Eterno retorno

¿Quién lee diez siglos en la Historia y no la cierra al ver las mismas cosas siempre con distinta fecha? Los mismos hombres, las mismas guerras, los mismos tiranos, las mismas cadenas, los mismos farsantes, las mismas sectas ¡y los mismos, los mismos poetas!

León Felipe, “Qué pena”, Versos y oraciones del caminante.

Comenzamos el mes de septiembre con una sensación de déjà-vu, incluso recuperamos la concepción filosófica del eterno retorno; las catástrofes naturales de Haití o Alemania, los incendios forestales de California, los tifones y huracanes, por citar algunos ejemplos, nos traen recuerdos de dramas ya vividos en las últimas décadas.

El inevitable paralelismo al comparar la evacuación de Afganistán y la de Vietnam también invita a la reminiscencia. El amargo sabor que deja el fin de esta misión lo es todavía más tras los sangrientos atentados de los últimos días de la evacuación de Kabul y al ver que los líderes de la alianza no parecen de acuerdo respecto a la consecución de objetivos ni respecto a la decisión de retirar las tropas a la hora de hacer balance de 20 años de intervención.

La ofensiva contra Afganistán comenzó en 2001, tras los atentados perpetrados por Al-Qaeda. Aquella operación también traía aromas de la “tormenta del desierto” de Irak de 1991, pero la reacción del gobierno de G. Bush Jr. se debió a un atentado, el peor de la historia de los Estados Unidos, llevado a cabo de una manera tan sorprendente que los sistemas de seguridad global se pusieron en cuestión.

Esta misión tenía por objetivos combatir al régimen talibán y al terrorismo de Al-Qaeda, encontrar al responsable de los atentados, Osama Bin Laden, y desmantelar su célula, objetivo este último que se consiguió diez años después, en 2011, año en que murió el líder del grupo terrorista asesinado por las fuerzas especiales norteamericanas.

Las connotaciones religiosas de “cruzada contra el terrorismo” o “guerra Santa contra el demonio occidental” han estado muy presentes estas dos décadas durante las que se estableció un sistema democrático en Afganistán, y la desaparición de Al-Qaeda no impidió la irrupción de nuevas bandas terroristas, igualmente djihadistas. Es evidente que la lucha talibán es a favor de un régimen fundamentalista religioso, pero basta escuchar la intervención de Joe Biden tras los atentados del jueves 26 de agosto, en que el Presidente estadounidense pidió guardar un corto minuto de silencio, y posteriormente, emocionado y con una voz rota dijo “dios bendiga a todos, dios bendiga a nuestras tropas y a aquellos que están velando por Estados Unidos”, para recordar que esta misión que ha durado dos décadas no solamente era una operación humanitaria y de democratización que procuraba la estabilidad y seguridad mundial.    

Finalizada la guerra de Djihad vs In god we trust, al menos en territorio afgano de forma presencial, es previsible que occidente cambie de estrategia, obligado el repliegue, sin renunciar a su presencia en otros territorios igualmente  geoestratégicos y probablemente entrarían definitivamente en el tablero Rusia y China, aunque el río está muy revuelto. Como resultado de la ecuación, y puesto que afortunadamente ningún frente parece decidido a lanzar “la madre de todas las bombas” ni a librar “la madre de todas las guerras”, el islam, nuevamente, se enfrenta a sí mismo.     

No tenemos la misma concepción del mundo, de la civilización, ni de la metafísica, por eso a los occidentales nos choca su forma de vida, por eso a los fundamentalistas de oriente medio les choca la nuestra y les resulta obscena.

El error, como siempre, caer en el cliché, identificar islamismo con fanatismo, discriminación de la mujer, tortura, mutilaciones, subdesarrollo, mal visto desde occidente. Desde el propio oriente medio, el peligro está en estancarse en las contradicciones de una región, mosaico sociocultural, cuna de la civilización y el monoteísmo, siempre en el hervidero, en que se han producido numerosos conflictos bélicos desde la antigüedad. El reto del islam, en sentido geográfica y espiritualmente extenso, es superarse a sí mismo.

Bien es cierto que cuando se creó la Conferencia Islámica en Rabat, Reino de Marruecos, el 12 de Rajab 1389H (25 de septiembre de 1969), lo hizo para defender sus intereses, su honor y sus lugares sagrados, tras el incendio intencionado producido en la Mezquita de Al-Aqsa, en Jerusalén, ese mismo año, pero también para fundar un hogar común y superar sus diferencias, y así se plasmó al año siguiente en la Carta de la Conferencia Islámica.

Posteriormente, como fruto de la 19ª Conferencia Islámica de Ministros de Asuntos Exteriores de El Cairo de 1990 (sesión de paz, desarrollo y solidaridad) se obtuvo la Declaración de los Derechos Humanos del Islam, que se inspira en la Sharia, ley suprema y cuerpo del derecho islámico.

Desde mi punto de vista, es un texto humanista y “progresista” en el contexto internacional de aquella época, al tratarse de una interpretación contemporánea.

Como ejemplo les citaré el reconocimiento que se hace al papel de la mujer, y aunque este texto otorga el rol patriarcal al varón en su artículo 6 b)“Sobre el varón recaerá el gasto familiar, así como la responsabilidad de la tutela de la familia”, algo que hace tres o cuatro décadas no era tan diferente en las sociedades occidentales, en este mismo artículo 6 a), leemos, “La mujer es igual al hombre en dignidad humana, y tiene tantos derechos como obligaciones; goza de personalidad civil así como de ulteriores garantías patrimoniales, y tiene el derecho de mantener su nombre y apellidos.”

El problema del islamismo, entre islamistas, se debe principalmente a las diferentes interpretaciones de la Sharia. Cada uno de estos conflictos es un drama tanto para la sociedad internacional en general como para la Conferencia Islámica en particular, actualmente llamada desde 2011 Organización de la Cooperación Islámica, sobre todo cuando se trata de conflictos entre musulmanes.

Bibliografía:

FRAIJO, Manuel. 1992. Fragmentos de esperanza. Ed.Verbo Divino. Estella (Navarra).

Revista de poesía “Nos queda la palabra”, n°4. Febrero de 1977. Madrid.

Sitografía:

https://www.refworld.org.es/publisher,OIC,,,50acbf1c2,0.html

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