Annette: la representación como único medio de verdad

Annette quiere ser muchas cosas al mismo tiempo: excéntrica y éxito taquillero, profunda y manierista, así como hacernos reflexionar sobre muchos temas: el abismo como condición necesaria del humor, el ego masculino, la explotación infantil, la volatilidad del amor… Siendo tal multiplicidad de pretensiones el desencadenante estándar de una mala película, Annette se salvará tan sólo ante aquellos que valoren como un logro su atmósfera inmersiva propugnada por el inconfundible estilo del autor, así como para aquellos que cuestionen las motivaciones filosóficas detrás de esos rasgos narrativos suyos que la hacen tan desconcertante como única.

Henry McHenry, un comediante de humor negro y una famosa cantante de ópera, Ann, se enamoran, se casan y traen al mundo a su hija llamada Annette. Su nacimiento resulta ser el detonante de todas aquellas inseguridades y miedos, hasta ahora soterrados, entorno a la verdadera compaginación de sus caracteres y carreras antagónicas más allá del momento ilusorio del enamoramiento. Henry es agresivo y transgresor, Ann es dulce y disciplinada. Ann repite todos los días su seria y dramática actuación con éxito asegurado, mientras que Henry se juega en cada nuevo show el rechazo del público con sus imprevisibles actuaciones. Si bien Ann encuentra en la maternidad un atenuante de sus tormentos, la masculinidad tóxica de Henry hace que con la paternidad los suyos se vean maximizados. Parece que Henry percibe en su felicidad matrimonial el fin de ´ese abismo´ cuya evasión- nos confiesa en una actuación- es su motivación personal para ser humorista. Como si no soportase el peso de ´esta supuesta felicidad´ se entrega a su destrucción, explorando la intensidad de su agonía personal ante un público que, por primera vez, le critica pasarse de la raya. Inmediatamente su complejo de inferioridad artística y sus celos hacia su mujer aumentan, y le vemos caer en un alcoholismo y locura que culminan en el asesinato accidental de Ann. El espectro de Ann atormentará a Henry a través de la voz milagrosa de la que se ve dotada la niña, la cual el padre y un director de orquestra (antiguo amante de Ann) deciden explotar llevando a la niña de gira por el mundo.

 Esta trama empieza pareciéndonos de carácter llano y cliché típicos del musical, para luego insinuarnos su profundidad política y acabar por dejarnos hastiados y confundidos al extenderse más de lo debido en un desenlace con elementos de fantasía que ni sorprenden ni plantean nuevas cuestiones. Sus intentos de condensar fantasía, drama y musical con algunas pinceladas políticas y mucho preciosismo a nivel estilístico les sabrán a muchos a un elaborado cóctel que, por pretencioso, acaba por saber a nada.   Es quizás la carencia de interacciones entre los personajes y el hecho de que las pocas que hay se realicen cantando, lo que limita su capacidad para contarnos de forma intrigante una historia con unos elementos políticos y unas buenas actuaciones las cuales, bajo otra dirección, podrían habernos hecho reflexionar no sólo sobre la complejidad de los sentimientos humanos sino también sobre las estructuras y valores sociales que los condicionan (sexismo, manipulación mediática). La poca credibilidad que la historia ofrece se debe tan sólo a las espléndidas actuaciones, casi siempre en forma de monólogo, de sus protagonistas. En general, la película se puede definir como una artificiosa representación de temas y personajes en un mundo de una iluminación brillante y de composición estética.

No obstante, una atención más detenida a ciertas de sus características narrativas sugiere que la credibilidad no es un objetivo del cineasta. Annette se ha concebido como una película que debe hacer evidente no sólo su condición de ficción ante la audiencia, sino también su propia autoconciencia de ser una ficción. Para darse cuenta de ello no hay nada más que evocar el inicio de la película: el casting interpreta una canción en la que se pone en relieve que la película está a punto de empezar, se hace referencia a la indiferencia del autor respecto a la receptibilidad del público, así como al empeño de los protagonistas de actuar lo mejor posible. Esta escena introductoria concentra toda la autoconciencia de representación y énfasis en la estrecha separación entre ficción y realidad sobre la que la película reflexiona. Henry y Ann en sus monólogos solitarios nos anticipan que ´la historia se va a torcer a partir de ahora´ como si ya hubieran visto la película y ahora fuesen conscientes de estar interpretándola. El aspecto de muñeca de Annette, la negligencia con la que se ha intentado hacerla creíble, parece insinuar que para que una verdad (la verdad de la historia) sea transmitida tan sólo hacen falta símbolos, iconos, diferenciados y eficaces por su valor relacional respecto a los otros personajes y no por la credibilidad de su aspecto. El interés del autor por explorar los límites entre realidad y ficción, y la pregunta de¨¿mediante cuál de ellos se puede expresar más verdades humanas?¨, quedan también recogidos en el instante en que dudamos sobre si  aquello que Henry representa en su show- cómo supuestamente ha matado a su mujer sin quererlo – es verdad o mentira.  Otro elemento que también refleja tal inquietud es su decisión de informarnos de los cambios en la vida de los protagonistas a través de lo que la prensa dice de ellos. Carax ha querido impregnar la historia de ése aura posmoderna propia de nuestras sociedades mediatizadas: en vez de mostrarnos la realidad objetiva de la pareja (enseñándonos interacciones largas), tan sólo nos permite conocer su historia de amor a través de sus respetivos testimonios bañados de subjetividad y autoconciencia de representación (pensemos en los monólogos cantados y las actuaciones de Henry), lo que cuenta la prensa rosa, y alguna que otra escena romántica que representa su relación de forma tan poco exacta como una postal lo hace de la convivencia de unos novios durante su luna de miel.

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