El problema de la identidad en tres novelas de Gioconda Belli

El presente trabajo es una aproximación a algunos sentidos relacionados con el tema de la identidad en tres novelas de la nicaragüense Gioconda Belli: Sofía de los presagios, La mujer habitada y Waslala. En cada una de las tres novelas, una protagonista mujer busca su identidad, a sus padres, su destino. Esta búsqueda se configura ficcionalmente a partir de voces en las que la voz femenina ocupa un espacio privilegiado. Voz de gitana, de hechicera o curandera, de aborigen, voz de mujer joven rebelde, de mujer desvalida o de mujer militante, voz de guerrillera, voz de madre biológica y voz de madre adoptiva, voz de espíritu de una mujer muerta. A la vez, la búsqueda se produce en un espacio ficcional cuyos motivos son identitarios del espacio americano. El tema se satura de connotaciones que expanden los significados en por lo menos tres dimensiones entrecruzadas, las cuales a su vez se potencian unas a otras: la identidad del personaje – protagonista femenino –; la identidad americana; y la identidad narrativa, forma que adopta el discurso para manifestar una configuración ficcional que puede leerse como la posición estético ideológica de la autora en cuanto a cómo narrar desde Latinoamérica.

Mi propuesta de análisis parte de desplazarnos de perspectivas que relacionan la narrativa de Gioconda Belli con el Boom[1], como una etapa posterior (“Post-Boom”), a partir de los motivos mágicos incluidos en el texto y que a la vez consideran por separado los dos mundos ficcionales nominados bajo las categorías de “lo mágico” y “lo realista”[2]. Para llevarla adelante, examinaré brevemente el tema de lo mágico en la narrativa latinoamericana, luego describiré la organización ficcional de las tres novelas elegidas y finalmente revisaré las consideraciones de Mijail Bajtín sobre el lenguaje de la novela. Con la integración de estas dos últimas referencias, intentaré producir una hipótesis sobre la estética narrativa de Gioconda Belli, que opere como una respuesta posible a la interrogación sobre si hay un modo de narrar latinoamericano.

La inclusión de motivos mágicos desde miradas narrativas maravilladas por un mundo colmado de desmesura, todos sabemos, aparece con los primeros cronistas, cuya percepción sensorial es filtrada por lecturas, imaginerías caballerescas y mundos percibidos en Europa. Algunos escritores del siglo XX, por dar los ejemplos más conocidos y tal vez más leídos, Gabriel García Márquez o Alejo Carpentier, explotan al máximo esa carga semántica que la tradición ya ha ligado a la imagen de América, y en el caso del segundo escritor, formula además los rasgos de una estética, el realismo mágico[3], cuya principal característica es el trabajo poético sobre el lenguaje, que, para decir un mundo considerado barroco, se “barroquiza”. Con posterioridad, especialmente a partir de los ochenta, se adjudicó a esa estética la triste función de seguir ofreciendo a los lectores de otras tierras (especialmente del “primer mundo”), una fantasía y un exotismo que terminaban “recolonizando” nuestra cultura. En la actualidad, las líneas estéticas se han diversificado en muchas direcciones, pero existe esa sombra de sospecha sobre cualquier lenguaje con asomos de procedimientos barrocos o sobre motivos mágicos en los textos, que volverían a encubrir la realidad americana. Esas serían posibles objeciones de la crítica a la narrativa de Gioconda Belli, especialmente si sus sentidos estuvieran esta vez filtrados por la crítica norteamericana, mencionada antes. 

