presidencia de Yrigoyen, el gobierno de Alvear, el arribo al poder nuevamente del primero (con su significación en el cierre de Martín Fierro), las diversas publicaciones de ambos grupos. Como veremos más adelante, de todos, es Adolfo Prieto[5] quien mejor da cuenta del contexto y de las contradicciones políticas.

Carlos Giordano rastrea los antecedentes de Boedo y se preocupa por delimitar el periodo de su funcionamiento como grupo,  a pesar de que “los límites cronológicos y aun la existencia misma del grupo aparecen como dudosos…”; para afirmar: “…a pesar de lo confuso de su cronología y de su estructura, su existencia es innegable”.[6] Sin embargo, no profundiza en la divergencia ideológica entre ambos grupos: “…Desde el punto de vista de la historia literaria, tal división (…) no corresponde a dos actitudes estéticas bien definidas y coherentemente asumidas…” (¿?). Dice, más adelante, que se trata de una “complejidad imposible de resolver en el simple enfrentamiento de Florida y Boedo y de sus supuestas actitudes estéticas inconciliables: arte puro y arte comprometido”. Finaliza el apartado, coincidiendo con Prieto en su Antología de Boedo y Florida, en cuanto se trata de “la primera experiencia colectiva de literatura social en nuestro país”.

Esa ambigüedad al restarle importancia a las implicaciones sociopolíticas y estéticas de plantearse la producción en torno a la literatura como una tarea colectiva, pero recuperar la noción, es la misma ambigüedad que se observa en algunos de los otros historiadores examinados y en los propios escritores involucrados.

Adolfo Prieto es, de los historiadores consultados, como ya se dijo, el que esboza con mayor claridad las diferencias de clase de ambos grupos y las contradicciones de los de Boedo. Pero al final del capítulo dedicado a Boedo y Florida, incluye la opinión de Juan Carlos Portantiero, quien afirma que las diferencias esenciales entre Boedo y Florida no eran tan importantes. La cita de Portantiero autoriza la opinión de éste, de que “la literatura de ambos grupos era una expresión del fracaso y de la soledad espiritual de las capas medias urbanas.” [7]

De manera que, con todo el material sobre la mesa, se diluye el conflicto ideológico entre ambos grupos en una generalización que considera que todos estos escritores sufrían “la soledad espiritual de las capas medias urbanas” (¿?).

También Noé Jitrik desarrolla el contexto histórico del periodo y se refiere con un estilo no exento de cierto desprecio a los escritores de Boedo: “Los naturalistas de Boedo (…) son lacrimosos y pietistas, poco rigurosos en la forma y excesiva y paradójicamente intelectuales, pese a su simplicidad.”[8]

Jitrik contrapone los modelos elegidos por cada uno de los grupos, la temática y la posición política. Es, además, distante y crítico con la producción de ambos grupos, no obstante, lo cual plantea diferencia sin intentar resolverla en alguna generalización que los incluya como parte del mismo proceso de construcción de la literatura.

Citaré, finalmente a Juan Pinto[9], quien engloba a ambos grupos con la nominación de “generación del 22”, a pesar de lo cual reseña las diferencias. Más interesante es su breve mención de la inmigración, como un factor previo que influye en el desarrollo de la literatura posterior. Volveré sobre el tema al final de este trabajo.

En síntesis, y hasta aquí, lo que interesa revisar es cómo los historiadores de la literatura, aunque tienen en cuenta distintos factores sociales que inciden en la producción cultural, eluden profundizar en la diferencia ideológica de ambos grupos que, no obstante ello, es tan marcada. Con posterioridad a la época tratada, el mismo Borges llegó a decir que no había existido tal polémica, que en realidad había sido más que nada un entretenimiento.

Así, lo que aparece es que el conflicto se diluye en una consideración histórica del proceso literario del que ambos grupos formaron parte o se lo banaliza desde el lugar de un escritor cuyos méritos estéticos no ocultan su evidente origen y posición de la clase que porta, entre otros rasgos, el de ignorar los conflictos para evadir su responsabilidad en ellos.

