La despedida (Capítulo 1. La búsqueda)

Todo era diferente desde que Daniela no estaba. Dorian había perdido el gusto por aquellos pequeños actos que en otro momento le aportaban tanto, como la lectura o la fotografía, incluso escribir se convirtió en algo que no disfrutaba y la última vez que lo hizo fue por obligación porque tenía que cumplir los plazos del contrato con su editora. El libro había visto la luz recientemente y lo que si pudo rechazar fue toda la campaña de lanzamiento. No estaba preparado para aquello, nunca lo estuvo pero menos en aquel momento. Pasaba mucho tiempo tendido en la cama, cuando podía dormía y el resto del tiempo solo pensaba y recordaba.    

Gofre lo miraba, ya había pasado la hora habitual de su primera salida, la vejez se había apoderado de él. Sus cortas patas habían cambiado su oscuro pelaje por el blanco, igual había pasado con su hocico y cejas. Aquel carismático teckel tenía ya sus quince años y sus sentidos se habían visto desmejorados por la edad, y aunque tenía momentos ágiles, sus movimientos se habían vuelto lentos, pausados. Dorian lo miró desde la cama, ambos se quedaron así un buen rato, finalmente el chico acarició la cabeza de su amigo y se incorporó. Hacía calor para la hora que era aunque aquello fuese lo normal en Andalucía desde abril y ya llevaba seis meses aquel maldito año, tres desde la desaparición de Daniela.

La calle estaba concurrida. Dorian y Gofre caminaban con tranquilidad. Se detuvieron delante de una inmobiliaria, el joven no tenía previsto cambiar de vivienda pero era una de esas costumbres que había tomado de Daniela, ella siempre miraba todos los escaparates de esos establecimientos por curiosidad. Se vio reflejado en el cristal, solo se había quitado el mal sabor de la noche con un enjuague bucal pero ni había lavado su cara ni se había peinado. Su cabello llevaba meses sin ningún tipo de cuidado, le había crecido tanto que le costaba reconocerse aunque eso era también porque no se miraba casi nunca y la barba había cambiado su rostro. Después de que Daniela se marchara, cuando tuvo que asistir a su despedida y vio su imagen en el espejo del baño mientras se preparaba sintió vergüenza. Ese sentimiento era fruto de la incomprensión de que él estuviera allí y no ella. Deseó tantas veces tener una máquina del tiempo y poder cambiar las cosas, se sacrificaría sin dudarlo, se hubiera cambiado por ella. Todas las noches pensaba en ello mientras daba vueltas en la cama intentando conciliar el sueño hasta que caía rendido fruto del degaste emocional. Entre los paneles luminosos que indicaban algunas de las viviendas en venta y alquiler que ofrecía el local se vio delgado, había perdido mucho peso y masa muscular. Había dejado de entrenar y el apetito iba y venía pero por lo general había disminuido. No sabía si algún día volvería pero ahora lo veía como muy improbable.

Continuó el paseo con su anciano perro por las calles que tanto habían transitado los tres, ahora todo era diferente. Le recordaban a ella e incluso esperaba encontrarla caminando por sus aceras aunque tenía la certeza de que aquello era imposible. Una vez hubo Gofre hecho sus necesidades a Dorian se le ocurrió una idea. Tomaron de nuevo la plaza y luego se adentraron en otra calle menos comercial donde había viviendas familiares y cafeterías de desayunos. Cuando llegaron al final de la calle giraron a la derecha y allí estaba lo que habían ido a buscar: La floristería donde el chico adquiría margaritas moradas o blancas como regalo para Daniela. Era una flor sencilla pero le gustaba mucho tener un ramo en casa. Cuando no se las regalaba el joven ella se las compraba, siempre había algún ramo en la vivienda que compartía la pareja. Desde el incidente, no había flores en el piso. Dorian pensó que sería una buena manera de buscar la forma de acercarse a Daniela. Así sería más fácil creer que estaba allí, muchos días imaginaba conversaciones con ella, las recreaba en su cabeza. Eran hermosas palabras las que intercambiaban, no siempre. Para hacer más real esa actividad Dorian también creaba escenarios donde hubiera algún tipo de disputa por alguna tontería (cuando se enfadaban era por cosas sin importancia, siempre lo solucionaban pronto y se olvidaban) y deseó que aunque fuera mediante una riña, ella estuviera allí para poder verla, escucharla y sentirla una vez más. Pensaba mucho en la sensación del abrazo, en sentir su cuerpo junto a él. Dejó esos sentimientos para después, ahora tenía que elegir las flores que hubiese seleccionado Daniela. Tras mirar bien los manojos y sus diferentes colores, lo tuvo claro.

Gofre aceleraba el paso, tenía ganas de llegar a casa y pasar lo que quedaba de mañana en el sofá. Dorian caminaba ya tras el animal, después de años intentando cambiar esa conducta ya había asumido que no podría y solo le quedaba asimilarlo de la mejor manera posible. El joven buscó las llaves en sus bolsillos, cuando la encontró cambió las flores de mano y se detuvo. Ese era uno de los momentos que más sufría todos los días, el regreso a casa. Con las margaritas quería aportar a la vivienda un poco de luz, un poco de Daniela; cuando abriera esa puerta, Daniela no estaría y la tristeza se apoderaría de él, era la confirmación de su muerte. Aquello lo aterraba siempre, era uno de los momentos más duros a los que tenía que aprender a acostumbrarse, por otra parte, siempre esperaba que ella estuviera allí, dentro, investigando con alguna receta nueva, escribiendo su nuevo libro o leyendo.

Introdujo la llave y la giró, abrió la puerta y el animal entró antes, caminó hacia su bebedero y sació su sed de una manera bastante escandalosa. Con la puerta abierta, Dorian repasó el salón, todo estaba como lo había dejado. El día se nubló en ese momento y todo se tornó gris. Desde dentro cerró la puerta, se quedó inmóvil. Segundos después prosiguió hasta el fregadero de a cocina y dejó allí el ramo hasta que lo colocara en un jarrón. Gofre volvía a beber cuando un sonido del interior de la vivienda sobresaltó a Dorian. Parecía proceder de la última habitación, el dormitorio principal. Volvió a sonar, ahora sí que identificó un cajón abrirse, después unos papeles. Miró al animal, que, aunque había perdido muchas facultades, también notó que algo pasaba. Se adentró en la oscuridad del pasillo, Dorian vio como su perro desaparecía y lo siguió. Hasta que escuchó a Gofre emitir un gruñido pensó que se había tomado tan en serio las recreaciones de Daniela que había perdido el juicio. El animal emitió otro leve gruñido, se había detenido en el pasillo, junto al dormitorio. Cuando Dorian llegó a donde estaba Gofre, el perro movía la cola. Un extraño sentimiento se apropió de su cabeza, había alguien en la estancia, buscando algo en los cajones de las mesitas de noche o de la cómoda.

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