Antología de Spoon River

Un libro es bueno no solamente por su contenido, también lo es porque nos permite hablar de amigos y de otros autores. Libros que tienen sus propias historias que contar. Aquí voy a hablar de uno de esos libros. Hace unos años, mi amigo Pablo Cingolani, poeta y caminante, me envío su epitafio, le respondí que era muy temprano para hacerlo y le prometí que si yo no me iba antes cuidaría de publicarlo en su tumba. En una parte de su poema/epitafio Pablo dice: “Crucé todos los desiertos. Libré miles de batallas. Me perdí en selvas inmensas. Huí de las ciudades. He vagado sin saber. He padecido violentos vientos pero también amé, amé profundo. He vivido, sí que lo hice, pero ahora estoy muerto.//  No me arrepiento de nada. Salvo de no haber bebido más vino con mis amigos. Salvo de no haber cantado más y más fuerte junto a ellos bajo el sol y las estrellas.”

Su epitafio me recordó un extraordinario poemario, de esos que relees cada vez que lo encuentras. Se trata de la Antología de Spoon River, del poeta norteamericano Edgar Lee Master. Revisé mis estantes buscándolo y primero me encontré una edición en inglés que me envió Claudio Ferrufino-Coqueugniot, como apenas chapuceo el idioma de Faulkner y Whitman -para no nombrar al archicitado autor de Inglaterra-, busqué una edición en castellano que compré en la librería “La casa verde”, en Lima, la encontré entre las novelas El viento de la luna, de Antonio Muñoz Molina y El país de la canela, de William Ospina.

Esta antología reúne más de doscientos cincuenta poemas breves, en forma de epitafios, que al decir de prestigiosos escritores, lectores y críticos de literatura pueden ser leídos como si fueran una novela. Una novela sobre Spoon River y la colina donde están enterrados los muertos de este imaginario pueblo. Se publicó por primera vez en 1915 y se convirtió en un clásico instantáneo, alcanzando 19 ediciones en un año y a la fecha cuenta con más de cien ediciones y decenas de traducciones.

El poemario se abre con un poema sobre la colina donde duermen los muertos que hablarán a lo largo del libro. Su autor, convertido en personaje, se pregunta: “¿Dónde están Elmer, Herman, Bert, Tom y Charley,/ El débil de voluntad, el fuerte de brazo, el payaso, el borrachín, el luchador?/ Todos, todos están durmiendo sobre la colina.// Uno murió de una fiebre,/ Uno murió quemado en una mina,/ Uno fue muerto en una pendencia, Uno murió en una cárcel,/ Uno cayó de un puente trabajando asiduamente para sus niños y esposa.//Todos, todos están durmiendo, durmiendo, durmiendo sobre la colina”. Y, luego deja que los muertos cuenten sus historias. Lo hace de una manera tierna, sin perder la ironía, el humor negro y la crueldad de una sociedad campesina y conservadora. En el prólogo a la única edición en español. El escritor y traductor Jesús López Pacheco afirma: «Se podría decir, parafraseando a Whitman, que ‘quien toca este libro’, toca a cientos de seres humanos, y a través de ellos, a miles, a millones. Antología, sí, pero no literaria, sino vital, aunque sea paradójicamente a través de voces de muertos».

Dos muestras de este poemario que ya está considerado entre los clásicos: Chase Henry: “En vida yo era el borrachín del pueblo; / Cuando morí el sacerdote rehusó enterrarme/ En suelo sagrado. / Lo cual redundó en mi buena fortuna. / Para los Protestantes vendieron este lote, / Y enterraron mi cuerpo aquí,/ Cerca de la tumba del banquero Nicholas, / Y de su esposa Priscila./Tomen nota, prudentes y pías almas,/De la contracorriente en la vida/ Que brinda honor al muerto, quien vivió en la vergüenza”.

El poeta mexicano José Emilio Pacheco tradujo el poema titulado Theodore el poeta: “De niño te pasabas horas y horas/ Sentado en la ribera del Spoon turbio. / Los ojos fijos en la entrada de la guarida, / Esperando que el cangrejo de río/ Saliera y se arrastrara por la orilla arenosa. / Veías primero sus antenas trémulas, / Briznas de paja al viento. / Luego su cuerpo de color de greda, / Adornado por ojos negro-azabache. / Como en trance te preguntabas: / Qué sabe, qué desea, para qué vive el cangrejo. / Más tarde dirigiste la mirada/ Hacia hombres y mujeres/ Ocultos del destino en sus guaridas/ De las grandes ciudades/ Y esperaste que salieran sus almas/ Para ver cómo/ Y con qué objeto viven/ Y para qué se arrastran con tanto afán/ Por la orilla arenosa en la que falta el agua/ Cuando termina el verano”.

Volverlo a leer me trajo recuerdo que el primer ejemplar que tuve fue en el año 1978, cuando un amigo llegado de México me lo obsequió y cumpliendo un sino fatal yo lo pasé a otro amigo. Con el tiempo llegué a tener varios ejemplares y siempre los prestaba, uno de ellos fue a parar a las manos del poeta Julio Barriga, impenitente lector.

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