¿Quiénes eran, quiénes son los ‘gauchos’ argentinos?

Hay una figura unida a la “argentinidad”, sobre todo en nuestro país, pero también en el exterior: el gaucho. Más allá del tango o de figuras del cine, la música y el arte pictórico, pareciera que los extranjeros, cuando piensan en Argentina, la asocian indiscutiblemente al ícono del gaucho. Este trabajo intenta demostrar que se trata de una idealización (tanto al interior del país como en el extranjero) que oculta sufrimientos y desventuras de las clases más desposeídas del territorio nacional, a la vez que, en el devenir histórico, al llegar a la actualidad hay gauchos como tales y otras figuras que pretenden serlo, conforme el sistema se apropió (diría Rolland Barthes) de la figura del gaucho y la transformó en un ícono reconocible por su atuendo, que representa tanto a la clase dominante como a los dominados. Transformado en imagen, esta figura oculta el lugar que ocuparon los gauchos en la estructura económica del país (el lugar que ocupan, también) y su destino de “carne de cañón” en la estructura política que devino en lo que hoy es la Nación argentina.

La “institucionalización” del gaucho, tal vez comienza con la poesía gauchesca, fenómeno sin igual en tanto que de tradición anterior, culmina con el Martín Fierro de José Hernández, leído en la Argentina profunda en “pulperías”[1] por alguien “docto” (que había podido acceder a la alfabetización) a grupos de gauchos analfabetos que se reconocían a sí mismos en esos versos, cuyo contenido mostraba su vida libertaria, siempre en desencuentros con la “autoridad” y sus sufrimientos. Además, el fenómeno de expatriación de la figura del gaucho puede explicarse por la increíble cantidad de traducciones del libro a otras lenguas. Así es como se trata de uno de los acontecimientos más singulares que registra la historia de la literatura, porque habiendo sido escrita por personas con una cierta instrucción, en épocas en que las grandes mayorías pobres eran analfabetas, es genuinamente popular.

En el origen de este género intervienen dos hechos: el estilo vital de los gauchos y la existencia de hombres de ciudad que se compenetraron con él y cuyo lenguaje habitual era similar al de aquéllos. La poesía gauchesca se funda en una convención casi espontánea: presupone un cantor gaucho que, a diferencia de los payadores genuinos, maneja el lenguaje oral de los gauchos deliberadamente y aprovecha la peculiaridad de este lenguaje opuesto al urbano. La convivencia de los hombres de la ciudad con los de la campaña se produjo por la guerra de la independencia y más tarde por la guerra con Brasil y por los enfrentamientos internos. La convivencia entre hombres de ciudad, a veces con una cierta instrucción y gauchos, hizo que los primeros admiraran la valentía, la honradez y el modo de encarar la vida de los hombres “de la tierra”.

Esta diferencia entre autor letrado y lenguaje rural adoptado intencionalmente para construir la obra artística es analizada de dos formas diferentes. Algunos autores, como Ricardo Rojas, unen la tradición popular a la gauchesca. Así, la poesía gauchesca sería el resultado de una evolución de las composiciones populares de autores gauchos, no siempre identificados: como toda tradición popular, las composiciones son anónimas y en cierta forma, colectivas. En cambio, otros estudiosos piensan que los payadores de campaña jamás versificaban en un lenguaje intencionalmente plebeyo o con imágenes rurales porque suponen que, para el pueblo, ejercer el arte es un asunto serio y hasta solemne. Estos autores sostienen que la poesía gauchesca es escrita por hombres de ciudad compenetrados con los problemas, el lenguaje y la cultura en general de la campaña (zona rural)[2]. Es posible que coexistieran ambas variantes, pero probablemente los cantos de los propios gauchos se han perdido en el olvido, al tratarse de una literatura de tradición oral.

