Pasear sin rumbo

Pasear me sirvió para cambiar de vida. Para acercarme a un punto de salubridad con el que empecé a sentirme bien conmigo mismo. También conseguí dedicarme el tiempo necesario para pensar en mi presente y mi futuro. Los contenidos de mi pensamiento no fueron nada del otro mundo: ¿qué hago ahora? ¿Estoy viviendo lo que siempre quise vivir? ¿Me acerco a aquellos sueños que me empujaron a hacer lo que hice? Y un largo etcétera de cuestiones existenciales que de sobra son conocidas entre los que nos regodeamos en la intensidad. Pero lo cierto es que todo ese proceso me cambió de alguna forma.

No me enfundé con la mejor ropa técnica, ni me hice con equipamiento de montañero. Solo me puse unas viejas botas de campo y eché a andar junto a mi perro. Caminaba durante horas. Y en esas horas, aunque prácticamente siempre desarrollaba el mismo itinerario, experimentaba contacto conmigo mismo y con el mundo que me rodeaba. Los dos disfrutábamos solos, yo de mi interior y del exterior que llegó a formar parte de mí; y él de los estímulos que le rodeaban, de su libertad y de nuestro vínculo compartido. Llegué a crear un vínculo estrecho entre mi yo social y mi propio yo; el que está en el centro de tu vida y que, a veces, queda relegado a la última posición en la fila de la realización en esta vorágine. Sentarme, solo o acompañado, sobre una roca que sobresale del paisaje y girar la vista hacia mi alrededor para contemplar, analizar y colocarme en el mundo que me rodea. Cobrar conciencia y disfrutar de ese momento humano, propio e íntimo, sentir la brisa y el presente como la única posibilidad.

Desde entonces, la literatura y el cine de temática de exploración personal, de introspección, viajes solitarios y vagabundos me ha llamado poderosamente la atención. Desde los viajes más largos y extraordinarios hasta los más breves y anodinos. Una novela gráfica de los de este último tipo, de los que parecen ser tremendamente anodinos a primera vista, ha caído recientemente en mis manos por mera acción del azar. Fue escrito por Jiro Taniguchi en Japón en 1992 y fue llamado El caminante (Aruku hito).

“El caminante” de Jiro Taniguchi

El protagonista no nombrado de El caminante solo pasea. Lo hace de forma espontánea y toma decisiones sobre la marcha, pero nunca tras un objetivo demasiado claro, y también lo hace con una actitud predefinida. La estructura argumental es prácticamente nula. La narrativa deja paso a la poesía visual del mundo cotidiano. Como cualquiera de nosotros, un destello en una jornada aburrida, la necesidad de movimiento y la liberación de la desazón rutinaria apuran al caminante, en el manga y en la vida real, a salir por la puerta de su casa con el sencillo ánimo de pasear sin rumbo. El arco argumental de El caminante no muestra una transformación ni externa ni interna. Simplemente el paseo muestra la interacción del protagonista, que no cambia ni un ápice, con el mundo que le rodea. Muestra la reacción del protagonista ante los simples estímulos que le pueden provocar el movimiento de los pájaros, el fluir de un río, un manto de hojas de cerezo caídas sobre el césped de un patio de un suburbio japonés, una fuente en un día caluroso o la distante azotea de un alto edificio en la oscuridad de la noche.

El caminante camina, y disfruta. Porque ha dejado atrás la pesada existencia para deleitarse en su propio yo, el yo que se maravilla por las cosas que suceden a su alrededor, por simples que sean, y que se siente vinculado a ellas por el simple hecho de ser testigo. Se podría decir que cada una de las secuencias tiene una estructura similar. Primero, un evento baladí sucede; ya puede ser que hay un corte del suministro eléctrico a causa de un tifón, que de camino a casa tras el trabajo se cruza con un parque o que recibe un balonazo. Tras este evento, las tornas cambian ligeramente. Y, en segundo lugar, ese cambio, ligero, se convierte en un buen pretexto para explorar a través del caminar. A veces solo y a veces acompañado por su perro, el caminante se aventura por la vida para experimentarla. Y la toma de decisiones del personaje suele ser fugaz, ante el cruce de caminos, elige uno u otro sin motivo aparente, con el objetivo de, simplemente, vagar. En tercer lugar, se sucede la experiencia. Puede ser una, pueden ser varias, puede aportar rasgos sobre el personaje, puede ser completamente intrascendental. Y así una y otra vez. Todas las veces, lo que se muestra es el devenir de la cotidianeidad.

Sin embargo, se podría llegar a decir que sí existe algún cambio. El caminante empieza a serlo, para los que somos espectadores de su vida, en un determinado momento en el que decide salir de la casa que comparte con la que, suponemos, es su mujer para pasear hasta un bosque cercano donde disfruta de los pájaros que hay allí. Después, en el capítulo siguiente, se encuentra de una manera casual con el que será su compañero de fatigas hasta prácticamente el final: su perro llamado Nieve. Como digo, todo en esta es casual, los paseos se desarrollan en sí mismos, prácticamente nunca hay un objetivo ni ningún cambio en el personaje. Excepto en el final de la obra de la primera edición. El capítulo final, llamado Viniendo a ver el mar, es un cierre al paseo del caminante cuyo objetivo capitular se fragua al principio de sus travesías. Ocurre, por su puesto por pura casualidad, que su perro desentierra una concha del jardín. En ese momento, el caminante comenta con su esposa que algún día devolverán esa concha al mar. Así se cierra este manga, con la consecución de esa promesa.

