Vidas de mierda

Tenemos vidas de mierda. Vidas de mierda tenemos. De mierda tenemos vidas. Da igual el orden en el desorden. La cantinela, hilvanada por el escritor Juan Tallón, me empezó a retumbar como quien oye la voz del oráculo. Y, de pronto, en mitad de aquel encuentro, que llamado El Patio Talks nos congregó para abordar el poder de las relaciones sociales, sobrevino el apretón: si tenemos vidas de mierda, ¿acaso nuestras relaciones pueden ser siquiera sociales?

Urge preguntárselo, debatirlo y (más nos vale) admitirlo. Solo desde la mierda comúnmente asumida, sellaríamos este pozo sin fondo que ya hiede. Las vidas de mierda nacen de ahí: precariedad, insatisfacción y ausencia se aparean, gestan y paren sin cesartrabajos, relaciones y personas ausentes, precarias, insatisfactorias e insatisfechas. Da igual el orden en el desorden. La vida queda hecha un cuadro, pero ajusta la cuenta y se viste de Prada.

Que el 26% de los usuarios de Badoo considere la compatibilidad financiera indicador de éxito en una relación es el primer hedor. El segundo, un delatable 39% que busca pareja con idénticas aspiraciones monetarias. La traca, un 72% temeroso de que la cartera del cónyuge pese más, por si este lograra salir antes de su vida de mierda. Esta, en cambio, no habla en dinero: hay nóminas millonarias que cuestan ausencias, sólidas vocaciones a merced de la precariedad e ideales parejas cuya insatisfacción apesta.

Solo la ignorancia de esta cláusula explicaría ciertos actos de opulencia que acometemos en un fallido intento de salvar nuestras vidas de mierda. La lista es tan larga y ancha como la hemorroide que causan y sufrimos en silencio. Bodas que ya no miran a Cuenca, sino a Las Vegas. Graduaciones que se apresuran al son del Prom. Bebés que ahora nacen con cheque bajo el brazo. Hipotecas a 30 años que profanan hogares hasta sumirlos en pensiones de mala muerte. Oficios esclavizantes que, prometiendo fortuna a la postre, subastan patrones y compran marineros. Y de amistades convertidas en tráfico de followers sobre yates que han costado mucho arroz con atún, ni se hable.

Y acabamos agarrándonos al famoso clavo ardiendo, cuya única llama es la firme convicción de que todo se compra y se vende: es pura inversión. Y las aspiraciones, como las vidas, terminan siendo de mierda, importadas muchas de un imperio que, evocando la fiebre del oro, recluta a pobres ricos y a ricos pobres. En aquel entonces la codicia y el tedio convirtieron la pequeña aldea de San Francisco en una urbe caótica, cuyas gentes, eufóricas, gritaban “¡oro!” al tiempo que se hacinaban en chabolas, desertaban comunidades, los aborígenes eran expulsados de sus tierras y los viejos inmigrantes exterminaban a los nuevos.

La ciudad se hizo purgatorio. Muchas de sus almas sobreviven bajo falsas apariencias procurando hacer fortuna, o sea, integrándose en ese 39% que cohabita en función del sueldo. El resto enmudece por hastío, sometimiento o desconocimiento. Unas y otras, contrariadas, rezuman no ya vidas de mierda sino mierda por la vida. Resulta el interés, o cobro revertido, de ser los cuartos nuestra única moneda. Y así hoy, como dijo Sancho, “mi señor don Quijote, un asno cubierto de oro parece mejor que un caballo enalbardado”.

Pues eso, Juan. Que tenemos vidas de mierda y estamos hasta el culo. Y la ciudad no evacuará mientras dure el estreñimiento colectivo. Un 78% ya va abriendo boca: ni hablar de pasta (acaso comerla) en la primera cita. En su defecto, declarémonos insolventes, en suspensión de pagos o directamente en la quiebra. La libertad verdadera comienza donde acaban las necesidades impuestas y, con ellas, la inútil fatiga de poder complacerlas.

Y que la ciudad retorne a esa apacible aldea que fue San Francisco. Y que vuelvan las bodas a mirar a Cuenca. Que vengan los niños con pan bajo el brazo. Que el personal ni viva para trabajar ni trabaje para vivir, que simplemente viva. Que abran las ventanas y ventilen las pensiones. Que atraquen los yates y pueda la tripulación comer siquiera paella. Que caigan las máscaras y emanen los rostros. Da igual el orden en el desorden. Pero ya sin vidas de mierda.

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