La fenomenología sartriana en la obra de Louise Bonnet

Absurdos. Perturbadores. Enfatizadores de lo tétrico en lo cotidiano.  Estos son algunos de los adjetivos usualmente empleados para describir la serie de cuadros que la artista suiza Louise Bonnet concibió durante la cuarentena como ´escenas de una película´, cuya presencia ambigua cumple, en parte, el propósito de incitar a la audiencia a imaginarse posibles pasados y futuros que infundan sentido a la escena.

En tal motivación creativa de la autora, se deja entrever ya su concepción del tiempo como base sobre la que se apoya nuestra percepción y entendimiento de la realidad. De hecho, la serie de cuadros, exhibida recientemente en las galerías Gagosian de Nueva York y de Los Ángeles, está recogida bajo el título de ´Las horas´ en referencia a manuscritos medievales como el de Très Riches Heures du Duc de Berry (c. 1412–16) que funcionaban como planificadores del tiempo mediante la representación de oraciones diarias y actividades estacionales. Este interés de Bonnet por la plegaria diaria se debe a su capacidad de aportar ese sentido de orden y de temporalidad que a muchos se nos perdió durante la cuarentena. La plegaria como ejemplo de hábito o ritual que, al estructurar nuestros días, consigue liberarnos del caos y de la incomprensión subyacentes en toda experiencia humana. Así pues, su decisión de representar escenas cotidianas de forma dramática y hasta absurda, se puede interpretar como un intento- si bien fallido- de descubrir una posibilidad redentora en tales hábitos. De hecho, Bonnet afirma que los trípticos medievales y renacentistas de temática cristiana son una gran influencia en su obra.

No obstante, ´la purificación a través del hábito´ es tan sólo una de las posibles interpretaciones de su obra. Existe otra interesante lectura basada en la fenomenología y el existencialismo de Sartre que logra explicar esa sensación de absurdo que la impregna, donde la comprensión de los conceptos ´ser- en-sí, ´ser-para-sí´ y ´ vivir en la mala fe´ es imprescindible.

El existencialismo de Sartre se fundamenta sobre una distinción fenomenológica entre dos diferentes ´formas de ser en el mundo´. Por un lado, el ´ser-en- sí´, un ser macizo y estático atribuible a todas las cosas y objetos del mundo. Por otro, ´el ser-para-sí´, una forma de ser exclusivamente vivida por las personas debido a nuestra condición de seres conscientes. La conciencia humana, aquel espacio congénito al ´ser-para-sí´, es definida por Sartre como ´pura intencionalidad´ por su capacidad de identificarse y relacionarse con un ´algo exterior y ajeno´. El sujeto no se constituye como sujeto hasta que no experimenta una realidad, sobre la que proyecta expectativas y, a la que atribuye un significado de forma variable. Es esta variabilidad, intrínseca a nuestra forma de relacionarlos y otorgar sentido al mundo, lo que nos hace seres radicalmente libres, y consecuentemente, enteramente responsables de nuestras acciones. Sartre se refiere a esta capacidad de ´ser-para-sí´ como una confrontación de ´la nada´ constante, la condición humana de poder ´ver una realidad agujereada´ y por eso, repleta de posibilidades de cambio. No obstante, su diagnóstico de la realidad y de los seres humanos- como seres intencionales, radicalmente libres y responsables construyendo sobre el absurdo- viene acompañado de una observación crítica que subraya la tendencia de las personas a autoengañarse, a convencerse de que el hombre experimenta una realidad determinada y estática, propia del ´ser- en- sí ´. ´Vivir en mala fe´ es la expresión acuñada por Sartre para referirse a la actitud de esas personas que, negando su capacidad de ´ser-para-sí que los condena a ser libres, se convencen de que los roles que llevan a cabo (el de madre, el de camarero, etc.) son aspectos determinados e inamovibles de sus vidas, como si formaran un ´ser- en- sí´. Sartre recalca que es el vivir en una sociedad que nos exige continuidad en nuestros roles y patrones de comportamiento lo que nos alienta a identificarnos de forma estática y absoluta con tales representaciones. Así pues, uno puede preguntarse: ¿En qué lugar queda la identidad humana cuando dejamos de representar ante la sociedad, cuando nos aislamos como lo hemos hecho durante la pandemia?.