También en Bourdieu encontramos la herramienta para explicarnos porqué sucede esto, que es simplemente la manifestación de que todos los individuos considerados pertenecen al campo intelectual, que tiene leyes en base a las cuales se accede o no a él:

 “ Los escritores y artistas se encuentran en una situación de dependencia material y de impotencia política respecto de las fracciones dominantes de la burguesía, de la cual provienen y forman parte por sus relaciones familiares y conocimientos o, al menos, por su estilo de vida: aun en las categorías más pobres de la intelligentsia “proletaroide”, condenadas a la vida bohemia en sus formas menos electivas, el estilo de vida está infinitamente más cerca del de la burguesía que del de las clases medias. En consecuencia, los escritores y los artistas constituyen, al menos a partir del romanticismo, una fracción dominada de la clase dominante, que en razón de su posición estructuralmente ambigua está necesariamente obligada a mantener una relación ambivalente tanto con las fracciones dominantes de la clase dominante (los burgueses), como con las clases dominadas (el pueblo), y a hacerse una imagen ambigua de la propia función social[10]

Si examinamos ahora el problema, vemos que a pesar de la ambigüedad de los historiadores de la literatura y de algunos de los escritores involucrados, hay marcas en unos y otros que proporcionan los indicios de que el conflicto lo es en un plano ideológico y en la proyección de éste a otros campos.

Prieto mismo dice que se trata de “un curioso fenómeno sociológico literario” cuando marca la ambigüedad en las tomas de posición y la contradicción entre elecciones políticas y estéticas. Es cierto que unos y otros son ambiguos, lo cual quedaría explicado en términos de Bourdieu como el rasgo de contradicción propio de los intelectuales. Quizás esa misma ambigüedad es la que impidió, en parte, al grupo de Boedo, imponer una estética más contundente, que no pudiera ser desmerecida frente a las manifestaciones de Florida por algunos críticos. Pero es posible plantear como interrogantes si es lícito comparar narrativa con poesía, y si a alguien se le ocurriría valorar jerárquicamente en un mismo rasero a las vanguardias históricas europeas con la literatura rusa del siglo XIX. Que dos grupos coetáneos de un país hayan tenido esos modelos no autoriza a juzgarlos desde las mismas categorías estéticas, cuando la aplicación de tales categorías a un análisis referido a los mismos modelos, sería impensable y cuya sola aproximación desde la crítica parece un absurdo.

Más allá de los límites que aprisionaron a “los de Boedo”, es indudable que su posición de clase en la sociedad es diferente de la de algunos escritores de Florida. Algunos provenían de hogares proletarios y realizaban trabajos manuales para sostenerse; otros, asentados como pequeña burguesía, trabajaban como oficinistas o periodistas. La situación de ganarse la vida además de escribir, coloca a estos escritores en un lugar distinto de un Girondo, un Borges.

Las contradicciones son explicadas por el mismo Prieto: “Los escritores de Boedo sufrieron, en su mayoría, el desgarrante conflicto del intelectual burgués, a mitad de camino entre pautas culturales de las que sufre en desprenderse, y objetivos históricos por cuya concreción juega su destino individual”.

La voluntad de construir un proyecto cultural desde la izquierda (imprenta propia, difusión masiva de los clásicos, etc.) se manifiesta además en las temáticas abordadas. Para evidenciar las diferencias entre ambos grupos, basta comparar la mitificación del arrabal que hace Florida, con la cruda descripción del conventillo de Elías Castelnuovo en Lázaro[11], o del matadero, en el mismo cuento, donde esperan los tísicos y tuberculosos la sangre que según creían, habría de salvarlos. Al respecto, recordemos que la tuberculosis era una enfermedad terminal a principios de siglo, y que morían por esta causa muchos habitantes de Buenos Aires.

La posición de clase asumida por Álvaro Yunque, por citar otro ejemplo, en Nico y el abuelo, se tiñe de matices utopistas cuando el nieto es el que se rebela ante la humillación que le provoca ver a su abuelo convertirse en bufón de sus patrones y es él quien empuja al viejo a ganarse la vida vendiendo verdura, como cuentapropista: la ilusión de escapar del trabajo asalariado y del patrón.

