Viendo «Tiempo»

A priori la premisa de Tiempo resulta fascinante, una playa en la que el tiempo pasa de un modo diferente; si añadimos que al frente de la película tenemos a M. Night Shyamalan el resultado se espera de lo más atractivo. Desgraciadamente no hablo del mejor film de Shyamalan, tiene el valor de ser un ejercicio cinematográfico entretenido pero rompe con las reglas que marcan su seña de identidad.

En primer lugar quiero aclarar que con este artículo no pretendo desprestigiar la película ni a su director, a quien admiro desde su primera obra. Con todo el respeto que merece cualquier persona que consiga hacer una película (con todo lo que conlleva) mi intención es analizar algunos elementos de manera superficial con los que Tiempo no sigue el esquema que ha funcionado tan bien en los otros filmes de Shyamalan y aportar algún tipo de propuesta que podrían haber redondeado más la obra. La película ha sido recibida con mucha expectación por público y crítica especializada encontrando la desaprobación de la segunda. Shyamalan juega con el problema de tener grandes títulos que han funcionado muy bien y que superan con fortaleza el paso del tiempo y eso supone un arma de doble filo pues siempre se espera que sus películas estén a la altura de El sexto sentido o la superen.

Lo primero es la historia, hay un buen concepto de película con el que atrapar al espectador pero conforme avanza la trama nuestro subconsciente rescata situaciones y elementos propios de Perdidos, algo imposible de impedir cuando aparece en la pantalla Ken Leung, actor que formó parte de dicha serie. No nos olvidemos que Shyamalan trabaja con el material de una novela gráfica francesa y que adapta una historia ya existente en otro formato pero el parecido con el drama de J. J. Abrams y Damon Lindelof es evidente aunque la conocida serie tiene en el desarrollo de sus personajes su arma más efectiva y en Tiempo, los personajes están poco más que dibujados, no alcanzando la profundidad y el carisma necesarios para hacer posible empatizar con ellos.

En El sexto sentido, El bosque, Señales o La Joven del agua los personajes (al menos los que tenían un mayor protagonismo) estaban muy bien escritos y tenían la función de narrar una historia pero al mismo tiempo estaban cargados de diferentes factores que enriquecían la trama. Los personajes están muy estereotipados y algunos están condenados desde que aparecen por primera vez en la pantalla, como piezas destinadas a un fin muy marcado, despojadas de vida o de realidad fílmica.  

El guion debía de estar escrito como si de una cebolla se tratase, con varias capas de lectura pudiendo disfrutar del metraje cuando todas las pistas que se han ido exponiendo cobraban sentido con un último giro destinado a perdurar en la mente del espectador. El guion de Tiempo tiene un giro que se presupone efectista pero que está colocado quizás demasiado pronto por lo que puede resultar presuntuoso al dar por sentado que el espectador va a continuar la narración sin descubrir lo que ocurrirá más adelante. A eso hay que añadir un final brusco que pasa por alto una explicación a la solución al problema y que finalmente recurre a un deus ex machina obvio para concluir.

Muchos manuales de guion lo indican: todo está inventado; pero eso no significa que no queden historias que contar, el secreto está en la manera de hacerlo. Quizás el peor enemigo de Shyamalan sea él mismo y las expectativas sobre su cine, puede que esté condenado a buscar el giro sorpresa con el que seducir al público en general y eso le lleve a descuidar otros factores clave a la hora de concebir una película, como por ejemplo: el color. El uso de los colores siempre ha sido fundamental en su obra y, en esta ocasión los fotogramas resultan muy impersonales, como si el mayor esfuerzo del cineasta estuviera en llegar al último giro de guion olvidando todo lo demás.

Quizás algo que tampoco ayude sea el tono de prepotencia con el que aborda a su personaje en la película. Algunas veces menos es más y, si bien otros directores hacen cameos en sus filmes (el más conocido es Hitchcock), el director que nos ocupa se guarda papeles que en ocasiones tienen más peso del necesario, pues su presencia debería ser más anecdótica, menos relevante.

Así, la película podría haber conectado mejor con el público y la crítica si estuviera estructurada de una manera diferente, si las pistas estuvieran más cuidadas y pensadas para que cuando encajen tengan un impacto emocional; los personajes mucho más elaborados y una explicación más emotiva a la solución de los conflictos de los protagonistas; no construir la historia en función del último acto y mantener firmeza de principio a fin. Crear una riqueza narrativa con la que emocionarnos al final del viaje; un diseño de producción distinto, más preocupado por la estética y el significado del color y, un pacto infinito con su compositor fetiche: James Newton Howard. Con esos cambios la película podría haber impactado más y erigirse como un ejercicio cinematográfico complejo, reflexivo y filosófico.

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