Llaneza

Leí el Quijote cuando aún no sabía leer. Cuando aún no sabía leer con la atención que merecen algunos textos, esas historias a las que se insulta al compartirlas, en principio, con algo que no sea el silencio de la admiración. De ahí, de semejante ignorancia adolescente, mi regocijo de entonces. Al leer: «—Llaneza, muchacho, no te encumbres, que toda afectación es mala». Mi segundo apellido, Llaneza, ¡nada menos que en el Quijote! Las ignorancias, no siempre nocivas —disfruté de la mía en aquel tiempo—, suelen conducir a equívocos de similar calibre, cuando no mayores. Años más tarde, algo menos ignorante pero, ay, menos inocente también, caí de mi burro particular al encontrarme de nuevo con el hidalgo ingenioso y con su conmovedor escudero. No recuerdo si le pedí disculpas al maese Pedro de Cervantes. No sobrarán, en cualquier caso, las que ahora les pido a los dos, al personaje y al autor, al don Miguel que, ante mi asombro de por vida, fue capaz de dar cabida al mundo, a todas las conductas de la fauna humana y sus proscenios, en un libro, por ello inmune el Quijote al transcurrir del tiempo. Hoy, cuando procuro leer con la debida atención tantos relatos y tantos poemas que algo me reconcilian con mi especie —cuánta belicosidad en nuestra apenas nada pero, sin embargo, cuánta humanidad por aquí y por allá, que levante la mano quien lo entienda, quien nos entienda, divinidades incluidas en caso de haberlas— también procuro actuar (y escribir) con llaneza.

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