Lenguas

En la historia que estoy leyendo hay un personaje que habla en asturiano, como más o menos hablamos algunos en la región, y entonces, cuando así habla ese personaje, me percato —una vez más— de que no sé escribir en asturiano. Afortunadamente, la máquina de hacer novelas (cito a Umberto Eco, muy recomendable la lectura de El nombre de la rosa, igualmente recomendable el filme de título homónimo, aunque con final distinto para contentar al espectador), es decir, el Diccionario de la Lengua Española, contiene una amplia selección de las voces y acepciones típicas de nuestra región, y así puedo escribir “parva de cucho”, o “esfoyaza”, sin que ello suponga un enigma indescifrable para el lector de otras regiones y, al mismo tiempo, sin desvirtuar en exceso el ambiente asturiano que preside la mayoría de mis relatos.

Está bien que haya múltiples lenguas en el mundo, son historia viva, son cultura, pero echo en falta, en esa multiplicidad mucho más justificable que las banderas, que las fronteras, una lengua común que nos permita, al menos, una comunicación básica, elemental, entre todos; algo así como el latín de los clérigos, o el lenguaje de signos de los mudos (tampoco son universales esos signos, qué nueva decepción para mí cuando me enteré), o un esperanto más exitoso. Ahora se está imponiendo el inglés. Bien veremos, dijo un ciego. A mí se me antoja demasiado complicado, pero quién sabe: el futuro es de los jóvenes, no mío. De todos modos, me explicó una vez un sabio que, desde el punto de vista económico —y el dinero gobierna el mundo, lástima que no sea el amor—, no interesa esa lengua común que yo tanto ansío.

Sí, la deseo con vehemencia cuando intento hablar con el niño que apadrino. Me da las gracias desde la distancia, desde una selva sudamericana, en la única lengua que conoce, el maya; pero precisamos traductor, y a saber qué le cuenta ese traductor —por muy bondadoso y amigo mío que sea— al niño cuando yo le hablo de nuestras fiestas, de las orquestas, de los caballitos, de voladores que son pura dinamita. “Pronto sabrá español”, me asegura ese bondadoso amigo mío, un Jesucristo actual. “Bueno, pero que no pase hambre por aprenderlo”, le contesto yo desde Oviedo, y añado: “Y que aprenda antes a jugar, a divertirse, a mirar sin esa tristeza con la que me mira en la foto”.

Con tristeza y con miedo, por lo que no le hablaré más, a través del Jesucristo traductor, de nuestras dinamitas volantes. Solo de las orquestas, de los caballitos. De todo lo bueno que mi Jesucristo y yo deseamos para él.

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