Imágenes afganas

Afganistán ha caído de nuevo. Siendo uno de los primeros asentamientos humanos, ha visto como se levantaban y caían imperios a lo largo de su milenaria historia. Pueblos, tribus, reinos, monarquías dejaron su rastro de gloria y también de sangre. El siglo XX y el presente parecen refrendar esa Historia convulsa con una herencia cultural extraordinaria que parecen querer erradicar los líderes talibanes que hoy hacen gala de su victoria.

Afganistán es un país mediterráneo, sin salida al mar, compartiendo límites con Pakistán, China, Turkmenistán, Uzbekistán, Tayikistán e Irán. En pleno Oriente Medio, el cine afgano puede encontrarse entre los más jóvenes del mundo. Aunque ya desde 1901 el cine había conseguido llegar a sus fronteras, no fue sino hasta 1946 cuando se rodó el primer film con su propio ADN: Love and Friendship (1946) un musical de Reshid Latif cuya premisa recuerda al nudo y núcleo de Cyrano de Bergerac de Edmond Ronstand.

Lo que seguiría en adelante, ya entrados los 60, fue una sucesión de documentales y noticiarios cinematográficos que buscarían abrir un camino en medio de las turbulencias bélicas que en los últimos 40 años no han cesado. Y visto lo ocurrido durante los últimos días, tampoco cesarán en breve.

Curiosamente, en uno de sus momentos más agudos de su historia, al comienzo del Siglo XXI (poco antes de la caída de las Torres Gemelas en Estados Unidos) el cine afgano dio un paso adelante. Revisando su presente desde un paisaje humano, natural, religioso y cultural que marcó un tono y una necesidad de contarse en el marco de los cambios políticos.

El empujón vino sin embargo de los países vecinos. El iraní Moshen Makmalbaf, y más adelante sus hijas Samira y Hana Makmalbaf posaron su mirada sobre ese contexto y realidades para narrar un país desde el tono de su cine, con especial atención a lo femenino.

Un tono que marcó una senda que más adelante seguirían Siddiq Barmak con el multipremiado film Osama (2003), Atiq Rahimi con Tierra y Cenizas (2004) y La piedra de la paciencia (2012), Barmak Akram con Kabul Kid (2008), Afghanistan (2010) documental de Yama Rahimi -que cuenta la historia de su país entre 1955 y 1978-, Hassan Nazer con Utopía (2015), Shahrbanoo Sadat con Not at Home (2013) y  Wolf and Sheep (2016) o Sahraa Karimi con Parlika (2016).

Esta última creadora, directora de Afghan Films, -la cinematográfica estatal desde 1968-, hizo pública una carta, una petición de solidaridad y ayuda al mundo tras la irrupción de los talibanes en Kabul el pasado 15de agosto: “Les escribo con el corazón roto y la profunda esperanza de que puedan unirse a mí para proteger a mi hermosa gente, especialmente a los cineastas de los talibanes…

“Es una crisis humanitaria y, sin embargo, el mundo guarda silencio. Nos hemos acostumbrado a este silencio, pero sabemos que no es justo. Sabemos que esta decisión de abandonar a nuestro pueblo es errónea, que esta retirada precipitada de las tropas es una traición a nuestro pueblo y a todo lo que hicimos cuando los afganos ganaron la Guerra Fría para Occidente…”

“…Los talibanes han estado brutalizando a nuestro pueblo durante todo el proceso de conversaciones. Todo lo que he trabajado tan duro para construir como cineasta en mi país está en riesgo de caer…”

En un arco de dos décadas, los ecos de las emblemáticas historias de la familia Makmalbaf no han cesado. Por el contrario, parecen amplificar en el tiempo el grito y las advertencias de entonces.  Kandahar (2001) de Moshen Makmalbaf, A las cinco de la tarde (2003) de Samira Makmalbaf y Buda explotó de vergüenza (2007) de Hana Makmalbaf registraron las consecuencias de una nueva guerra que comenzó a finales de los 70 y convirtió a los talibanes en ese Moloch que consiguió ya no solo sumir en la oscuridad a su país, sino tambalear las bases de Occidente al convertirse en bastión del terrorismo internacional.

Escena del filme «Buda explotó de vergüenza»

Tras la caída de las Torres Gemelas en Nueva York, Afganistán se convirtió en objetivo bélico y político; pero también en un lugar para contar desde otros lugares del mundo. El cortometraje Buzkashi Boys (2012) del estadounidense Sam  French, consiguió una nominación al Óscar al narrar la historia de dos niños que crecen en el marco de la guerra. Antes, la británica Havana Marking posó su mirada sobre el impacto del talent show Afghan Star en el documental de igual título  que le mereció premios en el Festival de Sundance en 2009.  Y también desde el documental, la cineasta tayika Gulya Mirzoeva desempolvó la invasión soviética en Afghanistan 1979 (2014); mientras que el estadounidense Sebastian Junger rodó el que quizás sea el film más angustiante de esta guerra: Korengal (2014).

Desde luego Hollywood no renunció a la fuente de historias que emanaban desde ese lugar convertido por su ubicación geográfica en encrucijada del Medio Oriente. Con  Rambo III (1988, Peter MacDonald/Russell Mulcahy) marcando el punto de partida, pasando por Lone Survivor (2013, Peter Berg),  12 valientes (2018) de Nicolai Fuglsig,  The Kill Team (2019) de Dan Krauss y la celebrada The Outpost (2020) de Rod Lurie; el conflicto bélico no ha parado de generar films de acción pura o bien inspirados en episodios reales que sumergen al espectador en un escenario desolador.

El drama y el melodrama tampoco ha estado fuera de este conjunto de films. Marc Foster (Finding Neverland) se atrevió con la adaptación de la novela homónima de Khaled Hosseini The Kite Runner (Cometas en el cielo, 2007) consiguiendo un film tambaleante y propenso a la lágrima, sobre el compromiso y la solidaridad entre dos amigos de la infancia. Poco después, Jim Sheridan rodaría el remake del film danés Brohers (Brodre, 2006 de Susanne Bier) sobre el impacto de la guerra entre dos hermanos y su vida familiar.

Entre unas imágenes y otras, el patrimonio de cine documental y de ficción desde Afganistán y a partir de su universo, es cuando menos fascinante. El suyo, es un cine multipremiado y reconocido en Occidente, desde Cannes a Hollywood. Sin embargo, todo ese acervo cultural vuelve a estar en peligro. Las desesperadas palabras de la cineasta Sahraa Karimi resuenan como un clamor de auxilio, pero también como un augurio de lo que está por ocurrir:

“Si los talibanes se hacen cargo, prohibirán todo el arte. Yo y otros cineastas podríamos ser los siguientes en su lista de éxito. Despojarán los derechos de las mujeres, seremos empujadas a las sombras de nuestros hogares y nuestras voces, nuestra expresión será sofocada en silencio”.

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