Más allá de esta breve digresión sobre el género literario, la pregunta que nos ocupa es quién es; quién era el gaucho.  Un primer problema es la etimología de la palabra, sobre la cual hay varias hipótesis:

Entre las más difundidas, deben mencionarse las siguientes: del quechua, huacho, ‘animal que ha perdido la madre’ (el niño huérfano, de padres desconocidos); del araucano gachu proviene huaso o guaso, como en Chile ‘gente del campo’; del portugués garrucho, muy extendido en Río Grande del Sur, zonas de las primitivas vaquerías y del contacto con los desjarretadores (quienes cortaban el garrón a los vacunos, para cuerearlos) o gauderio (en portugués ‘vividor, parásito, vagabundo’). (…) Eran gauchos todos aquellos que suministraban el cuero; también los contrabandistas en la frontera del Uruguay y Río Grande, en Maldonado y en el Paraguay[3]

Según Ricardo Gutiérrez, son cristianos, pastores, son agricultores y jornaleros; los famosos jinetes de la tierra, son criaturas de un corazón noble y bravo, de una inteligencia sorprendente, son hospitalarios, sobrios y generosos y habituados a enormes trabajos rurales. En toda América Latina hay trabajadores rurales: el lepero de México, el llanero de Venezuela, el montuvio de Ecuador, el cholo del Perú y el gaucho en Argentina. En síntesis, se llama de todas esas formas a las primeras generaciones nacidas en suelo americano[4], quienes se caracterizan por su belicosidad, por su gallardía al montar, por su valor, por la rusticidad intelectual que no impidió el desarrollo de la rectitud de carácter y nobleza del corazón; la lealtad o la solidaridad frente al drama existencial del hombre. De hecho, en nuestro país las palabras “gaucho” y “gauchada” se utilizan para significar a quien es solidario, y la ayuda concreta, respectivamente. No obstante, ¿porqué entre las clases sociales más poderosas la palabra gaucho parece vinculada a conceptos como haragán, fugitivo, etc.?

En la definición del gaucho es ineludible recurrir a Rodríguez Molas[5], quien explica el lugar que ocupaban los trabajadores rurales: el gaucho era mano de obra especializada en el trabajo con hacienda a campo abierto, desde las épocas en que pocos eran los alambrados o no los había. Esta tarea disciplinaba en una destreza lindante muchas veces con la muerte. Conforme la estructura económica iba tomando forma en cada país, el gaucho era incorporado a aquélla, o en la mayoría de los casos, marginado:

“…en las primeras décadas del siglo XVII (…) aparece con toda su fuerza el hacendado como fuerza representativa local de un dominio ejercido en lo social y económico. Tenencia de la tierra y realidad social, dos circunstancias que no podemos disociar: el cuerpo municipal de Buenos Aires, en abril de 1609 establece normas para vaquear en los campos próximos, autorizando sólo a cuarenta vecinos sobre aproximadamente doscientos que componen el número de todos los privilegiados con esa condición (…) con ese sistema de reparto legitiman el poder colonial y permiten una forma de dominio indirecto basado en el hecho de que los obedientes y sumisos pueden obtener apoyo, beneficio y protección oficial. (…) Para Hernandarias (…) los que él califica de “mozos perdidos” logran su sustento de las matanzas que realizan en el ganado vacuno cimarrón, y así lo observa en la relación enviada a España informando cómo los había puesto a oficio…”[6]

Cuando en los documentos se habla de vagabundos y ociosos, los referentes son los desposeídos a los que se intenta someter al dominio de los propietarios para integrarlos al sistema productivo. En 1641 se propone que se los ocupe en las compañías de caballería, de manera que empiezan a ser enlistados compulsivamente y sirven en el ejército a lo largo de los siguientes siglos a medida que se le va dando forma política al país.

También se los designa según su habilidad: desjarretadores[7], pialadores[8], cuereadores, domadores, baqueanos[9]. A medida que avanza el tiempo y se afianzan los hacendados y estancieros, se persigue con más denuedo a los gauchos que roban a los poderosos para obtener su sustento diario. Dice Rodríguez Molas: “(Es) un enfrentamiento de grupos sociales, y una reacción a extremar el control para que no se disuelva el orden de dominación establecido”.

