El pardejón. La novela de Fructuoso Rivera

La nueva novela histórica de Jorge Chagas

En la historia de muchos países, pocas cosas suelen ser tan polémicas como las figuras fundacionales. Es el caso de Uruguay, una república bastante despoblada, pero con una historia muy rica y añeja, que se apresta a celebrar en poco tiempo, su bicentenario.

Desde su historia de país soberano, ninguna figura ha despertado tanta polémica, como su primer presidente, el Gral. Fructuoso Rivera. Es que, efectivamente, dependiendo desde qué época de su vida se lo aprecie, podrá ser admirado u odiado con la misma intensidad, pero una valoración enteramente positiva de su vida, solo queda reservada a los más fanáticos, que nunca faltan ni suelen ser pocos.

Este primer Presidente de la República Oriental del Uruguay, fue, en esa era caudillista, el más carismático de los caudillos, forjado en dos décadas de batallas. Hablar de Rivera es hablar de un líder popular que despertaba la más incomprensible admiración entre las masas rurales, que llegaron a venerarlo como un dios viviente. Un general astuto, autor de extraordinarios triunfos bélicos. Una figura política ineludible, a la hora de concretar acuerdos viables. Pero también, es el intrigante, el ambicioso, el autoritario, el que acordó con todos y a todos traicionó.

Al año de iniciar su gobierno, orquestó un genocidio de indios charrúas, con una frialdad y eficacia, dignas de admiración por todos los que antes y después, intentaron lo mismo, en cualquier otro rincón de las Américas. Finalizado su gobierno, intentó y finalmente logró, un golpe de Estado, que dio origen a la primera guerra fratricida de la flamante y vulnerable república, que luego se regionalizó y posteriormente se internacionalizó, en una Guerra Grande que duró trece años (1839 – 1852).

Y a pesar de sus desaciertos y el desprestigio de sus últimos años, siguió siendo un hombre extraordinariamente popular, especialmente entre la soldadesca y el pobrerío rural, que acompañó sus despojos hasta la capital en una procesión macabra.

Muerto en la campaña, Montevideo ordenó trasladar sus restos para darle honras fúnebres. Pero, apartado de una vía fluvial que acortara el trayecto, se lo trasladó por tierra a paso lento, donde se fueron sumando las multitudes de desarrapados que lo idolatraban

A la lentitud del traslado, había que sumar el calor del verano, con lo que hubo que improvisar una idea para la conservación del cadáver del general y no se les ocurrió mejor idea a las autoridades encargadas del traslado, que introducirlo en un barril de caña.

Pero, para las masas de fanáticos que se sumaban al cortejo fúnebre, lo que se trasladaba era los despojos de una deidad que continuaba irradiando sacra energía, de manera que la caña del barril fue el vital elemento que sació la sed y llenó a los locos espíritus de aquellos gauchos encandilados por el recuerdo de su caudillo.

Apenas se había traspasado la mitad del siglo XIX. En tiempos de insistente antítesis retórica entre la civilización y la barbarie, la llegada a la capital de aquella procesión delirante de una masa rural embriagadas por la nostalgia y la caña que extraían del barril, aquel espectáculo, no pudo ser para los “doctores” capitalinos más que una confirmación de su mirada positivista, la cual clamaba por la imposición del orden urbano sobre el rural.          

¿Qué más se necesitaba para escribir una novela histórica con todos los componentes de la seducción narrativa? Más, tratándose de un país como Uruguay, donde la novela histórica cuenta con excelentes referentes.

Pero, la figura de Rivera, ha permanecido por mucho tiempo en la categoría de tabú. No era de extrañarse, tratándose del hombre al que se le atribuye el origen fundacional del Partido Colorado, colectividad política que más tiempo se atornilló al poder y, por tanto, más tiempo ha elaborado una versión oficial de la Historia Nacional, con todo lo que de rebusque apologético y ocultación de datos, puede imaginarse.

La historiografía uruguaya sigue dividida ante esta imponente figura que aún muestra mucha tela que cortar. A esta altura, algunas miradas académicas reivindicativas resultan claramente infantiles. No menos caprichosas a veces, parecen las detracciones. Pero, una mirada madura y global que enfoque al hombre en su tiempo, todavía parece hacerse esperar.    

Por eso, era lógico que, como en tantos otros temas, el aporte de la novela, más sensible y clarificador, llegara a buena hora. Y lo hace por la puerta grande, con la entrega de Jorge Chagas, indudablemente, uno de los mejores novelistas históricos del Uruguay.

Con una prosa atrapante, enfocada con inteligencia, en los momentos del cortejo fúnebre, donde el espíritu del general difunto dialoga con uno de los soldados de su escolta, Chagas, repasa los años del pícaro caudillo en una narración retrospectiva y dialógica, cuyo efecto es tan divertido como esclarecedor.  Y cómo era de esperarse, el más erizante de los capítulos, es aquel en el cual, Rivera repasa y justifica la matanza de indios charrúas, que no fue (vale aclararlo) fruto de una campaña militar sino de un inescrupuloso plan de engaño.

El pardejón, una novela breve, amena y necesaria. La nueva obra de Jorge Chagas, donde el autor, como nos tiene acostumbrados, dice lo que hay que decir, exento de la retórica panfletaria que tanto ha saturado y dañado a nuestra historiografía.

Otra acertada producción de la editorial Fin de Siglo.

Jorge Chagas es politólogo con una maestría en Histórica Política. Su producción literaria abarca más de una docena de obras, entre ensayos históricos (en sociedad con Gustavo Trullen) y novelas históricas, muchas de las cuales, han sido adaptadas a musicales. 

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