La despedida (Capítulo 2. Daniela)

Se levantó de la cama, Dorian ya hacía tiempo que no estaba, se había marchado temprano al gimnasio para posteriormente encerrarse en su despacho a escribir. Sintió que algo le indicaba que había llegado la hora. Desde que comenzó a cuestionárselo todo no alcanzaba llegar a un estado en el que no predominara la tristeza. Cada vez se sentía más infeliz y crecía en ella un sentimiento de derrota ante el fin que aventuraba como próximo, no un fin cualquiera, ella creía que el final de la humanidad y del planeta estaba cerca. Nada le hacía olvidar los grandes problemas del mundo, el color había desaparecido de su vida. Se mostraba fuerte y se autocensuraba cuando pasaba tiempo junto a Dorian, esos momentos hacían que su sufrimiento fuera más leve, más llevadero. Cuando él no estaba sus diálogos consigo misma o sus monólogos pesimistas eran especialmente francos y la llevaban a un estado de incomodidad tal que necesitaba sentirse insignificante.

La noche en la que todo terminó para ella, había recibido una noticia horrible, quizás la peor que podía esperar, junto a sobrevivir a Dorian o despedirse de Gofre. Guardó el secreto hasta sentirse lo suficientemente preparada para contárselo a su pareja. No podía conciliar el sueño, solo podía ver el futuro desde un prisma pragmático y oscuro, llegados un punto no apreciaba a imaginar nada. Un vacío, espesor negro, frío y muy lejos de alguna forma de vida. Se incorporó de la cama y observó el cuerpo desnudo de Dorian, besó su cabeza, él dormía. Caminó hacia la cama de Gofre y se agachó para acariciar su crisma. Cubrió su cuerpo con una bata y caminó hacia la biblioteca. Encendió la luz y allí estuvo unas cuantas horas.

La luz del amanecer se colaba por el ventanal de la biblioteca. Daniela abandonó la habitación, calzó sus pies y tomó las llaves del coche. Volvió al dormitorio y desde la puerta y con lágrimas en los ojos observó durante unos instantes como Dorian dormía plácidamente. Salió de la vivienda y bajó corriendo las escaleras hasta la cochera.

Comenzaba a amanecer, algunas nubes tapaban los rayos de sol y regalaban un cielo brillante y espectral al mismo tiempo. El antiguo coche de Daniela o la máquina del diablo contaminadora como lo llamaba ella iba a realizar su último viaje. Pisó el acelerador con mucha fuerza y no hizo una curva de aquella carretera construida entre precipicios. El vehículo dio varias vueltas antes de impactar contra unas rocas. Daniela se había desabrochado el cinturón de seguridad justo antes de abandonar la carretera. Su cuerpo atravesó el cristal y se golpeó contra el tronco de un árbol para luego caer sobre la hierba. Algo le había atravesado un pecho y notaba humedad. Cuando intentó mirarse el dolor era intenso, pudo ver una rama que había roto su ropa y atravesaba su cuerpo. Tenía un ojo lleno de sangre y un zumbido distorsionaba el sonido del coche, que ahora era un amasijo de metal. Notaba como su corazón se apagaba, su latido se había vuelto violentamente intenso.

Había algo en los matorrales, el sol iluminaba las frondosas briznas. Algo avanzaba hacia la chica, moviendo la espesura verde. Daniela sentía como si el corazón fuera a abandonar su cuerpo, le costaba mucho respirar y a pesar del bonito y luminoso día que estaba comenzando lo veía todo muy oscuro. Cuando lo vio, no podía creerlo. Pensó que sería un tipo de alucinación previa a la muerte. El sabor a sangre la hizo recordar el poco tiempo del que disponía. La criatura parecía saberlo y se aproximó sin vacilar. La miró con unos enormes ojos cargados de expresión. Daniela leyó compasión en la mirada del extraño ser, que alargó un brazo esquelético al tiempo que ella extendía el suyo. Sus manos conectaron, su piel era rugosa en los dedos y muy suave en la palma. Algo aún más sorprendente ocurrió: el amor que sentía por Dorian había aumentado considerablemente debido a todos esos momentos especiales y únicos que habían vivido juntos y sintió como la criatura tuvo acceso a todos ellos. -Te quiero y siempre te querré -dijeron los dos al unísono. Después Daniela cerró los ojos y nunca más volvería a abrirlos, su final había llegado.

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