Narrar en corto

Desde hace no poco tiempo, el cortometraje es considerado como un formato menor. Un primer paso, un paso transitorio, un camino al largometraje y ahora, en tiempos de la era dorada de la televisión y sus formatos, a la serie o miniserie. La afirmación no deja de tener sus fundamentos. Por razones obvias, el formato permite materializar los resultados del aprendizaje. Son las escuelas de cine, sus alumnos y los creadores amateurs quienes echan mano del cortometraje con avidez buscando atrapar el milagro de contar historias. Materializar el aprendizaje de la enseñanza impartida.

El cortometraje sin embargo ha demostrado desde el minuto uno del cine su capacidad para narrar. Cierto es que entonces, aquél “extenso” minuto de Llegada del tren a la estación de La Ciotat (1896) de Auguste y Louis Lumiere constituía en sí mismo un largometraje, el primero de todos conocido. En retrospectiva, la primera década de la historia del Cine (y un tanto más) reúne relatos en corto donde ese “limitado” metraje es uno de sus mejores aliados.

Pensemos en films como La ejecución de María Reina de Escocia (1895) de Alfred Clark; o El beso en el túnel (1899) de George Albert Smith; el inquietante Asalto y robo al tren (1903) de Edwin S. Porter, el corrosivo Las consecuencias del feminismo (1906) de Alice Guy o el profético El hotel eléctrico (1909) de Segundo de Chomón. Del cine histórico, al drama y la comedia romántica o la ciencia ficción; ya entonces el cine había conseguido una autonomía narrativa que abriría el camino para las demandas económicas e industriales que estaban por venir.

SPROTCH (Bélgica, 2020) de Xavier Serón

Como el cuento, el cortometraje es un formato narrativo que admite cualquier género o historia. Pero se trata de historias que huyen del terreno de las anécdotas,  las ocurrencias o la idea germinal. Philip K. Dick describía las diferencias entre el cuento y la novela con notable claridad: El primero habla sobre el crimen, la segunda sobre el criminal. Esta máxima es traspasable al corto y el largometraje. Es una diferencia contundente y medular a la hora de estructurar la materia narrativa. Inclusive de valorar cuándo una idea funciona mejor en un corto que en un largo. Madre (1917), el laureado cortometraje de Rodrigo Sorogoyen no sólo es más eficiente, sino que permite al espectador empatizar con el miedo y desesperación de la protagonista. Sin embargo, su versión extendida –y homónima-, Madre (2019) diluye el impacto para sumergirse en un viaje errático que más pronto que tarde pierde al espectador, entendiendo que ya no hay más que decir.

En contraste, Pedro Almodóvar rodó y estrenó su adaptación de la obra original de Jean Cocteau: La voz humana (2020) en unos estrictos 30 minutos. Mucho antes, en el marco del tríptico Eros (2004), Wong Kar-Wai presentó su segmento The Hand. Un film memorable que dejó en paños menores a sus otros compañeros de proyecto: Michelangelo Anonioni y Steven Soderbergh.

Wong Kar-Wai resume en aproximadamente 40 minutos, una historia de amor, subyugación y fidelidad que transcurre durante varias décadas. Sin embargo, el tiempo sucumbe al hilo de la memoria que traza el realizador a través de la fragmentación del recuerdo y del invalorable recurso de la elipsis.

A lo largo de estos años, el visionado de cortometrajes sea por labores periodísticas, críticas, como jurado o seleccionador en festivales, permite en una primera reflexión valorar quiénes están más cerca de aprovechar las bondades del formato. Los documentalistas y los animadores parecen sentirse cómodos en esa longitud. Como Chris Marker o Alain Resnais, los primeros son capaces de urdir textos (audiovisuales) capaces de generar obras que no requieren extenderse en el tiempo para llegar al espectador, para quedarse grabadas en su memoria.

La animación hace gala de su capacidad narrativa e inventiva. Su universo le permite saltarse las reglas de la acción real para crear historias cada vez más retadoras en apretados metrajes.

La acción real sin embargo, es proclive al extravío o al relato insustancial. A la idea sin mayor desarrollo.

En los últimos años, los temas orbitan en el espacio reivindicativo y militante. La violencia machista y de género, la inmigración, el racismo, la ecología y el medio ambiente. Los excesos del poder y el caos global. Puede que en cierto modo sean los tiempos de siempre, pero con el tamiz de la recién transcurrida era Trump, el impacto de las redes sociales y las consecuencias de las guerras y el renacimiento del terrorismo que han marcado las primeras dos décadas del siglo XXI. También, con más frecuencia de la necesaria, historias derivadas de la Covid-19. Podría decirse que hay un afán por decir, no por contar. Aún así, una vez más los documentales y la animación salen ganando.