Con las sucesivas oleadas inmigratorias de varios países europeos, se intentó poblar un extenso territorio. Era el proyecto de la generación del ’80, sobre todo. Muchos inmigrantes se quedaron en Buenos Aires, donde el fenómeno de la mezcla de idiomas y el nacimiento del “conventillo”[10] dieron origen al lunfardo (hoy en el sustrato lingüístico del castellano de Argentina). Además, las promesas de dar tierras a quienes vinieran a afincarse no siempre se cumplieron, sobre todo en provincia de Buenos Aires, donde ya estaban en su mayoría, repartidas entre estancieros y hacendados.  Así, sólo un sector de la población inmigrante pudo acceder a porciones menores de tierra donde afincarse y desarrollar la agricultura. Las habilidades y destrezas del gaucho como clase social dejaron de ser necesarias, conforme avanzaban los alambrados. Tampoco podían escapar del orden establecido, recorriendo leguas y leguas libres como antes: el alambre cortaba los caminos. De manera que no les quedó otra cosa que afincarse, hacerse agricultores, sobre todo de tierras ajenas o “conchabarse” como peones rurales. Según Rodríguez Molas, Agustín de la Rosa, sostenía en 1795 la “necesidad de repartir la tierra entre los gauchos, los labradores y los desposeídos en general”. También En 1782, desde Montevideo, José Sagasti plantea conceptos similares a los de De la Rosa: “…siembran en los campos de terceros y viven en miserables chozas de paja. Si tuvieran la propiedad de una o media legua, sembrarían, edificarían y fomentarían el terreno como patrimonio que iría sucediendo en sus hijos y no se verían estos inmensos campos más llenos de gentes ambulantes que de efectivos labradores”.[11]

De esta manera, podemos definir al gaucho como raza mestiza en sus orígenes, llamada en los libros de historia “criollos” (palabra que encierra también a hijos de españoles nacidos en esta tierra); pero desde un paradigma marxista podemos definirlo como clase social caracterizada por su destreza en los trabajos con hacienda cimarrona a campo abierto. Conforme el país va estructurándose política y económicamente, los gauchos ya no son requeridos en tales tareas y algunos escapan a vivir con los aborígenes hasta que estos son diezmados y desposeídos definitivamente de la tierra; otros se emplean en estancias o alquilan pequeñas porciones de tierra donde dedicarse a la agricultura, el tambo o la cría de un poco de ganado.

Esta realidad continúa hasta nuestros días en que podemos afinar la definición de gaucho y designar, con esta palabra a los peones de estancia, los jornaleros, los asalariados en trabajos rurales, incluso los trabajadores “golondrina”[12]. Con este ajuste de la definición, dejamos fuera a quienes visten “bombacha” y botas de caña alta para una demostración ecuestre ante autoridades extranjeras, invitadas por las nacionales; a los dueños de grandes estancias que han adoptado esa vestimenta, pero están muy lejos de los valores de nobleza, solidaridad y espíritu libre de los campesinos asalariados, siempre en tensión con la confusión de ser empleados o parte de la “gran familia campera”. Por otra parte, sólo pocos gauchos pobres pueden adquirir botas de cuero, y en general las reservan para ocasiones especiales. En cambio, usan las típicas alpargatas[13] que reemplazaron a las botas de potro, utilizadas en el pasado y hechas por las manos del propio usuario con el cuero de la parte baja del caballo o de la vaca, con un corte que dejaba los dedos afuera para engancharlos en el estribo.

Respecto de las típicas bombachas de campo que reemplazaron los pantalones cortos que llegaban un poco más debajo de la rodilla, al estilo andaluz (según Rodríguez Molas, el calzoncillo y chiripá que aparece en los grabados del siglo XIX no eran usados por estas tierras), su origen es curioso. Se trata de una prenda parecida a las “babuchas” árabes; y llegaron al país por una circunstancia política. En 1856 finaliza la guerra de Crimea, en la que intervinieron Gran Bretaña, Francia, Turquía y Cerdeña, aliadas contra Rusia. Al año siguiente, siendo presidente de la Confederación Argentina justo José de Urquiza, Francia ofrece a las autoridades del país a un precio muy conveniente 100.000 bombachas “que habían sido fabricadas para el ejército turco…”[14] y que ahora eran rezago militar. La oferta es aceptada y así ingresan al país las “bombachas”, tan populares en la actualidad entre ricos y pobres vinculados al campo como entre citadinos relacionados con el compromiso social.

