La elegía romántica de Philip Roth

Klassich ist das Gesunde, Romantisch das Kranke. Si Goethe afirmaba que lo clásico es la salud y lo romántico la enfermedad, Roth lo dictamina: su prosa regada de enfermedad y muerte repasa toda la temática romántica de principio a fin. Su protagonista mediante, narra el declive de un hombre condenado desde el principio: abre con su propio entierro, pronto da paso a memorias infantiles donde la enfermedad y la muerte lo asaltan de muy cerca, y salvo ciertas páginas impregnadas de cierto modernismo al relatar sus historias amorosas y sexuales, vuelve al cementerio, vuelve al hospital, y el bucle en el que se codea con la parca parece infinito.

Si consideramos que en el centro del romanticismo -en su eje principal- se halla el problema de las relaciones entre lo finito y lo infinito, Roth pone de manifiesto la severidad de esta afirmación. Qué lucha más incesante mantiene el personaje principal desde niño, huyendo de la muerte y a la vez deseándola, observando la vida y oliendo la muerte en contraposición.

No solo es la muerte: es todo lo que la rodea de manera sádica, pero a la vez romántica. Es la contextualización del hecho de que todos vamos a morir, e igual que haría la literatura del romanticismo, Roth no huye de tópicos: el correlato objetivo se reproduce con imágenes poéticas – su manifestación más fuerte en las sucesivas imágenes de cementerios algo siniestros – para dotar al texto, a la temática, de un adorno salvaje y lúgubre.

Temáticamente, por tanto, encontramos ciertos paralelismos con los objetos y sujetos románticos más manidos: Comencemos por la vejez, tema que antecede a la muerte y que está presente en gran parte de la obra. “La vejez no es una batalla, la vejez es una masacre”, nos dice el narrador omnisciente en un punto de la obra. Qué sentencia más romántica, el personaje condenado a un destino fatal donde sólo puede perder. Tal vez el lector se plantee que en el drama romántico el personaje ansía ese destino fatal que le va a librar de la crueldad de la existencia. El artista romántico busca un ideal que choca con una realidad insatisfactoria. Ello le produce un sentimiento de desengaño que se traduce en una visión pesimista y angustiada de la existencia. En Elegía encontramos una lucha, una batalla constante en que el narrador ama y odia la vida a la misma vez: ama la vida que pudo tener y no tuvo – como ama la vida de su hermano y de su hija-pero odia la vida en que se ha convertido la suya propia. Podemos enlazar esto fácilmente con el tema del suicidio: presente en el ideal romántico, ya no siempre en la obra sino en la misma vida y existencia de los autores románticos, considerado como solución o evasiva de la realidad, hay un pasaje de Elegía que bien podría titularse Diatribas sobre el suicidio. Entre las muchas experiencias mortíferas que se describenen la obra, Roth, el personaje y el narrador quieren dedicar parte de la obra a preguntarse – ya que el pasaje está narrado en forma de varias preguntas concatenadas-si el suicidio puede ser una opción: “Pero, ¿Cómo elige uno voluntariamente abandonar nuestra plenitud por esa nada interminable?”. Irremediablemente este pasaje me trae a la mente el durísimo artículo La nochebuena de 1836 de Larra, manifiesto donde también se pregunta sobre la posibilidad de infligirse la muerte, y que es sin duda un preludio a lo que ocurriría después. Pero en este caso el protagonista de Elegía se pone a salvo de sí mismo pensando en sus seres queridos.

No sólo es el qué; es el dónde y el cómo. Elegía está llena de camas de hospital, de cementerios ruinosos, de mares eternos donde el protagonista nada rodeado por la inmensidad del océano. La naturaleza inquietante del romanticismo muestra tétricas imágenes que en Elegía se convierten en sórdidas. Lo que allí era misterioso aquí es dolorosamente real, lo que allí era siniestro aquí es ferozmente vital. Sin embargo Roth usa ese correlato romanticista durante toda la novela; si bien el efecto que crea en el lector es el de un hiperrealismo sucio, oscuro, pero con el que cualquiera puede identificarse.

El lenguaje de la obra es pura acción. Roth condensa su obra en 150 páginas que transforman el pensamiento en imagen, las palabras suprimen la importancia del Yo como sujeto para convertirlo en un continuo flujo de conciencia que hace que el personaje- sin nombre- pueda ser cualquiera, incluso uno mismo.

El tono condenatorio de la obra, la poca piedad que muestra el narrador con el personaje, incluso el autor con el narrador, va conformando la estructura de la novela. Desafiando el orden cronológico, Roth convierte su obra en el último aliento de un hombre: en la creencia pre romántica de que la vida de un hombre pasa por delante de

sus ojos en el momento que va a morir. Descuida Roth la armonía y la belleza propias del Renacimiento, las moderniza para que el más cotidiano de los dramas se vehícule a través del lenguaje más básico e impacte en el lector como una bala perdida: bala que se recupera al tomar conciencia de lo que ocurre y ocurrirá en cualquier vida. ¿Transforma lo bello en siniestro, o transforma lo siniestro en bello?

Esta pregunta conduce al lector a una última cuestión, eje del romanticismo y quizá también eje de la novela: el proceso de lo sublime. En primer lugar, la grandiosidad de la novela como vehículo de una temática profunda e inexpugnable como es el dueto vida-muerte. Toma consciencia de lo ilimitado en contraposición con lo limitado: sus relaciones humanas, su cuerpo, su vejez… A su vez esto empalma con el sentimiento de dolor que se va filtrando a través de cada una de las páginas según se avanza en la obra (y en la vida del personaje). Éste va tomando consciencia de su insignificancia de manera gradual: ya desde niño cuando está en el hospital observa la futilidad de la existencia, y esta sensación se va prolongando según va haciéndose adulto. Todo el universo que le rodea, toda la vida que vive se torna insignificante hacia el final (o principio) de la obra. Es una culminación de lo sublime de principio a fin, o de fin a principio: la estructura circular de la obra refleja un continuo tránsito entre lo infinito y lo finito, un acaecer de la vida que uno vive que persigue un algo que a menudo no conoce, que culmina en lo sublime, que a menudo es la propia muerte.

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