Frente al pintoresquismo, a la mitificación del arrabal que hace Florida, una nota editorial anónima del nº4 de Campana de Palo niega la existencia de Boedo, para decir: “…lo que sí existe es una literatura de arrabal, hecha por mozos nacidos y criados en el arrabal (…) Hijos del arrabal, empleados, periodistas casi todos ellos, han sufrido en carne propia la explotación capitalista…[12]. De modo que algunos de estos escritores se consideran “el” arrabal. Tal vez no sean las categorías estéticas las que expresen su origen de clase o el posicionamiento posterior, pero sí el abordaje de temas que ciertamente nunca habrían elegido los escritores de Florida y esta voz que se define dentro de un campo geográfico reclamándolo como parte de su identidad.

Por último, quiero referirme a uno de los problemas planteados al inicio: la disputa por un campo enunciativo. Curiosamente, los indicios que permiten afirmar que es en este terreno en el que se está contendiendo, además de obedecer a la razón obvia de que examinamos material lingüístico, los brinda el Suplemento explicativo[13] firmado por “La Redacción de Martín Fierro”, en respuesta al de Roberto Mariani Martín Fierro y yo.

Es en este texto de los “martinfierristas” donde se observa el tenor de la disputa. Se acusa a los “boedistas” de ser conservadores en sus opciones estéticas, pero además se manifiesta claramente que se está en una clase diferente, que implica formas de expresión distintas: “…hemos tenido una educación doméstica lo suficientemente esmerada para impedirnos perder hasta tal extremo nuestra compostura, y luego, porque poseemos medios de expresión un poco más complicados, pero igualmente eficaces…”.

Insiste, la nota, en las diferencias lingüísticas: “…el propio señor Mariani se nos anuncia un eco, un eco indignado con cierta deformidad de pronunciación (…) Cuando por curiosidad ha caído en nuestras manos una de esas ediciones[14], nos hemos encontrado con la consabida anécdota de conventillo, ya clásica, relatada en una jerga abominablemente ramplona, plagada de italianismos, cosa que provocaba en nosotros más risa que indignación pues la existencia de tales engendros se justifica de sobra por el público a que están destinados: no hay que echar margaritas a los puercos”. Así, molesta el habla de estos otros habitantes de Buenos Aires, porque molesta su existencia; son “la chusma”, como le han llamado diversos opositores del populismo.

También dice que la única filiación literaria de estos escritores, podría ser con el Martín Fierro de Folco Testena, para afirmar luego la identidad argentina del lenguaje de los “martinfierristas”: “Todos somos argentinos sin esfuerzo, porque no tenemos que disimular ninguna ‘ pronunzia’ exótica…”. Así, el concepto del idioma como parte del patrimonio nacional, ligado a la formación del Estado según la noción modernista, está en la base de estas opiniones de los “martinfierristas”.

Son muy interesantes las acusaciones que hacen quienes firman esta nota, si se piensa en cuál sería el habla de Buenos Aires en los años 20. Hay un castellano oficial en el que construyen su discurso social y literario los grupos instruidos del país. Pero hay una gran masa de inmigrantes que no sólo son en su mayoría analfabetos, sino que, además, hablan dialectos que empiezan a mestizarse en contacto con otros y con la lengua oficial.

La política migratoria había comenzado en 1860. A lo largo de los setenta años siguientes, ingresarían al país seis millones de inmigrantes: en 1869, la población total de la Argentina era de poco más de un millón y medio, y entre 1856 y 1892 entraron al país 6.405.000 personas. Según el censo de 1914, el cincuenta por ciento estaba constituido por italianos, un tercio eran españoles, y el resto, polacos, rusos, franceses y alemanes, en ese orde.

Las lenguas en contacto en esta situación son de una riquísima productividad. En los conventillos se gestó el lunfardo, que sólo hace muy pocos años empezó a ser considerado por “La Academia” con dignidad para ingresar al diccionario de la lengua. En la actualidad y mediante un firme proceso, el lunfardo conforma el sustrato lingüístico del español de la Argentina. Pero los años 20 eran tiempos en que hablar de un modo o de otro era la divisa de clase. El tono indignado de “La Redacción” de Martín Fierro muestra que las clases criollas están disputando un espacio de enunciación que sienten amenazado por los lenguajes de los inmigrantes.

