Soy un privilegiado

Alguien me dijo una vez que me iría bien en la vida. En el ambiente distendido en el que escuché esas palabras, fácilmente, me las podría haber tomado como una broma. Pero me marcaron profundamente. Yo pregunté por qué, si, como todos, estoy en este perro mundo y tengo las mismas oportunidades tanto de tener suerte como de perderla absolutamente. Me contestó que no. Me dijo que a mí me iría bien en la vida porque soy un hombre blanco, con posibilidades económicas y heterosexual. Mi primera reacción fue reírme en señal de apreciación del comentario. Esa máxima sobrevoló las cabezas de todos los presentes, nadie reparó demasiado en ellas, por todos fueron asumidas y, luego, se esfumaron. Y la conversación siguió girando por otros derroteros. Pero yo las guardaré para siempre.

En mí han permanecido desde entonces. Traté de entenderlas en aquel momento tras soltar esa risotada bobalicona y quedarme apartado de la conversación unos instantes. ¿Conocéis la sensación? Es como cuando tienes una conversación con alguien sobre el universo. O simplemente estás contemplando las estrellas. Por un momento, tus pensamientos se disparan hacia la eternidad y, de pronto, eres consciente del espacio que abarca el universo. Te das cuenta de la gran inmensidad que te rodea y que te hace ser consciente de lo insignificante que eres. No solo te das cuenta de tu insignificancia, sino también de cada gramo de roca presente en el universo. De todas esas vidas y no vidas que están y son, igual que tú, y ocupan un espacio en el tiempo.

Feo, fuerte y formal, como dijo John Wayne en alguna ocasión. Yo era y soy hombre blanco, con dinero y heterosexual. No solo somos eso, por supuesto. Es inhumano categorizar de esa manera, pero desde una perspectiva más sencilla, digamos desde un modelo social acotado, soy eso y solo eso. Y eso me hizo darme cuenta de que soy un privilegiado. ¿Por qué?

Como mirar las estrellas

Porque el mundo aún sigue diseñado para que gente como yo tenga éxito. Porque el mundo sigue marginando a las personas que no cumplen esos requisitos. Porque nunca llegaré a sentir el dolor que llega a sentir una mujer al tener el periodo. Porque nunca llegaré a sufrir por mi propia persona, por mi ser, por haber nacido en el cuerpo equivocado. Porque nunca seré discriminado por mi color de piel. Porque mi amor nunca será prohibido. Porque la gente que dirige el mundo tiene más que ver conmigo que semejanzas tengo con los que están en la base de la pirámide. Porque no formo parte de un porcentaje de grupos socialmente desfavorecidos. Porque mi género y mi sexualidad coinciden. Porque nunca sentiré el miedo a ser increpado por mi forma de vestir o de ser. Porque nunca me van a llamar maricón de un modo violento. Porque nunca me van a pegar una paliza de muerte por ser diferente. Porque nunca un hombre me maltratará, ni me anulará, ni me humillará para hacerme sentir que le pertenezco. Porque la herencia cultural de muchos años de supremacía masculina me ampara. Porque no tendré que manifestarme en señal de igualdad. Porque mi familia no carga con el peso de ser esclavizados o segregados racialmente. Porque mi infancia ha sido cómoda y mis oportunidades de educación amplias. Porque no tengo que vengarme contra crímenes que se realizaron en el pasado en contra de los de mi misma identidad. Porque los que dirigen todo el cotarro, al fin y al cabo, también son hombres blancos, con posibilidades económicas y heterosexuales.

Sin embargo, el techo de cristal se está agrietando y pronto se hará añicos. Las generaciones que vienen empiezan a romper la herencia cultural y a no distinguir entre sexo, color de piel o identidad. El paradigma de la libertad en la identidad sexual o de género está empezando a ser aceptado globalmente. Porque la segregación racial y la esclavitud hace tiempo que fueron eliminadas de los planteamientos sociales generales. Porque, aunque todos hemos pasado por el aro del sistema, el sistema es relativamente justo gracias a formas de gobierno como la democracia. Las oportunidades sociales se hacen generales y las diferencias socioculturales o étnicas cada vez cuentan menos para alcanzarlas. Hoy, existen días como el Orgullo que crean conciencia de la necesidad de igualdad para los que tienen una identidad sexual o de género distinta a la mía. La identidad cultural hereditaria supremacista respecto al hombre está cambiando y todas las personas tienen la oportunidad de llegar tan lejos como quieran. La cultura y el entretenimiento desarrollan contenidos conscientes de la diversidad. El lenguaje permite la posibilidad de ser inclusivo hacia todas y todos. El mundo empieza a crecer en tolerancia y las leyes abrigan a todas las clases de personas que lo pueblan. Y, pronto, ya no importará que seamos.

Parte del problema y de la solución

Es como mirar hacia la noche estrellada. Profundizas, tomas distancia para volver a profundizar y todo sigue estando conectado. El sentimiento es embriagador. Y la conciencia va más allá de nuestra propia identidad. Es decir, empezamos a mirar más allá de nuestras propias narices al cobrar conciencia del papel en el mundo de todos aquellos que nos rodean. Y, por supuesto, de nuestro propio papel. Porque es necesario que todos promovamos el cambio de paradigma. Porque todos los que somos privilegiados podemos quedarnos desconectados muy fácilmente. «No estamos allí», «no somos parte del problema» y «no somos parte de la solución», podemos decir; pues como no lo vemos en nuestras vidas, el problema no existe. Privilegiados. Pero solo hace falta que dirijamos una mirada a la inmensidad para percatarnos de que el problema está y de que en realidad podemos hacer mucho para remitirlo.

El odio mata a Samuel. Una mujer es golpeada hasta la muerte porque un hombre dice que, si él no podía tenerla, nadie más la tendría. Un hombre negro es asfixiado hasta la muerte por un policía blanco. Una chica es violada mientras vuelve a casa tras una noche de fiesta. Una pareja homosexual tiene prohibido amarse. A una mujer le dicen en el trabajo que debería llevar la falda más corta para atraer más clientes, acto seguido, le ingresan una nómina menor que a sus compañeros por realizar la misma labor. Miles de jornaleros son pagados con sueldos ínfimos por no tener papeles. Alguien se ríe del chiste de los judíos y el cenicero del coche. Una chica oculta su sexualidad a sus padres para que no la repudien. En una conversación entre amigos, alguien llama “neneza” a otro. Alguien dice que los inmigrantes nos están quitando todas las oportunidades. Otro alguien trata de hacer que un cura exorcice a su hijo porque es homosexual.

El mundo sigue girando y, pese a todo, esto sigue ocurriendo. Y solo podemos hacer dos cosas para que cambie: empatizar y hacer sacrificios. Si, pese a lo que la herencia cultural aún nos permite, los privilegiados dejamos de ponernos por delante e, igualmente importante, tratamos de empatizar con los problemas ajenos, por aquellos que no nos afectan o que no nos rodean; dejaremos de ver hombres o mujeres, blancos o negros, ricos o pobres, heterosexuales u homosexuales. Y ya no importará, porque socialmente dejará de ser algo relevante para pasar a ser natural. Y ya solo seremos personas.

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