La narración de Gioconda Belli ensambla miradas mágicas sobre la realidad, con otras que no lo son. Estas miradas se proyectan en la configuración narrativa como voces que, desde distintos puntos de vista, narran un mundo. Así, son justamente los aspectos ligados con la composición ficcional, los que dan respuesta al interrogante planteado al inicio, a la vez que funcionan como réplica a las críticas que desde otros países ubican a esta autora en la “narrativa del Post-Boom”, lo cual no representaría un problema de nominaciones, pero sí se erige como problema de interpretaciones. Lo que está en juego es la identidad narrativa, que, al decir de Silvia Lorente Murphy, se caracteriza por el paralelismo entre el mundo real y el mundo mágico. Ahora bien, si entendemos por identidad narrativa la forma que adopta el relato en su materialización, es decir, la organización ficcional, incluiremos en su análisis tanto los aspectos estrictamente diegéticos, como las formas, los lenguajes, los procedimientos con los que la diégesis se configura estéticamente. Veamos como se realizan estos aspectos en las tres novelas.

La mujer habitada, la primera en orden de escritura y publicación, representa la historia de Lavinia, una joven arquitecta graduada en Europa, que retorna a su país, Faguas, lugar ficcional que se repite en Waslala. El proceso interno de Lavinia y la realidad de su país, dominado por un dictador – El Gran General – la llevarán a comprometerse con un grupo disidente que ha asumido la lucha armada: el Movimiento de Liberación Nacional. Este argumento se configura estéticamente mediante las dos voces narrativas: un narrador en tercera persona que desde el punto de vista de Lavinia relata su progresiva transformación y los acontecimientos que organizan la trama; y una segunda voz en primera persona,  de Itzá, entidad extrahumana, alma, espíritu o energía, que habita un naranjo del patio de Lavinia y luego a ella misma, y que relata las imágenes internas de la protagonista así como el pasado de resistencia aborigen contra los españoles. Mediante esta segunda voz, se representa estéticamente la idea de que aquella lucha contra los invasores se encarna en la lucha por liberarse de la opresión de la dictadura, ya que la Itzá humana, desafiando los mandatos patriarcales de su tribu, había luchado junto a su hombre (Yarince, un guerrero) contra los invasores españoles.

En Sofía de los presagios se observa el cruce entre el género de aventuras y la novela de amor, a la vez que los acontecimientos que sobrevienen a la protagonista y el proceso de ésta pueden leerse, en ese contexto, como réplica al género de la novela rosa. Estructurada en capítulos que narra una voz en apariencia neutral, en rigor ésta se desplaza constantemente para relatar conforme los puntos de vista de los distintos personajes. El tiempo ficcional se desarrolla cronológicamente, a la vez que algunos de los personajes tienen visiones sobre un punto del futuro de la protagonista, relacionado con el tiempo: el problema de Sofía será, en su destino, romper con los círculos del abandono. Sofía, hija de un gitano y de una mujer que no lo es, ha quedado abandonada en el Diriá, pueblo de brujos. La marca del abandono la perseguirá psíquicamente y mediante hechizos, tres brujos “protectores” lograrán que la descendiente de Sofía, la pequeña Flavia, rompa el círculo para su madre. La novela, así configurada, presenta un mundo en el que el personaje puede romper los designios de un destino circular, repetitivo, solamente a través de la intervención mágica.

Por su parte, Waslala se configura con las claves narrativas del género de aventuras, entre otros elementos, por el motivo del viaje. No obstante, esas claves sólo prestan una articulación a la novela con el género, porque las características clásicas del mismo son superadas por la saturación de significados y especialmente por la elección de las voces narrativas.  Waslala narra la búsqueda de una ciudad fundada por los poetas de Faguas, en el contexto de una de las tantas dictaduras que asolan al país ficcional. Planeada desde mucho tiempo antes, la coyuntura dictatorial apura a los fundadores la concreción de la comunidad utópica. No obstante, en el tiempo ficcional de la diégesis, lo que queda de Waslala son fábulas, relatos, recuerdos de quienes estuvieron allí o escucharon hablar de esa promesa de vida mejor, imagen de esperanza acrecentada por el hecho de que Faguas se ha transformado definitiva y literalmente en el “patio de atrás” del primer mundo. No sólo se ha detenido cualquier atisbo de progreso, sino que además se han clausurado las comunicaciones fluidas con el ahora hiperdesarrollado mundo, el cual utiliza a América como vasto depósito de basura y pulmón de oxígeno a la vez que la controla mediante los gobiernos “títere” y las patrullas de la Policía Ambiental.