Héloíse (España, 2021, 14min) de Floreal Peleato Sellas narra la historia de una mujer, desaparecida en Haití durante 1957. La Héloíse del título realiza en el recuerdo de una narradora, un viaje que va de Argelia a Francia y a su inesperada desaparición. Peleato Sellas echa mano de imágenes documentales para hilar una historia que no elude el contexto de lo real frente a un misterio sin resolver.

FINIS TERRAE (USA, 2020) de Tomaso Frangini

En One More Life (España, 2021, 16min), Daniele Ragusa Monsoriu sigue a un taxista en sus viajes urbanos y noctámbulos mientras asistimos a un viaje interior frente a un inesperado revés en su camino vital. A modo de road movie introspectiva, el film no puede ser más emocionante y sobrecogedor.

Salvaje (España, 2021) de Raúl González es una mirada a un mundo que este mundo parece borrar a toda velocidad. Un mundo donde el campo deja de ser la periferia para convertirse en el único lugar posible.  La Betizú, una vaca salvaje es la metáfora de una vida comprometida pero también plácida.

Vestalia (Venezuela, 2021) de Daniel Paz es una aproximación fascinante a un personaje que se deja ver frente a la cámara, sólo ella, en diálogo permanente con el espectador sin nadie más.

En El Intronauta (Colombia, 2020), cortometraje animado de José Arboleda, el caos contemporáneo lleva al personaje a bucear también en su mundo interior. El resultado es una pieza vigorosa, divertida y asombrosa en su filigrana.

Huyendo de las generalidades, desde luego, la ficción de acción real también consigue domar obras relevantes y entrañables: Where the silences passes (España, 2020) de Sandra Romero explora las distancias entre dos amigos, amantes en un breve reencuentro. A ninguna parte (España, 2020)  de Manu Enrique habla del desasosiego y el miedo en una vida suspendida por un instante. Sprotch (Bélgica, 2020) de Xavier Seron es un oscuro y divertido retrato sobre un crimen probable. On hearts on castles (España, 2020) de Rubén Navarro consigue alejar por un breve momento la soledad y el duelo de las rupturas. Finis Terrae de (USA, 2020) de Tommaso Frangini nos sumerge en la pérdida y el suicidio. Ferine (Italia, 2019) de Andrea Corsini presenta un pavoroso retrato del canibalismo. El chico del tren (España, 2020) de Diego Sabanés es un drama romántico que nos sobrecoge. Toda una vida condensada en un encuentro. El perro (España, 2020) de Daniel Cortázar nos habla sobre los valores éticos. Timo´s Winter (Italia, 2020)  de Giulio Mastromauro es un hermoso y doloroso relato sobre la pérdida. Finalmente, -podríamos seguir, pero…-, On My Way (Bélgica,  2020) de Sonam Larcin habla de la solidaridad a través del encuentro de un inmigrante nigeriano y un joven gay en la periferia del campo.

TIMO´S WINTER (Italia, 2020) de Giulio Mastromauro
WHERE THE SILENCES PASSES (España, 2020) de Sandra Romero

Todas las anteriores son obras recientes que no desestiman el poder y las posibilidades del cortometraje. Consiguen fascinar y ser consideradas como un film, una obra acabada en toda regla. No queriendo ser un teaser para un largometraje futuro, ni solo un ejercicio virtuoso, sino un relato en corto que se hace grande en el espectador.

El cortometraje es una oportunidad, un formato que debe ser valorado; todavía más en tiempos en los que todo contenido parece ser reclamado por los espacios de exhibición: salas, festivales, plataformas, servicios de AVOD o SVOD y todo lugar que sea una pantalla. En las plataformas de aquí y de allá cada vez hay más espacios, potenciando su venta y distribución. Si la Covid-19 hundió Qubi, el experimento de Jeffrey Katzenberg destinado al consumo de contenido audiovisual en corto (una idea que debería ser retomado); también permitió que los festivales de cortometrajes tuvieran más pantallas que en el cine. La Covid-19 también fue protagonista de cortometrajes que directores reconocidos nos presentaron. Esos experimentos así como las series episódicas sin continuidad (Black Mirror, Lore…) o mucho del contenido audiovisual que se consume en YouTube, también asoman al espectador posibilidades que le permiten valorar ese formato como algo relevante.

EL CHICO DEL TREN de Diego Sabanés:

Deje su comentario

Please enter your comment!
Please enter your name here