La hipotética respuesta de Sartre debe ser desasociada del pesimismo que normalmente se le atribuye. Sartre, en su ensayo ´El existencialismo es humanismo´, reivindica la motivación creadora que debe seguir a la aparente lúgubre revelación de que el mundo carece de sentido por sí mismo y somos nosotros los responsables en dárselo.

Por otro lado, la respuesta de Bonnet es claramente fatalista. La pintora suiza representa de forma entre tétrica y absurda ese momento en el que, limitados a la contemplación de las paredes de nuestra casa, nos damos cuenta de que nuestro previo sentido de identidad no es nada más que una ficción moldeada por la mirada del otro y que lo único que verdaderamente tenemos es nuestra confrontación con ´la nada´ y una libertad y responsabilidad insoportables. La misma confrontación con el vacío que para Sartre es el origen de la construcción de la humanidad, para Bonnet no es nada más que el inicio de una acción que, mezclando lo absurdo y lo banal, resulta terrorífica. Un intento fallido y ridículo de hallar sentido en el hábito, el ritual o el tiempo tras haber sido privados de nuestras interacciones usuales.

En sus cuadros, los personajes de aspecto monstruoso cobran un carácter tragicómico al llevar a cabo acciones cotidianas, tan esencialmente banales e inocuas como cortar una patata, beber un vaso de agua o dormir, de forma dramática. Tal dramatismo está ilustrado en el gran chorro de sangre que emana del dedo, lo exageradamente grande que son las manos y los pies y las narices que se afanan por alcanzar objetos, y esa iluminación de claroscuro que recae sobre el protagonista como las luces de un teatro. Es como si con estas elecciones estilísticas la autora quisiera imbuir a tales escenas con relevancia, enfatizar lo crucial que es la confusión y hasta la incomodidad que nos invade al visualizarlas e invitarnos a desvelar sus verdades ocultas. En búsqueda de una respuesta, uno recae en la ausencia de ojos y la contrasta con el énfasis puesto en otras partes del cuerpo (narices, manos, pies…). Si uno interpreta la mirada como puerta a la interpretación del mundo y por ende sinónimo de esa conciencia que según Sartre hace libre al hombre, el absurdo inherente a las escenas queda explicado. Privados de conciencia, de toda capacidad interpretativa, no son capaces de infundir significado a las cosas, ni a ellos mismos, más allá de su fisicalidad bruta.

Consecuentemente, el mundo se les presenta de forma maciza, plena, sin agujeros- algo reflejado en estilo plástico y voluminoso de Bonnet – siendo éstas todas las características propias del ´ser- en-sí´ sartriano.  En una realidad así, el afán desesperado de practicar rituales y hábitos en búsqueda de sentido tan sólo puede conducir a una inescapable sensación de impotencia y ridículo.

 ¿Qué aspectos de nuestra sociedad contemporánea nos abocan a esta forma automática y animalística de vivir, que según parece insinuar Bonnet, durante el aislamiento por primera vez confrontamos? ¿El tecno-capitalismo? ¿Una cultura basada en el consumo y la manipulación ideológica?  ¿La muerte del pensar filosófico?. Bonnet nos alienta a una reflexión colectiva.

Bibliografía: 

Sartre, Sartre: Basic Writings (Priest ed., Routledge 2001), pp.191-197, 204-220, 221-243 [Intro to and extracts from Being and Nothingness].

Sartre, ‘Existentialism is a Humanism’, Public Lecture 1945. The Keats version is from Existentialism from Dostoyevsky to Sartre, ed. Walter Kaufman, Meridian Publishing Company, 1989; the text is widely reprinted.

Imagen:

Deje su comentario

Please enter your comment!
Please enter your name here