El bosque (La despedida. Capítulo III)

Fuera, en la acera había cristales. Los ladridos de Gofre se escuchaban desde el exterior, estaba muy excitado por lo que había ocurrido. Dentro del piso, en el dormitorio Dorian no decía nada mientras el perro continuaba alterado. No daba crédito a lo que había ocurrido, no podía creer lo que había visto y no quería recordar esa perturbadora imagen. Llevaba más de diez minutos inmóvil, junto a la ventana rota. Sintió un nuevo escalofrío que recorrió todo su cuerpo y llamó la atención al perro, éste se dirigió primero a beber agua y luego a su cama, estaba agotado.

Dorian se sentó en la cama, la brisa de la mañana se colaba por el cristal roto. Se levantó y cerró la puerta cuando vio algunos fragmentos en el suelo. Tuvo suerte de que Gofre no se hubiera herido. Volvió a sentarse en la cama, con la mirada perdida. Los cajones de las mesitas de noche estaban abiertos, no faltaba nada, al menos nada que él recordase. Se echó hacia atrás y cerró los ojos. En su mente reconstruyó lo que había sucedido, cuando entró en la habitación buscando un supuesto ladrón encontró algo diferente: una extraña criatura oscura muy bajita algo humanoide, con una gran cabeza, unos ojos muy brillantes oscuros y dientes muy afilados. Con sus dedos largos movía el contenido de los cajones de las mesas como si buscara algo. Cuando entraron Gofre y él la criatura se asustó y tras emitir una especie de chillido con mucha fuerza se estrelló contra la ventana, rompiendo el cristal y cayendo al suelo. Cuando el joven se asomó vio que en la acera y carretera no había más que cristales. La extraña criatura había desaparecido.

Estando allí en la cama, abrió los ojos. Incapaz de admitir lo que temía, se había instalado en él una pregunta a la que daba miedo dar respuesta y que había cambiado su vida para siempre: ¿se había vuelto loco? Cerró los ojos, la echaba tanto de menos. Unas lágrimas discretas comenzaron a bajar hasta sus orejas. Se incorporó y encontró la respuesta: no.

La ventana no se había roto sola. Un extraño ser había roto el cristal y había huido, lo que le llevó a otra pregunta: ¿qué buscaba?

Se incorporó y fue por la escoba, barrió el suelo y recogió los desperfectos. Luego pensó que avisaría al seguro para que lo solventaran, aunque imaginó una conversación ridícula en la que narraba lo sucedido y desestimó la idea. Recordó como aquel ente se arrojaba y supuso que debía haber algún tipo de rastro, dejó a Gofre durmiendo y bajó a la calle.

No había mucha actividad en la calle, se agachó junto a los trozos de vidrio del asfalto. No había restos orgánicos como sangre, fruto de alguna herida del animal. Se incorporó y miró el final de la acera que acotaba la carretera, conectaba con el bosque. Se aventuró hacia el mismo, buscando algo que le indicara el camino que había seguido la criatura. Pronto hizo un descubrimiento que lo llenó de esperanza, los matorrales estaban muy altos en ese acceso porque las personas que entraban en la arboleda lo hacían por otros puntos indicados mejor preparados para ello, había algunas plantas que habían sido pisadas muy recientemente y podía tratarse del extraño ser. Siguió el sendero creado por los arbustos tronchados hasta un lugar en el que la hierba era mucho más baja y donde era muy difícil encontrar una pista que seguir. Desde el lugar en el que se encontraba ya no veía su vivienda y el sonido de los vehículos resultaba lejano, elevo la vista y vio que ahí comenzaban los pinos, enormes árboles por los que aquel hombrecillo podría haber trepado. Él ya no podía encontrar nada pero quizás Gofre sí.

El animal se desvió del camino que había recorrido Dorian. Movía la trufa alterado y caminaba de forma muy acelerada, Dorian lo detuvo un momento y desenganchó su arnés de la correa. Los dos aligeraron aún más sus pasos. La espesura del bosque lo dotaba de unos sonidos más puros, cantos de aves y algunos insectos orquestaban la banda sonora de una búsqueda que parecía no tener fin. Un arroyuelo atravesaba el rastro que el animal seguía pero no supuso ningún obstáculo. Se detuvo un momento antes de agudizar el olfato, después pasó por el agua seguido en todo momento de Dorian que nunca había visto a su mascota tan obstinada. Gofre corrió, dejando atrás al joven que dio una carrera cuando perdió de vista a su pequeño amigo. Cuando lo encontró sintió como si alguien lo golpeara con mucha fuerza en el estómago y no pudiera emitir sonido alguno. Comenzó a respirar con algo de dificultad, una brisa refrescó su cuerpo húmedo por el sudor. Gofre emitió un sonido lastimero, estaba en el suelo, echado. Habían llegado al lugar donde había caído el coche de Daniela cuando tuvo el accidente. El cielo se había vuelto color plomo y una tormenta se acercaba.

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