Así, la protagonista, Melisandra, desea encontrar Waslala porque allí viven sus padres, quienes la dejaran al cuidado de sus abuelos para no regresar jamás; por su parte, los fagüenses concentran en Melisandra sus deseos de que la comunidad de Waslala tenga respuestas para transformar su vida de rebuscadores de basura en medio de las constantes guerras entre grupos y facciones a las que los condena el orden internacional. Este viaje primigenio, viaje a la semilla, a los ancestros más directos, se entrecruza con los viajes de nuevos exploradores o mercenarios: un traficante de oro; un traficante de armas y de “filina”, droga obtenida de la combinación genética entre cocaína y marihuana; un científico que quijotescamente busca pruebas de los niveles tóxicos de la basura, para hacer su denuncia ante las Naciones Unidas; y Raphael, un periodista que utiliza el pretexto de Waslala para enmascarar su objetivo de investigar la filina, pero que termina más interesado en la historia que pretendía máscara; a la vez que se llama como el personaje de Tomás Moro, dato más que significativo en el contexto de la diégesis incluso para uno de los mismos personajes: el abuelo de Melisandra.

Otros aspectos de la organización narrativa en las tres novelas son la anticipación de acontecimientos muy posteriores, como en la épica, pero también el flash back o analepsis; las referencias intertextuales, desde la más obvia a Penélope, hasta las más sutiles a la poesía prehispánica, que se entremezcla con la voz de Itzá, en La mujer habitada; finalmente, los dos rasgos más significativos son  el contraste entre la brevedad y sencillez del lenguaje cuando la narración avanza, y la profusión de procedimientos poéticos (desplazamientos calificativos, sinestesias, etc.) en las descripciones, especialmente en las minuciosas, muy bellas y verdaderamente extrañas, cuando la voz de Itzá recorre el interior del cuerpo de Lavinia, pero también en las características del paisaje en Waslala;  a la vez que el ensamble entre esas dos variaciones lingüísticas. La articulación, el entrecruzamiento de lenguajes es, por fin, el rasgo definitorio del estilo de esta autora.

El trabajo sobre la palabra en la novela, género en el cual los lenguajes sociales alcanzan su artisticidad ha sido largamente estudiado por Mijail Bajtin. En este contexto de análisis, sus desarrollos teóricos despejan dudas en torno a las diferencias que especifican los géneros[4], a la vez que abren productivas posibilidades de lectura. La primera consideración radica justamente en la diferenciación genérica: la palabra en la novela es distinta de la palabra en la poesía, porque en ésta 

… no se utiliza, desde el punto de vista artístico, la dialogización natural de la palabra: la palabra es autosuficiente y no presupone enunciados ajenos fuera de su marco. El estilo poético es aislado, de manera convencional, de toda interacción con la palabra ajena, y sin ningún miramiento hacia la palabra ajena”. [5]

En contraposición con la autorrealización de la palabra única e incontestable de la poesía, en la novela la palabra desarrolla su orientación dialógica, es decir que, en la prosa novelística, la construcción artística del lenguaje produce y reproduce la interacción entre distintas formas de decir un mismo objeto:

El prosista tiene (…) ante sí el plurilingüismo social que se forma alrededor del objeto, la babilónica mezcla de lenguajes que se manifiesta en torno a cualquier objeto: la dialéctica del objeto se entrelaza con el diálogo social que hay a su alrededor. Para el prosista, el objeto constituye el punto de concentración de las voces disonantes, entre las que también debe sonar su voz; esas voces crean para la suya propia un fondo indispensable, fuera del cual no se pueden captar los matices de su prosa artística, ‘no tienen resonancia’.” [6]

