Ruidos de vida

Algo escribía yo no hace mucho sobre un niño sudamericano con tristeza en la mirada, tan sinceros e insobornables los ojos como el transcurso del tiempo en los relojes puntuales (pretendemos olvidarnos de que tenemos una fecha de caducidad ineludible pero inventamos recordatorios cada vez más perfectos, cronómetros de una precisión absoluta). Me mira con tristeza en la primera fotografía que tengo de él. Para engañarme, para aliviar mi propia aflicción, algún fotógrafo le compró una sonrisa —los labios, a diferencia de los ojos, sí saben mentir, corruptas las bocas por tantas palabras embusteras como circulan por la vía principal de comunicación entre nosotros— antes de tomarle la nueva instantánea que ya obra en mi poder, pero incluso es leve esa sonrisa, pequeño el embuste. También contaba yo que en la mirada de ese niño con nombre pero aquí sin nombre (al ser anónimo representa mejor, en mi opinión, a los millones de infantes desamparados que nos acusan no con la boca, sino con los ojos) advertía igualmente temor, un miedo que las dinamitas volantes de nuestras fiestas asturianas podían alimentar, debido a lo cual solo le hablaría de la música de las orquestas, de los caballitos…

El niño sin nombre, tan repetido y repartido por el planeta, aunque ahora estemos en una selva sudamericana, no podía dar ni un paso, afectado por una enfermedad neurológica además de famélico.

El caso fue que, con la ayuda de un samaritano español y con el dinero que al crío le mandamos entre unos cuantos para que lo tratara un cirujano, nuestro niño echó a andar. Y corrió.

Tras la intervención del médico tan famoso como caro, nuestro niño, de regreso en la aldea, sin necesidad de caminar con las manos pues ya le funcionaban los pies, pensaría algo así: «Ahora no tengo hambre, pero mañana, ¿quién me dará de comer mañana, cuando esos señores del teléfono, que me cuentan cosas rarísimas de su tierra, tengan hijos propios o la diñen como la diñaron mis padres?». No, cómo iba a pensar eso un crío. Quizá se preguntó únicamente: «¿Qué habrá allí, más allá del horizonte?». El caso fue que ni el samaritano pudo alcanzar al chavalín.

Quiero dejar claro que la fuga no la inspiraron nuestras dinamitas volantes ni nuestros fuegos artificiales: de los voladores no le hablé; sí le hablé de los colores de los fuegos, pero omití el asunto de las explosiones, del ruido de la traca final, de esos bombardeos inversos no bélicos, sino festivos, llenos de colores silenciosos para ese niño que regresó sano y salvo a la aldea cuando el hambre seguramente le recordó: «Qué hambre tengo».

«Allí, más allá del horizonte, están tus padrinos», le ha contado al niño el samaritano, ese buen hombre empeñado en que el crío nos conozca. «Para Asturias voy con él de visita en cuanto pueda», nos anunció el otro día.

El problema serán nuestros voladores. Aunque, cuando nos conozca el crío y vea que esos señores del teléfono somos personas más o menos normales (un poco descoloridas por el clima, eso sí), le hablaré de que hay ruidos de muerte y ruidos de vida.

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