Años 60, primer vislumbre de posmodernidad

En occidente, existe un imaginario común a todos nosotros de final de los años 60: masas de jóvenes haciendo mucho ruido en los espacios públicos. Las manifestaciones, la música estridente, la provocación estética y las drogas como armas predilectas para hacer de la ansiada revolución cultural algo hegemónico. Acabar con la represión e injusticia inherentes al ´capitalismo burgués ´ implicaba socavar ´la tradición´ en todos sus focos: en la estructura familiar, las relaciones laborales, la política exterior y el arte. Concretamente, el germen que se pretendía extirpar de la cultura occidental era el ´principio de autoridad´, ya éste estuviese encarnado en moral, la razón o el estado, por su justificación de la negación del valor de la vida y de la sexualidad, así como de la violencia y discriminación contra determinados grupos sociales y partes del mundo.

La transcendencia y mérito de la efervescencia sociocultural de aquella década es objeto de múltiples discrepancias. Algunos lo reconocen como el origen de la tradición radical de las políticas de la identidad, otros como una revolución carente de organización al día siguiente. Suscribirse de manera absoluta a una crítica u otra es una postura reduccionista pues, este zeitgeist rompedor presenta varias vertientes (antimperialista, feminista, dionisiaca y, paradójicamente, consumista), reflejadas en acontecimientos cuyo legado merece análisis independientes: Woodstock, el movimiento por los derechos civiles, el mayo del 68, y aquellos productos culturales imbuidos por tal zeitgeist revolucionario en el cine, el teatro y el arte. Por ende, uno puede reconocer el legado de feministas antirracistas de la época, como Angela Davis en el actual resurgimiento del feminismo interseccional y, al mismo tiempo, concebir el impulso marxista del mayo del 68 como un delirio de una autorrealización juvenil, que a falta de estar fundamentado en un interés real de acabar con las clases de la mitad de sus defensores bobo, fue rápidamente absorbido por el capitalismo, despojado de sus demandas de ´cambio material´ e inducido a anhelar una liberación de carácter puramente cultural que fuera perfectamente compatible con los patrones de consumo y trabajo burgueses.

No obstante, es difícil negar que un aura de desencanto no atormenta a la generación, sobre todo al observar que la radicalidad y vehemencia con la que se anunció el cambio de tiempos, – recordemos a Bob Dylan cantando The times are a- changin´ – sobrepasó a la fuerza con la que se asentaron ´los nuevos tiempos´: fuera cual fuera su legado, el furor por los ideales expresados en el verano del amor o en la ocupación de las universidades se extinguió rápidamente.

En retrospectiva, sospechamos que quizás la razón detrás de este desencanto es que el espíritu de los años 60 se concibió como algo que no era. Fue una ilusoria manifestación de modernidad, pues, contenía muchos elementos posmodernos. Hablar de posmodernismo es hablar de una filosofía cuyo énfasis en el relativismo deriva en una incapacidad de innovación y de impacto radical. La frustración que siguió a la inercia transformadora del momento se explica así: la fiesta de disfraces con temática moderna terminó y al volver a casa contemplamos por primera vez la cruda realidad bajo una luz posmoderna.

 La transcendencia de los movimientos modernos (ej. las vanguardias) radica en su reconocimiento de la tradición con el objetivo de rechazarla; así, inscribiéndose de forma concreta en el devenir de la historia, su consciencia del pasado les permite dibujar un nuevo futuro. En este sentido, encarnan el ideal hegeliano de que ´el verdadero arte´ es consciente del proceso dialéctico por el que pasa la historia al conseguir reflejar el espíritu de la sociedad actual. Lo posmoderno carece de fuerza, precisamente porque no reacciona ante nada, su relativismo tan sólo le permite ser nostálgico de ciertos instantes del pasado o enfatizar el ´relativismo per se´. En el caso de los años 60, la cultura buscó inspiración en la irracionalidad fomentada por el surrealismo y el individualismo de la filosofía pragmática de finales de siglo XIX. Por otro lado, la premisa de evitar la promoción de cualquier valor jerarquizador que evocara a la tradición incitó a un culto al valor ´de lo inmediato y espontáneo´. Esto significaba repudiar la búsqueda de la verdad a través de sistemas simbólicos- como los presentes en el lenguaje y en las composiciones elaboradas-, promoviendo a cambio, su búsqueda en la subjetividad de experiencias espontáneas y desarticuladas. Esto normalmente significa experimentar una obra de forma ´fragmentada´ en la que la representación no hace referencia a una idea en concreto. Se aspira es que realidad se presente por sí sola para ser interpretada, sin una visión o intencionalidad palpable que la condicione. El principal efecto de esto es la eliminación de la distancia entre obra y autor, y obra y espectador. Ficción y realidad. Lo particular y lo universal.

Indudablemente la inspiración de artistas en tales ideales posmodernos produjo un antes y un después en el mundo del arte contemporáneo y el cine. Negarlo equivale a negar la relevancia de los happenings de Allan Kaprow de los que formó parte el público, y las escenas de Godard desafiando los límites entre espectador y audiencia al mostrarnos a los protagonistas hablándole a la cámara. En este sentido, podríamos hablar de obras con una esencia innovadora propia de la modernidad. Sin embargo, al evaluar el éxito con el que sus propósitos fueron efectivamente realizados, nos topamos con el mismo espectro posmoderno que hemos detectado en los movimientos políticos. Las ideas de cambio y radicalidad de la obra resultaron ser más impactantes que las obras en sí. Es evidente que la desmercantilización del arte, a través de la promoción del arte como proceso y la creencia en el happening como ritual inclusivo y transformador de la sociedad, supusieron un intento fallido de democratizar el arte, así como de convertirlo en un instrumento público de transformación y concienciación accesible por todos. El inicio del arte posmoderno coincidió con el inicio de la impresión generalizada de que el arte se había convertido incomprensible para la mayoría de la población, de que el museo, con sus happenings y arte encontrado era un lugar reservado para las élites y los intelectuales.