Así es como la palabra en la novela adquiere una saturación de significado en la medida en que es portadora de la carga histórica de evolución lingüística y de sedimentación y modificaciones ideológicas. Desde este punto de vista, la palabra está cargada de ideología, de posicionamientos ante el mundo y es en la novela donde se hace artístico ese diálogo o disputa entre sistemas ideológicos. Mediante el concepto de ideologema, Bajtin nombra esta característica que asume la palabra en la prosa de la novela:

El hablante en la novela siempre es, en una u otra medida, un ideólogo, y sus palabras siempre son ideologemas. Un lenguaje especial en la novela es siempre un punto de vista especial acerca del mundo, un punto de vista que pretende una significación social. Precisamente como ideologema, la palabra se convierte en la novela en objeto de representación[7]

Desde esta perspectiva bajtiniana puede describirse y valorarse la narrativa de Gioconda Belli, a la vez que observar el proceso de evolución entre La mujer habitada (1988) y Waslala (1996).

Desde La mujer habitada ya observamos que la configuración ficcional está organizada por dos voces, pero éstas no son las únicas que dialogan en el espacio lingüístico. En principio, la voz de Itzá no se constituiría en el ideologema de las mujeres aborígenes porque se trata de la estilización de una voz hipotética, cuya poeticidad contribuye a esta consideración, además de que significativamente es la voz que comienza la narración y la que la termina, por lo que podríamos pensar que representa lo que Bajtin llama el centro intencional del novelista (es decir, el propio lenguaje y punto de vista de la autora). Esta palabra establece una réplica al poema maya “Todo esto pasó con nosotros”, algunas de cuyas frases se entrecruzan con la voz de Itzá: “…Una red de agujeros fue nuestra herencia…” (P127) cuando ella narra que las mujeres se negaban a parir más esclavos para los españoles, frase que se transforma en “Ni ella y yo hemos muerto sin designio ni herencia” (357) cuando, luego de la muerte de Lavinia, narra el triunfo de los guerrilleros.

Por otra parte, las realizaciones lingüísticas que expresan a Lavinia se constituyen en campo de luchas entre los ideologemas de su clase social y los que exigen un posicionamiento diferente; y entre ideologemas de mujer o de hombre en la verbalización de las contiendas de género. Los ideologemas machistas aparecen en la voz de Felipe, pero también en la del general Vela. De esta manera, las dos voces organizadoras de la trama narrativa son el espacio lingüístico donde dialogan, cooperan o discuten las otras voces.

En este contexto plurivocal, el centro intencional, el punto de vista que coincide con el de la autora es claramente identificable en Sofía de los presagios y en La mujer habitada. En la primera, se trata de los ideologemas de género en la expresión de la rebeldía de las mujeres por la imposición de un orden machista y patriarcal. A su vez, se recuperan los conocimientos ancestrales que las mujeres se han transmitido la mayoría de los casos oralmente y aquellos más específicos relacionados con la magia y los sortilegios; estos ideologemas confrontan a veces con los que expresan los miedos de Sofía, pero aparecen como la respuesta válida a las encrucijadas que plantea un destino donde la repetición de los errores hace la vida desgraciada. En La mujer habitada, el centro intencional coincide con los ideologemas de género en las formulaciones de Lavinia, pero también con el ideologema que la misma presencia de la voz de Itzá representa. Con esta estetización se recupera un aspecto de la cosmogonía aborigen, que no es ajeno a las creencias de otros pueblos del mundo respecto de la continuidad de la vida como energía en la naturaleza. Esta estructuración no se produce mediante los códigos de lo maravilloso ni de lo fantástico, sino en la estilización poética, lo cual contribuye a la afirmación del sentido, si coincidimos con Bajtin en que la palabra poética no admite réplica.