Pocas fuentes registran el habla coloquial del Buenos Aires de esta época (a excepción de las letras de tango), por la misma razón de la ambigüedad, pero especialmente, porque las clases populares, como el gaucho en otras épocas, cuando decide cantar, hablar al público o escribir, imita el habla que le parece “más correcta”, mejor, esto es, el habla de la clase dominante.

Más allá de la escasez de fuentes, los datos que proporcionan los censos de población permiten deducir el tipo de riqueza y heterogeneidad lingüística que habría en Buenos Aires. Como unos u otros usos fueron imponiéndose, es éste otro de los problemas a pensar: ¿cuál fue el papel de la literatura, especialmente de ésta del grupo de Boedo, en la capacidad de cuestionar la legitimidad de la lengua oficial? ¿O es que su producción contribuyó a la constitución de aquélla, más que a su cuestionamiento? Dice Bourdieu: “La integración en la misma comunidad lingüística, que es un producto de la dominación política constantemente reproducida por instituciones capaces de imponer el reconocimiento universal de la lengua dominante, constituye la condición de la instauración de relaciones de dominación lingüística[15].

No es en los textos de Boedo donde se observa un desplazamiento de los estándares lingüísticos exigidos. Pero el denuedo con que Florida ironiza sobre el lenguaje de los de Boedo, indica que hay realmente una resistencia al proceso de construcción lingüística que organizó el castellano de la Argentina actual (y por supuesto, al proceso de desestructuración y reestructuración social que implicó la abrumadora cantidad de inmigrantes).

Tal vez es en este terreno, el enunciativo, en el que el grupo de Boedo debería haber profundizado las diferencias que evidentemente tenía con los escritores de Florida. Por lo menos, es en este terreno donde los textos producen su verdadera diferenciación.

BIBLIOGRAFÍA

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BORDIEU, Pierre: Campo de poder y campo intelectual. Buenos Aires, Folios Ediciones, 1983.

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GIORDANO, Carlos: “Boedo y el tema social”; Historia de la literatura argentina. Bs.As. Centro Editor de América Latina, 1980-1986.

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JITRIK, Noé: Ensayos y estudios de literatura argentina. Buenos Aires, Galerna, 1970.

KERBRAT ORECCHIONI, Catherine: La enunciación; de la subjetividad en el lenguaje. Buenos Aires, Hachette, 1986.

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ROSA, José María: La historia de nuestro pueblo. Buenos Aires, Editorial Video, 1987.

TERUGGI, Mario: Panorama del lunfardo; génesis y esencia de las hablas coloquiales urbanas. Buenos Aires, Ediciones Cabargon, 1974.


[1] Con el concepto de enunciación me refiero al sentido de producción activa de mensajes, para la cual se ponen en juego diversas competencias no lingüísticas, entre las que las competencias culturales e ideológicas resultan especialmente pertinentes en el tema que se está examinando. El concepto es desarrollado por Catherine Kerbrat Orecchioni (1986).

[2] Marchese, Ángelo y Joaquín Forradellas (1978): “La obra literaria (…) está en el centro de una sucesión de conjuntos estructurados y coimplicados…”: la serie literaria, la serie cultural y la serie histórica.

[3] Campo de poder y campo intelectual. Buenos Aires, Folios Ediciones, 1983.

[4] Ibidem.

[5] En Estudios de literatura argentina. Buenos Aires, Galerna, 1969.

[6] En “Boedo y el tema social”; Historia de la literatura argentina. Bs.As. Centro Editor de América Latina, 1980-1986.

[7] Portantiero, Juan Carlos: Realismo y realidad en la narrativa argentina. Bs.As. 1961.

[8] Ensayos y estudios de literatura argentina. Buenos Aires, Galerna, 1970.

[9] En Breviario de la literatura argentina contemporánea. Buenos Aires, La Mandrágora, 1958.

[10] Campo del poder y campo intelectual, Op.Cit.

[11] Los escritores de Boedo. Antología de Carlos Giordano. Buenos Aires, Centro Editor de América Latina, 1968.

[12] Citado por Adolfo Prieto.

[13] Nº8-9 agosto-septiembre 1924.

[14] Se refiere a la novela semanal y a publicaciones masivas en general.

[15] Bourdieu, Pierre: ¿Qué significa hablar?; Economía de los intercambios lingüísticos. Madrid, Akal, 1985.

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