Hacer la América: una novela sobre la inmigración en Argentina

“Pocas literaturas han reflejado mejor el variado aporte inmigratorio a la identidad cultural nacional y las diferentes actitudes que ha ido generando en el cuerpo social colectivo que la prosa narrativa histórica argentina. Las relaciones entre “memoria e historia” poseen en el caso de la Argentina una compleja articulación y han generado una creciente ‘conciencia histórica de grupo’…”[1]

A pesar de que el autor del epígrafe se refiere, sobre todo, a la historia, voy a recuperar el aporte que hace la literatura en el mismo sentido. Me propongo demostrar los modos literarios con que Pedro Orgambide da cuenta de la inmigración, el mestizaje cultural y ensamble de perspectivas de quienes vinieron a Argentina, en su novela Hacer la América, frase tradicional y de transmisión oral en nuestro país. La pobreza que se vivía en Europa, sumada a las guerras, impulsaba a las gentes a venir a América, y muchos recalaban en Argentina, tal vez por promesas las más de las veces ilusorias de los gobiernos que proclamaban: “Gobernar es poblar”, en un país tan extenso, pero donde las mayores propiedades de la tierra se repartieron entre familias patricias o adinerados que pagaron previamente para que se exterminaran a los pueblos originarios[2]. La novela no sólo es un excelente testimonio de las variantes culturales, ideológicas y lingüísticas que trajeron los inmigrantes y se mixturaron con los gauchos, sino también un fenómeno especial, que une el cuadro de costumbres, tan estático, con el dinamismo y vivacidad del habla de cada sector de inmigrantes, además de narrar sus peripecias y mostrar sus costumbres, sueños, y vivencias.

Orgambide (1929-2003) es un prolífico escritor de muchos géneros: novelas, poesía, teatro, cuentos y obras de no ficción, injustamente ignorado por las “instituciones literarias” (universidades, entre ellas). En 1974 se exilió en México por su oposición a la dictadura. Volvió al país en 1983. Es el hermano mayor del escritor Carlos Orgambide.

En la novela que nos ocupa, el espacio ficcional se desarrolla en breves narraciones de los hechos vividos por cada personaje, por monólogos interiores de los mismos, o por alucinaciones o sueños que tienen; y entre cada uno o cada una, hay un mínimo espacio en blanco que orienta al lector o lectora. Así, se va armando un mosaico de voces y costumbres judías, españolas, criollas, italianas, alemanas; y se ensambla el pasado memorioso del viejo mendigo que fue soldado de San Martín (clara muestra de las muchas injusticias cometidas), con los deseos y trabajos de inmigrantes y criollos, estos últimos representados en el viejo Nemesio, carrero de profesión, pero que en su juventud ha luchado en la montonera[3]. Desde el inicio de la novela recoge y ayuda a Enzo, recién llegado de Calabria, que alucinaba en un baldío. De manera que, si al principio los personajes aparecen solos, luego se van relacionando en una verosímil mezcla de culturas y de lenguajes, a la vez que se desarrolla su devenir en el “nuevo” mundo. Así, Enzo luego monta una fábrica de velas y de jabón con su compatriota Giovanni, quien en el devenir político de la República se convertirá en un verdadero propietario contrario a los reclamos del proletariado. Enzo, quien de vivir con su “padrino” Nemesio, recala en un conventillo[4], con el tiempo se asombrará con el cinematógrafo y se dedicará a la filmación, pero antes, enamorado de una prostituta (Magdalena), pagará su fianza en la comisaría y se casará con ella. Con el tiempo construyen su casa, se van del conventillo y cuando Nemesio ya está muy viejo, lo llevan a vivir con ellos. Narro ese breve devenir de Enzo, como muestra de la simpleza de los hechos que no parecen constituir una novela con pocos personajes que avanzan hasta el final. Se trata de breves peripecias de cada uno y de todos, que son muchos, como muestra de la configuración poblacional del país, lo que no la hace menos atractiva por su verosimilitud. El conventillo sirve al autor para hacer confluir allí a algunos personajes: el alemán Germán Müller, socialista, Manuel Londeiro, español que trabaja en los muelles hasta reunir el dinero para que venga su mujer Carmen y sus hijos Paco y María, objetivo que logra sin la ayuda de su primo comerciante (oportunidad del autor de mostrar otros ideologemas lingüísticos). En fin, además de estos personajes, se encuentra una familia que representa a la comunidad judía, quienes marchan primero a Entre Ríos, pero luego se radican en Buenos Aires; un poeta socialista que al observar los sainetes empieza a pensar que lo popular pasa por otro lado. En paralelo, un payador-poeta, personaje en quien deposita el narrador diversas visiones en los sueños y alucinaciones, sobre todo de política. Al final de la novela (que abarca más o menos los años 1916 a 1919) aparece Hipólito Yrigoyen como presidente, presentado como populista (aunque no se omite la llamada “semana trágica”[5]) y es entonces cuando el Oriental, Pablo Arce, el payador poeta, sueña con el 45 y la llegada de Perón a la presidencia, y sueña con el sangriento golpe militar de 1976. Así, la novela tiene una bisagra en que desaparecen las peripecias cotidianas de los distintos personajes, para politizarse hacia el final, hecho que muestra de qué lado se pondrán los inmigrantes, junto con el gaucho Nemesio y las tragedias que vivirán ya en esa época los inmigrantes judíos.

