Identidad en bragas

Resulta que la vida no es lo que era. O quizá nunca fue y tan solo sea un mal sueño disfrazado de película Disney. Toda una generación aguarda las perdices. Mientras llegan, lo máximo a lo que uno puede aspirar es a llegar a fin de mes. Y vivir, si eso, para cuando las cuentas salgan. El problema es que no salen, el sueño millennial torna pesadilla y la vida, la de verdad, da la cara: las madres parten antes de tiempo, los padres maltratan, los príncipes son chaperos reprimidos y la droga, el único final feliz.

En silencio —porque hablarlo no renta— se recorren a diario verdaderos vía crucis en una generación que, lánguida, se pierde entre crisis existenciales. El nuevo mal endémico, en vías de expansión, es no encontrar lugar en el mundo. Al menos, en este. Y quizá por eso más de uno ansíe irse al otro, cuando no le obligan. Por el camino se entregará a morbos camuflados bajo conflictos no resueltos, amores frustrados por desconocimiento de causa y carencias que se suplen con lujuria y sexo. A menudo no consentido, sino obligado —y, por qué no, necesario—.

Esta es la cruz de Johnny. A veces chico, cuando ama en silencio —y penitencia— al amigo «hetero». A veces chica, cuando travestirse es el único medio para ganarse la vida. Y el cariño. Porque al final lo que Johnny busca y no encuentra, como todos, es el amor. O la aceptación de una madre que no tiene, un padre que le pega y un colega homófobo al que idolatra. La encuentra, a modo de story, en la noche, el cruising, la heroína, la hierba que fuma para apaciguar los golpes y en un camionero, al que solo pide «quiéreme». 

La de Johnny es una huida hacia delante que deja cadáveres a su paso. Una vorágine de excesos para suplir vacíos. El peregrinaje de un analfabeto emocional a la gran ciudad, tierra prometida para marginales que acaban marginados en un callejón oscuro. Johnny es la falsa moneda que, al grito de «yo soy bueno, mamá», se martiriza por ir de mano en mano. Un millennial, entre muchos, que traga y no mastica. Hasta que vomita sobre un pájaro y repara: «Qué sencillo ser un pájaro, solo ser».

Bajo la batuta de Eduard Costa, Víctor Palmero da vida y voz a este monólogo noventero del dramaturgo australiano Stephen House. Narrador, protagonista, vedete y vicetiple, Palmero se lo come él solito. A lo Jekyll y Mr. Hyde, muta sublime entre personajes que convulsionan los hoy cuestionados roles de sexo y género, que acaban relegados a una broma de mal gusto por la verdadera lucha: la del ser. Una performance tragicómica que retrata a una generación que ríe, llora, canta, baila y se queda en bragas.

Se llama Johnny, pero hoy podría ser Diego, Jose o Samuel. Un Cristo millennial que redime un presente donde peligra la propia identidad. Si nos la quitan, ¿qué nos queda?.

JOHNNY CHICO Texto: Stephen House. Dirección: Eduard Costa. Reparto: Víctor Palmero. Teatro Lara, Madrid. Hasta el 28 de agosto.

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