Además, los paseos pasan a ser parte de la vida de este protagonista. Dejan de ser situaciones que surgen de la casualidad para ser momentos perseguidos. Se transforman en elementos de la vida de su protagonista. La soledad buscada y la contemplación de la vida natural y artificial que circunda el mundo de este personaje se convierten en objetivos. Solo para experimentar de nuevo la satisfacción de alimentar una mente abierta y observadora de los detalles de la vida común.

Sin embargo, la edición actual de El caminante cuenta con una, me aventuraré a decir, trampa. Pues al final, añadidos como un pegote inconexo, se desarrollan varios capítulos que rompen con la dinámica narrativa de la obra completa. Si lo vemos de forma superficial, podríamos decir que son historias subyacentes que comparten el elemento en común del paseo, pero que nada tienen que ver con la dinámica del resto del cómic. En una de ellas, el protagonista parece conocer a una mujer mucho tiempo después de los paseos que comparten tono y estilo del resto de la serie. En la siguiente, el protagonista, de gran parecido al caminante, tienen una amante en Tokio de la que se debe separar por diferencias vitales. Y en la última, totalmente aparte de argumento, estilo y tono; un niño protagonista experimenta un viaje al pasado a través de un paseo. Estos capítulos tienen en común la disrupción con respecto a la obra completa. Sin embargo, tratando de encajarlos y comprenderlos de una manera más profunda, pueden ser un paso más allá, no en la vida del caminante, sino en la consecución del paseo en sí mismo. Pues el paseo sobre el que habla Taniguchi no es más que lo contrario al recado. Me refiero a la frontera entre ir del punto A al punto B para conseguir algo y salir del punto A y volver al punto A. En el primero tenemos objetivo y en el segundo no hay nada más que la deriva y dejarse llevar por la vida. Pese a que la primera parte, la más valiosa a mi juicio, desarrolla toda la poética del paseo; la segunda, explora esa misma capacidad, pero sin olvidar la trama.

El «flâneur» y la cotidianidad japonesa

Yasujiro Ozu fue un director de cine japonés que ejerció su actividad fílmica entre el final de los años 20 y el principio de la década de los 60. Entre la inmensidad temática del cine de Ozu, me gustaría detenerme en un elemento ya manido y hartamente elogiado que, por supuesto, tiene mucho que ver con la obra gráfica de Jiro Taniguchi. Ozu creó lo que a los estudiantes del cine se nos ha transmitido como el plano de tatami. El apartado técnico de esta elección visual es simple, la cámara está fija a la altura de los ojos de un personaje, el que sea, sentado en un tatami. De la forma tradicional japonesa. Lo interesante de este recurso es que el tatami y la forma tradicional de la sociedad japonesa de sentarse en él indican reposo. Por lo tanto, Ozu, al usar este recurso, contaba el reposo de sus personajes. Se dilataba en él y lo transmitía a través de su cine. El resultado son largas tomas en las que los personajes interactúan entre ellos en la comodidad de los espacios de descanso de sus hogares o largas tomas en silencio donde la rutina se abre paso. Con ese mismo afán, el dibujante de El caminante plasma el mundo que le rodea. Quizás la quietud y la conexión con los pequeños placeres de la vida sean parte de espiritualidad y cultura japonesas.

Sin embargo, en la cultura europea existe otro arquetipo que bebe de la misma necesidad de explorar el mundo cotidiano a través del vagabundeo. El flâneur es un paseante que camina sin rumbo. Cultivado por Baudelaire y usado por Franz Hessel en sus Paseos por Berlín, el flâneur vive en la ciudad, la toma para sí como si de su hogar se tratara y se funde con ella en su caminar. Explora cada rincón y observa a cada persona que lo habita, exactamente como lo hace el protagonista caminante de la obra de Jiro Taniguchi. Por ello, el paseo es universal a todas las culturas. Porque en todas ellas hay vestigios de la necesidad de dejarse llevar y desconectar del mundo para conectar con la otra parte, normalmente olvidada, presente cada uno de los días de nuestras vidas.

La vida es mucho más que ir del punto A al punto B. La vida es todo lo que sucede en medio. Y, un paseo, al final, no es más que un modelo del ecosistema vital de cada uno de nosotros. Por ello, ponerse a caminar para contemplar el mundo está dentro de nuestra esencia. Así, dejamos de pensar en las continuas responsabilidades y vicisitudes de cada una de nuestras vidas aplicadas al sistema. Hay tiempo. Y un paseo es una pequeña abertura de la vida cotidiana. Sigamos el curso del río para ver dónde nace y qué nos encontramos por el camino.

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