Es en Waslala donde aparecen mayores dificultades para identificar el centro intencional y la hipótesis que propongo al respecto es que se trata de que la saturación de ideologemas produce una polifonía tal que no hay emergencia de la voz del narrador por sobre las otras, sino que todas coexisten en igual nivel, hipótesis que sé arriesgada si pensamos que es el análisis propuesto por Bajtin para Los hermanos Karamazov de Dostoievski[8]; pero que arriesgo, con la intención de que despierte nuevos campos de debates y discusiones a partir de la perspectiva de análisis del teórico ruso.

Finalmente, y a modo de conclusión, la narrativa que produce Gioconda Belli opera como respuesta parcial sobre el modo de narrar latinoamericano, en tanto y felizmente, la palabra en su plurivocidad es parte del estilo compartido por los grandes escritores de todos los tiempos. No obstante, la respuesta a la interrogación inicial es que según las construcciones lingüísticas – ideologemas realizados, su narrativa proyecta a la serie literaria las voces sociales que representan sistemas semánticos no sólo diferentes sino en oposición con los que se imponen. Esa disidencia aparece en por lo menos cuatro niveles: ideologemas feministas y/o libertarios enfrentados con ideologemas machistas; ideologemas de militantes revolucionarios enfrentados con ideologemas producidos desde la indiferencia, el miedo, la  complicidad o la posición enemiga; ideologemas sobre América en una coexistencia de matices ideológicos que muestran la rica diversidad de los sistemas de ideas que pueden ponerse en juego al hablar del “objeto”  América; y finalmente, ideologemas de la racionalidad occidental, enfrentados con ideologemas de creencias ancestrales.

Las verbalizaciones que implican una concepción mágica del mundo se entrecruzan en las tres novelas con otras con las que dialogan, compiten o se enfrentan; pero es en La mujer habitada donde esa voz se erige sin aceptar réplica, voz que inicia y cierra el relato, a la vez que estilización poética de una concepción del mundo compartida por todos los aborígenes de América, incluido el Norte, y por muchas otras razas y pueblos del mundo. Esta forma elegida para afirmar la cosmovisión aborigen restituye para las construcciones ideológicas latinoamericanas, desde la literatura, un lugar a las concepciones de la unidad entre el ser humano y la naturaleza. En un siglo en el que la devastación de la naturaleza pone en peligro la continuidad de la vida en el planeta, podemos oponer ideologemas basados en otra racionalidad a cualquiera de éstos y, sin embargo, es insoslayable la contribución a la verdad de las sabidurías ancestrales que respetaban la tierra, el agua, el aire, la vida. Como dice un poema araucano, recogido al sur de Chile:

Toda la tierra es una sola alma,

somos parte de ella.

No podrán morir nuestras almas.

Cambiar, sí pueden;

pero no apagarse.

Somos una sola alma

como hay un solo mundo.[9]

 

BIBLIOGRAFÍA

 

América Latina en su literatura. Coordinación e introducción de César Fernández Moreno, México, Siglo XXI, 1972.

Bajtin, Mijail, Teoría y estética de la novela. Madrid, Taurus Humanidades, 1991.

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Belli, Gioconda, Sofía de los presagios. Buenos Aires, Emecé, 1996.

La mujer habitada. Buenos Aires, Emecé, 1996.

Poemas selectos. México, 2001. www.artetotal.com

Waslala. Buenos Aires, Emecé, 1996.

Cavero, Samuel, “Gioconda Belli: el voseo, el modo verbal y el árbol de la vida en la novela La mujer habitada”. Ensayo presentado a la Universidad de Monash, Australia. S/f.

Díaz Cárcamo, Addis E. “La construcción indicial del ser cultural y el ontos – utópico en la novela Waslala, de Gioconda Belli”, en El nuevo diario. Managua, Nicaragua, sábado 18 de marzo de 2000.

Eliade, Mircea, Diccionario de las religiones. En colaboración con Ioan P. Couliano. Barcelona, Paidós, 1990.