Parece que el espíritu transgresor de los años 60 inauguró una nueva dinámica de producción cultural posmoderna en la que ´la innovación´ está condenada a encontrar más eco a nivel conceptual que en la realidad. Es decir, más repercusión a nivel de los museos y estudiantes de bellas artes que a nivel social. Esto queda ejemplificado de forma muy ilustrativa en el análisis del legado de Artaud, dramaturgo que contribuyó a asentar las bases de la sensibilidad artística posmoderna. Sus obras de teatro ´violentas´ caracterizadas por su introducción en la escena de la espontaneidad verbal y procesos fisiológicos (como vomitar) de los actores, y de la audiencia misma, pasaron al olvido. Nadie recuerda ningún título suyo. Evocar a Artaud es sinónimo de evocar a un intelectual posmoderno cuyas ideas radicales sobre la realidad las intentó aplicar al teatro. Artaud es un epítome de lo posmoderno por marcarnos con su ímpetu creativo y no con su creatividad. Un ímpetu que quedó plasmado en su manifiesto ´El teatro y su doble´:

¨Debemos destruir el lenguaje para tocar la vida es hacer o rehacer el teatro, lo importante es no creer que ese acto debe seguir siendo sagrado, es decir reservado (…) Esto nos llevará a negar las limitaciones habituales del hombre y los poderes del hombre, y a hacer infinitas las fronteras de aquello que llamamos realidad¨.  ¨

 ¨La sonorización debe ser constante: los gritos, ruidos, sonidos son elegidos por su cualidad vibratoria y después por lo que representan. La acción se pone en comunicación, no copia a la vida¨.

                                                                                         El teatro y la cultura en El teatro y su doble de Artaud (1948)

¿A qué se deben las limitaciones prácticas de los movimientos posmodernos, su impotencia de llevar a cabo sus propósitos, los cuales tienen, paradójicamente, una aspiración muy práctica?  En el pensamiento de Durkheim se nos sugiere la importancia de mantener cierto principio de autoridad para producir valor en la sociedad. Según Durkheim, para que un rito sea verdaderamente transformador, éste tiene que pertenecer exclusivamente a un ´lugar sagrado´. Ser diferenciado de ´lo profano´ por una jerarquía de valores. Esto explicaría por qué el teatro de Artaud no consiguió actuar como el ritual que pretendía: el que se pudiera llevar a cabo sin límites (alrededor de cualquier cosa, en cualquier lugar y momento) le privó de valor, y lo convirtió en tan banal como la vida misma. Sobre tal falta de fe se cultivó la pretensión.

Es interesante analizar el zeitgeist de los años 60 para contrastar el sufrimiento de sus contradicciones con el clima de contentación que existe de nuestra realidad actual cultural. Desde hace años, quizás desde que Fukuyama anunció el ´Fin de la historia´ tras la caída de la USSR, parece que nos hemos reconciliado con el hecho de que vivimos en una sociedad posmoderna. Ya no somos presos del desencanto que siguió a la impotencia revolucionaria de los años 60, pues somos plenamente conscientes de las limitaciones de impacto y cambio propugnadas por el relativismo ideológico y la hegemonía neoliberal.

En el plano cultural, nos contentamos con seguir reproduciendo obras inspiradas en el ímpetu creativo posmoderno emergido en los años 60. La fórmula para ser artista enseñada en las escuelas de arte es fija e incontestable: para crear uno debe leerse obras como ´La desmaterialización del objeto artístico´ de Lucy Lippard, aplicar de forma original sus ideas posmodernas a un tema de actualidad de resonancia política, y finalmente comprobar con pena como la obra tiene una audiencia e impacto social reducidos. Al decir esto, no estoy sugiriendo que no se produzcan obras de gran valor social y originalidad, tan sólo estoy remarcando la incapacidad de reacción y de innovación radical, el clima de atascamiento en lo posmoderno.

Por último, en el plano político, presenciamos una fiesta de disfraces parecida a la de los años 60, pues vemos a partidos políticos esconder su naturaleza posmoderna- su impacto está limitado por el imperativo de que la economía neoliberal siga funcionando y se aprovechan del relativismo ideológico actual para manipular – bajo promesas de cambio. La famosa promesa de Trump, de volver a la ´época dorada americana´ antes de la revolución cultural, ilustra la creciente tendencia a ver campañas políticas enfocadas a añorar y alabar la vieja modernidad.

Bibliografía:

Artaud, A., 1948. El teatro y su doble.

Bell, D., 1976. Las contradicciones culturales del capitalismo. La sensibilidad del decenio de 1960. Alianza Editorial.

Cain, A., 2021. A Brief History Of “Happenings” and Their Impact on Art. [online] Artsy. Available at: <https://www.artsy.net/article/artsy-editorial-what-were-1960s-happenings-and-why-do-they-matter>  

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