Por último, y a modo de recapitulación, llamaría gauchos a las clases asalariadas vinculadas con el trabajo rural, no a los dueños de la tierra ni a quienes integran peñas folklóricas por puro amor al pasado (la música folklórica también fue apropiada por el sistema y devuelta integrada a la cultura dominante), o clubes de destreza ecuestre que requieren muchas de las cualidades de los antiguos gauchos, pero cuyos integrantes a veces son citadinos, también amantes de un pasado desaparecido. Un caso distinto tal vez sea el de las “jineteadas”[15], porque se trata de una destreza específica, peligrosa en cierto sentido y que constituye una diversión del pobrerío rural. De manera que como no todos quienes se visten de “gaucho”, son gauchos, podemos terminar diciendo que, como enuncia el refrán: “El hábito no hace al monje”.


[1] Especie de almacenes de ramos generales, distribuidos en lugares estratégicos de la campaña (zona rural), donde los gauchos se reunían a beber o acudían a comprar lo necesario para su subsistencia.

[2] Becco, Horacio Jorge; “Nacimiento de la poesía gauchesca; Bartolomé Hidalgo”, en Historia de la literatura argentina. Buenos Aires, Centro Editor de América latina, 1967. Tomo 1.

[3] Ibidem.

[4] Los conquistadores españoles trajeron a sus mujeres tardíamente. En la etimología ‘huacho’ (guacho) se evidencia que eran la progenie de las mujeres de la tierra, violadas o amancebadas con españoles en el singular mestizaje original del pueblo argentino. La palabra puede tener un doble origen pero la conquista de Brasil a manos de los portugueses fue similar a la del resto de América Latina, con el agregado de que los portugueses ya desde 1530 trajeron esclavos africanos.

[5] Rodríguez Molas, Ricardo: Historia social del gaucho. Buenos Aires, Centro Editor de América Latina, 1982.

[6] Historia social del gaucho. Op. Cit.

[7] Quienes les cortaban los tendones del garrón (de las patas traseras) al ganado, de modo que el animal cayera.

[8] Jinetes que con gran destreza enlazaban al animal elegido por tres de sus patas, así el animal caía y podía ser apresado

[9] La palabra baqueano en la actualidad tiene connotaciones de alguien que tiene mucha habilidad para hacer algo. En su sentido estricto, era gaucho baqueano aquél que podía seguir a alguien o a muchas personas, reconocer por las huellas cuántas eran, apoyar su oído al piso y saber a qué distancia aproximada estaban, además de conocer el terreno en que se movía. Hipotetizo que esta destreza había sido aprendida en las tolderías o de sus familiares aborígenes.

[10] Se les llamó conventillo a las casas de inquilinato con muchas habitaciones y una cocina y un baño común. El patio, también común, daba lugar al encuentro de los diversos dialectos de Italia, con el habla de los españoles, húngaros, rusos, algún que otro inglés, etc.

[11] Historia social del gaucho. Op. Cit.

[12] Se les llama de esta manera a quienes se desplazan por el territorio conforme llegan las épocas de cosecha de fruta o cereales en determinadas regiones y luego vuelven a sus provincias de origen.

[13] La fabricación de alpargatas, calzado de lona con suela de yute comienza en Argentina alrededor de 1880.

[14] Fraga, Rosendo. Diario La Nación. Buenos Aires, 17/7/2004.

[15] Se llama así a falsas domas de caballos redomones y ya acostumbrados al espectáculo, en que un paisano, jinete, monta un caballo que corcovea e intenta mantenerse sobre él durante los minutos designados previamente. La doma real de un caballo o yegua es muy diferente de estos espectáculos camperos.

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