Kore-eda Hirokazu: Todo por la familia

La primera tentación que surge al hablar de Kore-eda Hirokazu es hablar de Ozu. Es innegable que a los dos les une una preocupación especial por la familia, e incluso parecen compartir a veces cierta sensibilidad estética por el ritmo de la trama, que suele deslizarse más que avanzar, como si nada pasara. Es parecido a leer una obra de teatro de Chékhov, en las que el mundo interior y exterior van surgiendo del puro diálogo, sin estridencias ni obviedades. Dicho esto, está claro que son cineastas distintos con preocupaciones distintas.

La preocupación fundamental que atraviesa el cine de Ozu es el paso del tiempo, la relación del presente con el pasado y con el futuro. Esta preocupación se expresa casi siempre a través de  distintos tipos de familias: tradicionales, modernas, nucleares, rotas, con sus vidas corrientes y sus rituales. Bodas y reencuentros son sus momentos favoritos. Desde luego una familia, con las diferentes generaciones que conviven en ella y quiénes la rodean, se presta muy bien a esa condensación del avance del tiempo en un espacio reducido.

Por otro lado, a Kore-eda le interesa menos el efecto del tiempo y más qué es lo que une a las personas y el efecto que tienen unas sobre otras. De ello se desprende que la unidad más conveniente sobre la que observar eso sea la familia. Sin embargo, las familias de Kore-eda son casi siempre aún más desestructuradas que los casos más extremos que encontramos en Ozu. Aunque abunden viudas y viudos, pocas familias separadas hay. En cambio, Kore-eda a menudo investiga entre familias sin padres o familias completamente ‘ficticias’. Ese detalle confluye con otra diferencia: mientras que Ozu no es que no persiga el melodrama, sino de que se lamenta de su exceso, a Kore-eda no le importa indagar en escenarios más forzados, e incluso a veces irreales.

A pesar de todos los puntos en común, es importante pensar en ellos por separado. Hay que tener en cuenta de dónde vienen algunas de las influencias que nutren la trayectoria de Kore-eda, pero también que es sucesor de toda una tradición dentro del cine japonés centrada en el drama social. Familia y sociedad suelen estar estrechamente relacionadas y Kore-eda no es especial en aunarlas, pero desde luego sí que es uno de los que más perfectamente fluida e invisible ha conseguido retratar esa confluencia. Nadie Sabe, Un Asunto de Familia e incluso Hana son los mejores ejemplos, retratando familias rotas o escogidas sometidas a la tensión subyacente de las expectativas sociales, mientras que otras películas como Still Walking, Nuestra Hermana Pequeña o La Verdad se centran en una familia ‘natural’ que intenta seguir unida y aún otras como Distance examinan la relación entre el individuo y la sociedad. En su globalidad, la filmografía de Kore-eda supone un conjunto a veces dispar pero siempre sagaz sobre la profundidad de cada sujeto, atravesadas por un tono agridulce de estoicismo que permite a sus personajes seguir adelante.

Como tantos otros grandes del cine, lo que hace destacar a sus películas, más allá de su buena factura, es la humanidad que imprime a sus personajes. En un entorno familiar, en el que tantos personajes deben interactuar tanto unos con otros, esa calidad sale a relucir aún más. Le ayuda el hecho de recurrir repetidamente a ciertos actores, que terminan por anclar al resto del elenco, que igualmente se encuentra siempre a la altura del drama que les rodea. Es ese paisaje humano el que eleva su mundo y sus tramas hasta la sublimidad de lo cotidiano y verdadero.

Su otro punto fuerte, compartido en general por lo mejor del cine japonés, es su sensibilidad en la gestión del tempo. La pausa en la narración, que convierte la trama en una llana sucesión de meandros, permite apreciar cada evento y giro conforme estos ocurren. Además, le da espacio al trabajo actoral y de personajes para desarrollarse y brillar frente al espectador. En otras palabras, Kore-eda deja que nos seduzcan los personajes, sin querer abrumarnos con datos o con acciones aceleradas y superfluas. Ello hace que nos resulte fácil recordar por lo menos un personaje o incluso un momento concreto de cada película, es decir, nos hace memorable cada película.

Lo mejor en Kore-eda es esa habilidad o quizá intuición de alinear sus temas y sus puntos fuertes en una combinación que intensifica la sinergia entre ellos. No por poco son sus mejores películas y más tiernas las que tienen la familia en su centro. No por casualidad son esas las que fluyen mejor y con las cuales llegamos a conectar más. Esa es la palabra más fundamental a la hora de hablar de Kore-eda: conectar. Si su preocupación principal es cómo conectan entre sí distintas personas, a la hora de ver sus películas es difícil no conectar con los sentimientos y las heridas de los personajes que las encarnan.

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