El día de mi nacimiento

El niño aparece al mediodía. La partera, finalizado el cometido, se lo entrega a la madre primeriza. Exhausta, sudorosa, la mujer del zapatero cojo recibe al hijo, hay codicia en esos brazos jóvenes que ya protegen, mientras la brisa del veintiséis de junio enreda con el visillo de la ventana entreabierta. La abuela paterna del recién nacido trata de reconocer en el nieto los rasgos de su benjamín, pretende arrebatárselo a la nuera. «Déjalos tranquilos», se alía la partera con la muchacha de pelo trigueño y ojos claros. La cuarentona —en el agua del balde se va desprendiendo de una sangre que no es suya— aún ignora que en sus manos habrá más sangre ajena en pocos minutos; la del muerto, sentado en un poyo cercano, que la espera por esperar, apuñalada su existencia por el pasado en medio del año mil novecientos cincuenta y cinco.

El muerto ha llegado al poyo del vecino con un brazo sobre el vientre y el otro sobre el pecho. Ya es mayor, pero no tan viejo como el hombre que toma el sol con el cayado entre las piernas y mira más allá del río; más allá del río, la montaña, y en esa ladera, entre castaños, la tolva del pozo minero, el funicular, el castillete. También el cementerio. «Qué vida», reclama el muerto la atención del viejo. «Hueles a mierda», le contesta el viejo mellado, pelón como el niño que está naciendo, sin apartar la vista de algo que quizá sólo ve con los ojos del recuerdo. «Porque me mataron». «Ya tardaban, no te quejes». Sale de casa la esposa del hombre que no está muerto. «¡Qué pasó!». «Nada, que me mataron ahí cerca». «Ya tardaban», insiste el viejo de la boina y de las madreñas y de la mirada fija o errátil. Echa a correr la mujer enlutada, pide ayuda sin saber hacia dónde corre con la premura exigua de una vejez achacosa.

La partera abre la puerta del cuarto, le sonríe al zapatero cojo: «Ya puedes entrar». Al joven zapatero igualmente lo alcanzó el pasado, lo mutiló una bomba de mano de la guerra civil que no explotó durante el conflicto, sino años después; pero él, a diferencia del muerto sentado en el poyo, no ha hecho nada para merecer lo que padece, la carencia de la pierna derecha; no ha obtenido lucro con los maquis, no ha encubierto por dinero a quienes fueron derrotados dos veces, no ha traicionado a continuación, cuando los vencidos doblemente no pudieron pagar alimento y cobijo. El padre contempla al hijo y a la mujer que los días, tras el siseo de la serpiente en la maleza, tras el mordisco canalla de la desdicha sembrada por los hombres, le han regalado. Besa a la mujer, al hijo, y ya está de nuevo en la zapatería cuando la partera se mancha las manos de sangre otra vez. «Esta herida tiene cura», estima. Entonces el muerto le muestra la otra, la que no tiene remedio posible. «Que me pongan el traje con el que me casé».

Deje su comentario

Please enter your comment!
Please enter your name here