Fleabag: La vida misma

Pocas veces aparece una serie tan pequeña y contundente, tan sorprendente, como Fleabag. Una comedia seria, un drama con humor, pero sobretodo una historia que transmite honestidad. La mejor descripción que se puede hacer es que se trata de un ‘slice of life’, un “pedazo de vida” que tenemos la fortuna de poder ver. Una de los ganchos fundamentales de la serie es que la protagonista es a su vez narradora. Vemos pedazos de su vida, pero estamos a su entera voluntad. Los guiños a través de la cuarta pared ayudan a crear una gran complicidad entre la audiencia y nuestra narradora, tan poco fiable como impotente para enfrentarse a sus traumas.

Ésa es la clave, la puerta para entrar en su vida y en su manera de ver el mundo. Podemos reír cada vez que choca con su hermana o su padrina, nos indignamos con cada fracaso, y aprendemos a sentirnos tristes cuando Fleabag (pues la protagonista no parece tener más nombre que ese) es confrontada con las heridas en su pasado. Se hace difícil hacer hincapié en detalles concretos cuando el conjunto resulta genial. Es evidente que la piedra angular de todo es un trabajo de guion redondo, que permite que cada episodio y luego el conjunto encajen a la perfección. Phoebe Waller-Bridge, como creadora y escritora a la vez que actriz principal, se luce.

En efecto, hay que reconocer que las actuaciones están al nivel que exige el guión. Hasta los papeles más pequeños resultan memorables, con amantes hilarantes o embarazosos, e incluso con la aparición estelar de Kristin Scott Thomas en el tercer episodio de la segunda temporada. Sin embargo hay que reconocer el gran trabajo en los papeles principales, tanto Waller-Bridge como Sian Clifford, y Andrew Scott en la segunda temporada. Bill Paterson, Brett Gelman, y especialmente Olivia Colman son geniales completando la disfuncional familia alrededor de Fleabag.

Se trata de una serie muy inteligente que nos atrapa con el humor y el carisma de un personaje, o más bien unos personajes por los que no podemos evitar sentir cierto apego. Aunque los primeros capítulos se centren en presentarnos una comedia principalmente sexual, en la que la trama se desarrolla a base de conquistas, ya se introduce la tensión familiar que més tarde servirá para intensificar el drama. También íntimamente ligado a esa serie de conquistas está el triste recuerdo de la muerte de su amiga Boo.

Es la intricada relación entre los dos elementos principales, la comedia sexual y el drama familiar, lo que permite al resultado brillar, y a la serie presentar un mosaico colorido de personajes con sus luces y sombras, sus alegrías y sobre todo sus miserias. Tanto cuando los personajes se encuentran en su punto álgido como en su punto más bajo, no podemos dejar de quererlos. Son, al fin y al cabo, personajes humanos, enfrascados en sus respectivas aventuras vitales.

Por difícil que parezca, la segunda temporada definitivamente mejora. Ambas tramas se funden aún más cuando Fleabag se enamora del cura irreverente que va a casar a su padre con su madrina. Con el drama de la primera temporada habiendo eclosionado, la segunda se puede permitir ahondar más aún en los personajes, y el hecho que la parte romántico-sexual se centre en una sola relación también permite profundizar más en ella. La introducción del elemento religioso genera el mismo efecto que un triángulo amoroso desembarazado de ciertos clichés, y que da a escenas que podrían resultar demasiado melodramáticas una nueva lectura.

Tal como he resaltado antes, Andrew Scott borda el papel, un personaje tan desaliñado y confundido como Fleabag, y el único que intuye, o más bien siente directamente, su vínculo con la audiencia a través de la cuarta pared. Su afabilidad y su capacidad perceptiva la desarman, y son el motor de su romance. Aunque ambos intenten mantenerse a distancia, ésta se va acortando de manera irreversible. Se trata sin duda de una temporada que, sin olvidar el humor, resulta más dramática e intensa que la primera. No hay momentos de drama sin un momento en el que reír, pero tampoco hay muchos instantes de comedia sin un punto de tristeza.

Se hace difícil comentar mucho más sin repetirse. Al fin y al cabo, todo juega a favor del resultado final, y nada chirría, nada queda colgado. No es fácil comentar la fotografía cuando precisamente su función en una producción como ésta es ser imperceptible. Un trabajo discreto pero desde luego impecable, que nos traslada a espacios reales, y situaciones reales. La música y el sonido son de manual, saben acompañar la emoción precisa en cada momento, ayudan a emfatizar el humor, la tensión, o el drama.

En general, hay poco que decir de Fleabag más allá de que es un producto genial: redondo y perfectamente contenido. Dentro de sí acoge un microcosmos familiar y personal en el que da gusto verse envuelto, poblado por personajes que ni queremos ni podemos olvidar. Todo ello en el escueto formato de 20 minutos, y en sorprendentes tiradas de apenas seis episodios. Como dijo el poeta: lo bueno, si breve, dos veces bueno.

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