Mercurio, Einstein y Maluma

El cornudismo no se puede prever. Y si lo dice un dios, ¿qué más pruebas hacen falta? Mercurio habla con conocimiento de causa. Siendo alcahueta de su propio padre, Júpiter, quien suplanta la identidad de Anfitrión para colarse en la cama de Alcmena, su esposa, asiste atónito a un desenlace más berlanguiano que divino: dioses, mortales, infieles y cornudos asumen el pecado y lo redimen con un abrazo orgiástico. Ríen, beben y bailan porque al final, como canta Mercurio, “el cornudismo es algo que no se puede prever”.

Perfecto cebo para reality contemporáneo cuyos derechos recaen en Plauto, explotador de bajas pasiones antes que Sálvame y artífice de esta alocada comedia que, visto el morbo por el morbo, adaptaría luego Molière. Juan Carlos Rubio ahora hace lo propio en el Teatro La Latina, actualizando un lío de faldas donde lo divino se baja al pilón y lo humano se deja hacer. Una incitación al pecado que deja el armario de la Carrà sin puertas, la televisiva isla sin tentaciones y a la Iglesia, si se descuida, en ERE.

Porque, muerto el perro, se acabó la rabia. Muerto el pecado, el pecador. Y, enterrada la fidelidad, ya no hay cuernos que valgan, invento judeocristiano de cuya patente siguen viviendo corporaciones, congregaciones y accionistas. Si el cornudismo, como advierte Mercurio, no se puede prever, o sea, evitar, ¿cómo darían salida al ingente stock de realities lascivos, sectas expiatorias e indulgencias eclesiásticas? ¿Peligraría el negocio?

De ahí que el sistema se haya curado en salud adoctrinando al personal como en La fábula de las abejas, donde la satisfacción de los vicios privados es lo que convierte a la colmena en paraíso público: gracias a la abeja pecadora, el dinero circula, los ricos consumen y los pobres trabajan. Resulta que, a conciencia, autoproclamados emisarios de los dioses dividen las pasiones en altas y bajas, endiablando estas últimas y rentabilizándolas toda vez que las abejas, alienadas, han asumido que el libre placer es un “vicio” gravado, condonado a conveniencia mediante cheque al portador.

Como en la fábula, el Júpiter de Anfitrión viene a liberar a las abejas, pero no obra desde un olimpo sino en un acto terrenal de exhibición y goce del pecado: él, dios de dioses, hace el día noche, traviste a su hijo de alcahueta y hasta se disfraza de mortal. Todo, con tal de consumar con Alcmena. Abre así la veda a los auténticos dioses, aquellos que habían sido pasados por la túrmix religiosa al ser los primeros en entregarse a las pasiones: altas, bajas, divinas y carnales.

El Júpiter de Juan Carlos Rubio las reunifica, airea la colmena y la convierte en paraíso público sin privación, ni privatización, de pecados. Júpiter, Alcmena y Anfitrión, o sea, amante, infiel y cornudo, dibujan un nuevo triángulo amoroso donde lo humano y lo divino asumen la dualidad, integran lo apolíneo y lo dionisiáco y ridiculizan un falso puritanismo fruto de unas abejas que, enajenadas, habían construido a los dioses a su imagen y semejanza. Y no al contrario.

Mortalizado Júpiter, el único dios al que debemos culto se llama Einstein, cuyo evangelio fue el que predicó a una buena amiga sufridora por la promiscuidad de su marido: “Forzarse a ser monógamo es como una fruta amarga para todos los implicados”. Por eso las nuevas abejas la endulzan con miel y la degustan en colmenas compartidas con dioses carnales al ritmo de Maluma, el nuevo Mercurio: “Vamos a ser felices los cuatro, yo te acepto el trato; disfruta y solo siente el impacto; no importa el qué dirán, nos gusta así”.

Habrá todavía alguna abeja rezagada en la vieja fidelidad, mientras las que escuchan a Maluma gozan de una nueva bautizada lealtad, que prefiere el acuerdo a la promesa, el asentimiento al sometimiento y a Einstein sobre mercaderes putañeros sabedores de que la colmena, sin frutos prohibidos, no renta. Algunos siguen en los púlpitos. Otros tantos, en consejos de administración.

A las rezagadas, en nombre de Einstein, me dirijo. Sepan, como dijo Lola Flores sobre la droga, que quien la vende no la toma. Hablo, al igual que Mercurio, con conocimiento de causa.

ANFITRIÓN Texto original: Molière. Versión y dirección: Juan Carlos Rubio. Reparto: Pepón Nieto, Toni Acosta, Fele Martínez, José Troncoso, Dani Muriel y María Ordóñez. Teatro La Latina, Madrid.

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