Javier Arias Artacho: «Los cristianos tenemos que salir del armario»

Publica Dios existe, un auto de fe para quienes la han perdido, la desconocen o la han vendido al «diablo». «Si en vez de Dios lo llamáramos “energía incausada”, ¿quizá tendría más adeptos?», plantea.

Si Dios fuera un musical, se llamaría Ballad of a thin man. Porque, como canta Dylan, algo hay pero nadie sabe el qué. Para unos es el fantasma de la ópera. Para otros, el actor revelación. Y para quienes le aplauden desde su debut, que siga vivo es un milagro. Javier Arias Artacho (Barcelona, 1972) no duda: Dios existe (San Pablo), como reza su último libro. El nombre que le demos es lo de menos. 

—Padre nuestro, que estás en el cielo. ¿Ahí está Dios?

—Jesús habló del cielo porque entonces era una realidad lejana, inaccesible. Al igual que para los griegos lo era el Olimpo, por eso ubicaban allí a los dioses. Hoy el «cielo» podría ser el universo o esas otras realidades que existen y no vemos. La propia ciencia lo sostiene con la teoría de los multiversos.

—Decía Borges que Dios es quien ha dado más muestras de su inexistencia. 

—La verdad deslumbra si abres los ojos. Algo existe, pero quizá no sea lo que nosotros pensamos.

—Más tarde confesó que rezaba cuando se veía en peligro.

—Porque en el fondo se sentiría creyente. Muchos confunden creer con ser católico y ahí surge la animadversión, por los dogmas e intransigencia de un sector de la Iglesia. Los cristianos tenemos que salir del armario porque ese sector no representa a la mayoría. Ni a la nuestra ni a la de aquellos que tienen predisposición a creer. 

—Quizá esa mayoría esté muy callada.

—Más bien, silenciada. Se prefiere poner el micro al cura que grita «hay que acabar con los homosexuales» porque hace más ruido.

—¿Ha pronunciado la Iglesia el nombre de Dios en vano?

—Muchas veces ha puesto en su boca intereses personales. Siempre se ha dicho que la Iglesia es santa y pecadora. Yo diría lo contrario: primero pecadora y luego santa.

—Por eso, dice Antonio Gala que Dios no es católico. Y, menos aún, vaticanista. 

—Si Jesús viniera, moriría otra vez de un infarto. El Vaticano no nos representa. Es una suma de vanidades, obispos que hablan desde un despacho.

—Si dejaran hablar a Dios, ¿qué diría? 

—«¡Qué perdidos vais!». Se reiría. Las cosas que hacemos deben causarle risa.

—¿A quién le interesa que no exista?

—Al ego. Pensar que hay alguien «observando» y que puede cuestionarnos choca con quienes solo piensan en el «yo, mí, me, conmigo».

—Pero hay quien quiere creer y no puede.

—En parte, por la impaciencia. El encuentro con Dios no es un aquí y ahora. Requiere calma y reflexión, algo complicado en un mundo lleno de ruido. También, hay quien es espiritual pero no encuentra en la Iglesia el referente que busca.

—La meditación y prácticas afines están ganándole terreno en ese sentido.

—¿Y no te has planteado que esa puede ser la forma que Dios tenga hoy para hacerse presente?

—Para Marx, sin Dios habríamos sido más libres.

—Hay quienes creen vivir en libertad estando encarcelados. Libertad es poder descubrir lo que es verdadero para uno mismo. Lo dijo Jesús: la verdad os hará libres. 

—¿Pero hay una sola verdad?

—La verdad es una. Formas de explicarla e interpretarla, múltiples. Y, a veces, no del todo acertadas. La Iglesia cae en este error, por ejemplo, con el sacerdocio. La verdad es que Jesús llama a personas para que sean enviadas. La de la Iglesia, que esas personas solo pueden ser hombres. Hoy en día me parece un insulto a la inteligencia, pero es cuestión de tiempo que estos muros caigan. El del sacerdocio es solo uno.

—¿Y el de la sexualidad?

—Curiosamente acceden al sacerdocio muchos homosexuales, más de uno porque fuera no ha encontrado su sitio. La voluntad es lo que importa, no si meas de pie o sentado. Tardará, pero el cambio se dará. La gente no va a entrar a la Iglesia: la Iglesia tiene que salir. 

—Nietzsche llegó a la conclusión de que hay que matar a Dios.

—Porque vivió una época en que la religión era fanatismo. Por eso dijo que había que «matarlo», para que el hombre descubriera que en su interior alberga a un superhombre, capaz de resolver las cosas por sí mismo. Si hoy viviese, quizá matizaría: hay que «matar» la religión que impide ver a Dios. 

—Bueno, siempre podemos arrepentirnos. Dios lo perdona todo, ¿no?

—Si es perdón verdadero, sí. Si es como el de los líderes independentistas, no.

Amén.

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