¿Por qué viajo?

Abrir el mundo y desplegarse ante él como si fuera un libro por leer. Explorarlo y comprenderlo para contarlo. Perderse en todos sus recovecos, enfrentarse sólo a lo que te encuentres tras cada esquina y encontrarte en la soledad. Y con eso, en realidad, ya me basta.

Recorres una carretera sin rumbo. A pie. Sin prisa por llegar. Sin una etapa previa clara.  Realmente no sabes cómo ni por qué estás allí. Dejas atrás la comodidad de tu hogar porque hay algo que te llama desde lejos y que no puedes evitar oír. Algo que quieres escuchar. Que insiste desde hace tiempo. Su voz te es familiar. Se parece a la tuya, pero sobre ella, pesan otros sentimientos que aún no has alcanzado a sentir. Te llama desde lejos. Desde tan lejos que no la ubicas en ningún espacio. Ni en ningún tiempo. Pero sigues esa carretera. Sigues su rumbo, no el tuyo propio. Y, con un poco de tiempo, acabarás encontrándote. Y con eso basta.

Jack

Cuando Jack Kerouac decide cruzar el continente americano de costa a costa no sabe muy bien por qué lo hace. Solo quiere vivir. Hacia la mitad de su novela En la carretera (1957), reflexiona sobre los pasos de ida y los pasos de vuelta. Y se atreve a argüir un objetivo: viajamos para ver qué hay al final de la carretera americana. Esa es la motivación. La respuesta se vuelve más personal e individualizada desde la mano de Kerouac: “al final de la carretera americana hay una pareja haciendo el amor”.

Esta perspectiva es la suya propia. La que la vida le ha enseñado, lo que ha podido leer y lo que ha decidido contar. Momentos más tarde reflexiona sobre la generalidad que hay detrás de su comentario. Porque es plenamente consciente de ello. Cuando Kerouac realiza esta afirmación, está aseverando la condición de su experiencia. Y después, con genialidad, dota a su propia experiencia de la simplicidad más absoluta: «queríamos penetrar en el corazón de las cosas». Kerouac, Burroughs, Ginsberg, Cassady… los miles que siguieron… los millones que lo intentamos.

Cruzas el agua y recorres una fría y húmeda isla. Contemplas el infinito que te rodea. Y allí, donde no hay nada, estás tú. Rodeada del agua del mar, de roca y tierra, del fuego del sol y de la fuerza del viento. No hay nadie alrededor, ni lo va a haber. Y con eso basta.

Kerouac viaja por los Estados Unidos durante varios años. En su peripecia sin rumbo siempre va acompañado de Neal Cassady, hombre-instinto que exprime por inherencia todo lo que se encuentra. Recorren, y ese es su objetivo, todos los fragmentos vitales de otras vidas para adherirlos a la suya propia. Al final, tras su largo viaje, se queda solo. Y hace el viaje de vuelta solo, pero no lo cuenta. Quizás porque ya ha obtenido todo lo que buscaba. Excepto por un pequeño episodio.

En la frontera, a la fría y fuerte luz de la lámpara que atrapa los abundantes mosquitos, Jack Kerouac se encuentra con dios. Con un dios, con un hombre, con un gurú, con un fantasma. Un viejo que hace el camino al contrario. Que cruza a México. Que lo hace de noche. Que lo hace de forma rutinaria. Y que solo le dirige la palabra para darle una orden: “go moan for man”. Se ha traducido al español como “vete a quejarte a los hombres”. Prefiero quedarme con mi propia interpretación del inglés. Me da igual si la traducción no es correcta, pues lo primero en lo que pensé fue “laméntate por el hombre”.

Sales a caminar, sin tiempo, sin espacio. Das rienda suelta a los pasos como dejas correr los pensamientos por los cauces labrados y sin labrar de tu vida. Hay un saliente sobre la loma. Se despliega sobre el horizonte como una protuberancia. Decides subir y, al hacerlo, te giras sobre tus pasos. Un paisaje, da igual si es bueno, mediocre o malo; pero amplio, se despliega ante ti. Y respiras, y suspiras. Y con eso basta.

¿Por qué? Quizás porque todo ha cambiado. Porque ha llegado al final. Porque en su búsqueda por alcanzar el corazón de las cosas no llegó a encontrar nada más que tierra, polvo, humo, sombra, nada. O quizás porque en los cruces de caminos de la vida nadie más andaba buscando el candor.

Fern

Fern huye. Viaja para alejarse de lo que fue. Porque no se quiere exponer. Fern viaja sola. No como Jack. Lo hace sobre ruedas, pero se lleva parte de su vida consigo. Parte la deja atrás. Pero la vida que se lleva consigo no es toda la vida que expone. Los viejos sueños y deseos están empaquetados en cajas que no se ven. Que no se muestran. Además, si aparecen, se rompen. Porque todo lo que ha quedado atrás, está roto. Porque la vida del presente de Fern y del futuro que se le plantea no deja de patalear, dar golpes y de irrumpir sobre su interior.

Viajas por carretera en un coche abarrotado, pero todo está en silencio. No conduces. Pero guardas silencio. Tenuemente, la música tranquila sobresale por encima del ruido de los neumáticos. Observas el campo acelerado ante tus ojos. Es igual, seguirá siendo igual y lleva siendo igual desde que saliste. Pero no paras de mirar. Porque esperas y anhelas y deseas y buscas. Y, a veces, encuentras. Y con eso basta.

Nomadland (2020), la oscarizada obra de Chloé Zhao, es la experiencia de un viaje que deja atrás toda una vida, la experiencia del aislamiento de ese recuerdo y, al final, el destino de Fern es hacer frente al dolor de su pasado para, después, sobrevivir.

Por supuesto, que las vetas que componen esta obra no afloran de forma tan superficial. Pues allí, en los páramos de la América del Norte más profunda, aquellos mismos páramos que Kerouac atravesó, también se encuentra el candor.

Fern lo siente. Como podemos sentirlo cada uno de nosotros. A través de las golondrinas a las que solo puedes llegar haciendo piragüismo, en los parques naturales desérticos en los que solo hay rocas, a través del correr del agua sobre su cuerpo desnudo, en los pueblos abandonados tras una crisis comercial o a través de los ojos de una niña en una aislada granja de las montañas.

Como Kerouac, Fern trata de hallar el candor que hay en el corazón de las cosas. Y, esta vez, lo hace para encontrarse a sí misma. Exactamente de la misma manera en la que Jack explora el mundo para encontrarse a sí mismo. Pero con el objetivo de encontrarse, de recomponerse, de conocerse y de entender qué debe hacer en un mundo que se ha desmoronado.

Bajas una pendiente. Lo haces agarrado de una mano segura, amiga y tan cálida que su sentimiento te inunda. Bajas la pendiente. La tierra se desprende y topa contra el mar. Naces a través de la roca, desde la más profunda oscuridad. Y emerges del agua calma para agarrarte a la piedra pulida por el mar. Azul eterno, largo y hendido en tu alma. Eres consciente de todo, de la vida acá y allá, del amor de aquí y de ahora, del que te rodea y del que te es desconocido. Y piensas. Y sientes. Y con eso basta.

Y por eso viajo.

2 Comentarios

  1. ¿Qué poder tienen los viajes para permitirnos encontrarnos, recomponernos y conocernos mejor? Gracias por tu reflexión, Javier.

  2. Tienen todo lo que no tienen, ni llegarán a tener, nuestras ajetreadas vidas. Gracias a ti, Isabel, por participar en estos humildes posts.

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