Una frase que dice Nemesio pero que el narrador repite varias veces es:

Ayer fue el porvenir y no nos dimos cuenta

Parece una marca de nuestro país. La novela rastrea desde cuándo los odios dividen a nuestros compatriotas. Como resultado de los enfrentamientos mueren algunos personajes. El punto de vista adoptado es el del proletariado enfrentado con las fuerzas del orden. También se hace referencia a la Revolución Rusa y al término de la primera Guerra Mundial.

La novela se organiza en torno a cada inmigrante encontrándose con  otros o con gente de la tierra, como ya se dijo, pero no solamente toma la forma de narración, sino que incluye los versos del payador Pablo Arce; descripciones de los sainetes de Ángel Bardi; apariciones milagrosas o fantasmales; episodios eróticos entre un pequeño muchachito español de trece años y una bailarina de zarzuela y entre el italiano Giovanni y la viuda con quien se casa; digresiones sobre el teatro del profesor Katz, venido de Rusia y maestro de una joven de la comunidad judía; una descripción en paralelo de la filmación de Enzo y sus indicaciones; oratorias de inmigrantes socialistas en su “Ateneo”; etc. Bien como decía Mijaíl Bajtín, Hacer la América representa el género en su absorción de otros géneros.

Finalmente quiero citar algunos ideologemas lingüísticos, que, como ya se dijo, arman el mosaico de culturas. Dice Nemesio, en estilo indirecto libre: “El criollo y el gringo son como el indio y el cristiano: buenos por su lao y malos en yunta. Pero si ponés atención, Enzo, si no andás haciendo el charabón entre el compadraje, a lo mejor salís de sonso” (voz de gaucho, en las palabras, ideología de gaucho de la época) (Pág. 19)[6]; “…este gallego es una bestia…”(16) comenta el capataz ante Manuel Londeiro que carga bolsas en el muelle; “El que nació pobre se jode, piensa Manuel Londeiro” (27); “Magdalena no le puede contar… cómo le va a decir que se acostó con  Enzo después de cobrarle la ficha por un tango…” (140) (Magdalena y Carmen, la mujer de Londeiro); “Frente a la pizarra del diario, un grupo de jóvenes elegantes dan vivas a  la Patria y mueras a los gringos” (177). Hay pintadas en las paredes en contra de los judíos; etc.

Por último, la frase “hacer la América”, aparece en varios personajes que intentan el progreso de alguno que otro modo. Y ha quedado registrada en nuestro vocabulario oral, tal vez como homenaje a aquellos que iniciaron el poblamiento y el devenir del país.


[1] Ainsa, Fernado (2000): Entre Babel y la tierra prometida. Narrativa e inmigración en la Argentina. En Amérique Latine. Histoire y mémoire.

En: https://journals.openedition.org/alhim/87?gathStatIcon=true&lang=fr

[2] Ya Juan Bautista Alberdi veía en la inmigración una forma de desarrollo de Argentina. Entre 1880 y 1930 Argentina fue el país que tuvo la mayor cantidad de extranjeros con relación a su población total.

[3] Durante el largo periodo de su constitución como país, en Argentina había líderes (caudillos) que representaban a sus regiones, y los gauchos que los seguían conformaban la montonera.

[4] Las casas de inquilinato donde se alojaban los inmigrantes tenían cuartos para cada familia o persona sola, y en ellos mismos cocinaban. Se llamaban familiarmente ‘conventillos’. Se compartía el patio y el baño. El patio, sobre todo, era el sitio donde se mezclaban los idiomas y donde (según una hipótesis) se gestó el lunfardo, hoy en el estrato lingüístico del castellano de la Argentina.

[5] Del 7 al 14 de enero de 1919, en Buenos Aires, se desataron graves incidentes entre manifestantes obreros anarquistas y grupos de choque que respondían a las patronales enfrentadas además con el gobierno de Yrigoyen. En esta situación, los Trabajadores llevaron adelante ciertas medidas de fuerza para reclamar y luchar por mejores condiciones laborales, sin embargo, se desató una tragedia que se cobró la vida de cientos de obreros que se movilizaban por una causa justa. Esta fue la más sangrienta de las represiones que sufrió el sector de trabajadores en la historia argentina.

[6] Orgambide, Pedro, Hacer la América (1984). Buenos Aires, Bruguera.

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