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Iser, Wolfgang. “La realidad de la ficción”, en Estética de la recepción, de R.W. Madrid, Visor, 1989.

Lorente Murphy, Silvia, “De las ideas a la práctica: la complejidad de las propuestas éticas en La mujer habitada de Gioconda Belli”. Purdue University Central. S/f. mailto:slmperduenc.edumailto:slm@perduenc.edu

Marchese, Angelo. Diccionario de retórica, crítica y terminología literaria. En colaboración con Joaquín Forradellas. Barcelona, Ariel, 1978.

Müller, Max, Mitología comparada. Barcelona, Teorema, s/f.

Pereira Bernheim, Constantino, “El ejército nacional”, en El nuevo diario. Managua, Nicaragua, miércoles 5 de marzo de 2003.

Ramírez Caro, Jorge, “Vosotras sois la sal de la tierra; a propósito del documental Mujeres de sal”. Costa Rica, Revista Comunicación. Instituto Tecnológico Costa Rica. S/f.

File://C:/Mis%20documentos/el%20ombligo.htm


[1] A partir de los años sesenta, la profusión de publicaciones hizo a algunos hablar del “Boom”, categoría imprecisa y hasta sospechosa, como bien expone José Donoso en su Historia personal del Boom. (1972).

[2] La categoría boom ha sido utilizada para caracterizar la narrativa de Gioconda Belli como “Post-boom”, por Silvia Lorente Murphy (De la Purdue University North Central, en su trabajo “De las ideas a la práctica: la complejidad de las propuestas éticas en La mujer habitada de Gioconda Belli”), quien a su vez se referencia en Donald Shaw (The Post-Boom in spanish america fiction. Albany: State University of New York Press, 1998). El punto de vista de Silvia Lorente es que la narración aparentemente realista “usa elementos decididamente mágicos, tales como el del espíritu encarnado en el naranjo (…) y más tarde en la protagonista misma para fundamentar valores éticos específicos planteados en la exposición ‘realista”. Según este análisis, los elementos mágicos son “usados” para fundamentar la “exposición” (que sería la narración sobre Lavinia). Párrafos después, Lorente analiza el mundo ficcional de La mujer habitada como dos dimensiones paralelas, la “realista” y la “mágica”.  También Jorge Ramírez Caro (Del Instituto Tecnológico de Costa Rica, en “Vosotras sois la sal de la tierra; a propósito del documental Mujeres de sal”) afirma, acerca de La mujer habitada: “En esta novela (…) se cuentan dos historias paralelas, la segunda es una proyección de la primera o una continuación, dado que el espíritu rebelde y libertario de Itzá, protagonista de la primera historia, es asumido-ingerido por la protagonista de la segunda, Lavinia”. En este segundo análisis observamos los intersticios que demuestran la fragilidad de la idea de que lo mágico y lo “real” sean paralelos. En rigor, los mundos paralelos no debieran unirse, como tampoco lo hacen las líneas rectas, si nos atenemos a la definición de la geometría, área de donde se ha tomado prestada la categoría de paralelismo.

[3] Carpentier, Alejo “Prólogo” a El reino de este mundo. (1949)

[4] Haroldo de Campos, por ejemplo, en “Superación de los lenguajes excluidos”, publicado en América Latina en su literatura (ver bibliografía) considera que el empleo del lenguaje poético en la novela diluye los límites entre géneros.

[5] Bajtin, Mijail, Teoría y estética de la novela. Madrid, Taurus Humanidades, 1991. (Pág. 102).

[6] Teoría y estética de la novela, op. Cit. (Pág. 96).

[7] Ib. Pág. 150.

[8] En Problemas de la poética de Dostoievski. Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 1993.

[9] Poesía oral; selección. Estudio preliminar y selección: Daniel Freidemberg. Buenos Aires, Centro editor de América Latina, 1981.

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