Jean-Luc Godard: genio y figura

De entre todos los grandes directores que viven hoy, Jean-Luc Godard comanda, con 60 años de experiencia a sus espaldas, más respeto y reverencia que ningún otro. Él es el enfant terrible de la Nouvelle Vague, ampliamente considerado un genio absoluto del medio. Sin embargo, su obra en conjunto es una mezcla extraña e inconsistente entre la frescura y la verdad de sus primeros trabajos, al anti-cine de sus últimos trabajos, pasando por la desintegración absoluta de cualquier sentido en medio.

Pocas veces me ha ocurrido, a título personal, ver una película por segunda vez porque había olvidado completamente que ya la había visto. Las tres o cuatro veces ha sido con filmes de Godard. Películas aburridas, llenas de nada y sin cualidad alguna que las redima. Masculino/Feminino, Week-End, Film Socialisme entre otras son películas que se olvidan antes de terminarlas. Más en general, el vacío es una constante en su cine. El vacío no como concepto, sino como hecho, una falta de sentido, una verborrea pseudo-intelectual constante y sin significado alguno que suele aparecer en el cine francés pero que en Godard encuentra su máxima expresión.

No es que e vacío necesariamente sea algo malo. De hecho, algunas de sus mejores películas lo son por la frescura e incluso el punto de meta-comentario que su uso de ese vacío genera. Al Final De La Escapada se distingue por ello. Es una película sin pretensiones, ágil, en que el el vacío toma la forma del nihilismo de los dos protagonistas, especialmente en el Michel de Jean-Paul Belmondo. Éste vive para nada más que el presente y sus impulsos a cada momento, es un personaje tan coherente que su misma profesión es la de criminal de poca estofa. Impulsada por unos protagonistas que ni buscan ni parecen querer nada, más que él a ella, Al Final De La Escapada se aparece como una contestación, o más bien una burla, al cine más tradicional del que Godard y sus compañeros de Cahiers du Cinéma renegaban ya años antes. Es tanto la continuación de ese trabajo de crítica como una afirmación positiva de que una alternativa real es posible. Ahí está su genio, y la razón por la cual 60 años después sigue siendo una película fresca e innovadora.

Cobra sentido entonces que Godard pierda toda su fuerza cuando intenta apartarse de ese vacío. No quiero decir que sea incapaz de construir filmes con contenido y significado, pero el mantenerse en esos parámetros nihilistas-fatalistas que traviesan su primera película le da siempre mejores resultados. El Soldadito y Vivir Su Vida son dos de sus películas más convencionales, y a la vez más redondas. El mundo de Godard no tiene problemas para encajar una farsa antibelicista o el descenso de una mujer a la prostitución y su consiguiente incapacidad de escaparla. En cambio, el matrimonio que se desintegra en El Desprecio o las relaciones que intenta tejer en Masculino/Femenino nos llegan en un envoltorio enfarfullado de crítica artística o social que se anula a si misma, y no logra sino confundir y alienar.

Es de nuevo en películas como Banda Aparte y Alphaville que Godard se encuentra de nuevo en su elemento. La primera, una película sobre criminales de pacotilla, donde lo más importante en realidad es la chica. En cierto modo una comedia noir (que no negra), bebiendo de tropos del género y sin embargo relegándolo a un papel secundario. De nuevo la mejor manera de describirla es: sin pretensiones. Alphaville en cambio, está plagada de símbolos e imágenes grotescas. Sin embargo, Godard los dispone aquí como una sátira de ellos mismos, de las convenciones del thriller criminal y de la ciencia ficción. En ella, Godard de nuevo encuentra un vehículo para expresar su nihilismo entre un protagonista que es poco más que un asesino y una ciudad habitada por signos contradictorios que se derrumban, vaciados de significado alguno. Es difícil olvidar ciertos detalles, tanto la voz de Alpha 60 como la existencia de “seductrices de tercera clase”, o escenas específicas como la piscina de ejecuciones.

Cuando a Godard se le nota a gusto es riéndose de todo y de los demás. La burla y el desprecio por lo establecido son las cualidades directrices de sus mejores películas, y atraviesa las demás. A pesar de que Vivir Su Vida presente una historia más elaborada y sencilla, su manera de rodarla y filmarla expresan esa inquietud. Una imagen que personalmente me quedó grabada es una conversación rodada entre dos nucas en vez de caras. A través toda la película hay una voluntad de deconstruir el lenguaje cinematográfico, desarmar ciertos códigos proponiendo los propios. Por contra, a veces busca desarrollar su burla de un modo intelectual y acaba perdido en ella. Tal es el caso en Week-end, de la que en realidad no puedo hablar porque, a pesar de verla dos veces, no recuerdo nada salvo la fantástica secuencia del atasco y la existencia de una sección final llamada “Movimiento de Liberación del Sena y del Oise”, de nuevo una farsa incomprensible.

Reconozco también, a pesar de mi interés manifiesto, no haber visto ninguno de sus filmes entre 1967 y 2010, quizá porque sean los filmes anteriores y los antológicos los más privilegiados entre las bibliotecas públicas. Por un lado cabe esperar que en su período Marxista haya de nuevo una sátira aguda que no necesite de muletas ideológicas para derrocar su objetivo, pero por el otro es probable que tales muletas prendan más peso que nunca. No quiero especular más, sino volver a lo que conozco.

Ya dije anteriormente que Film Socialisme se encuadra entre esas películas sobrecargadas de significados que se tuercen hasta perder el sentido. Sin embargo, la forma misma ya ha evolucionado hacia lo que será posteriormente, una especie de cinema-verité o documental fragmentario, un regreso y magnificación de esas tendencias iniciales a deconstruir el lenguaje. Ahí no ayudan precisamente, porque dificultan precisamente esa tarea de construir un sentido, y se pierde una en su contenido intelectual.

En la última década, con sus dos experimentos indescriptibles, Godard vuelve a revelarse como el genio bufo del cine, a través de la destrucción del cine. Tanto Adiós Al Lenguaje como El Libro De Imágenes son experiencias que he apreciado, pero también son dos largometrajes a los que no puedo llamar películas. Su experimentación formal ha llegado a un punto donde la historia ha desaparecido y las imágenes, cuando aparecen, lo hacen desfiguradas. Los títulos realmente hacen honor al contenido. Los intertítulos yuxtapuestos a las imágenes son siempre irónicos, cómplices del creador y aquí también de una audiencia a la que lleva por caminos liminales, más sensoriales que conscientes, por su crítica y hacia sus conclusiones. De algún modo representan la culminación de ese primer espíritu que nunca le abandonó del todo a pesar de extraviarse y reencontrarse a través del tiempo.

No hay duda de que Godard es uno de los más importantes, y quizá incluso de los mejores, creadores que ha dado el mundo del cine. A pesar de su fama y culto, su obra es una de luces y sombras, como no puede ser de otra manera, desde obras verdaderamente geniales a pastiches si no incomprensibles desde luego aburridos, y no muy memorables. Hace falta sumergirse en ella para encontrar lo que vale y no la pena para cada uno, pero es una inmersión que con frecuencia resulta  sorprendente en positivo. No se trata de denostar un mito, sino más bien de desmitificarlo. Godard es uno de los grandes, pero es también humano, y los humanos erran tanto o más que aciertan.

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