La Piel Que Habito: Cuerpos extraños

Pedro Almodóvar es un cineasta inquieto, cuyo cine ha ido transitando sobretodo entre la comedia y el drama, con frecuencia entreligadas, pero que también ha contado con excursiones ilustres en el cine de suspense. La Piel Que Habito es más bien una aproximación al cine de terror que no tiene demasiado interés en aterrorizarnos directamente, sino a través de la perversa relación entre el doctor y su víctima. Lo que realmente la hace interesante es la intersección entre ese elemento del terror y dos temas que tradicionalmente han tenido gran presencia en las películas de Almodóvar: la violencia y la identidad.

Basada en la novela Mygale de Thierry Jonquet, tiene un referente cinematográfico claro en Los Ojos Sin Rastro de Georges Franju. Aunque en ambas el crimen y el horror tienen un lugar destacado, tanto Almodóvar como Franju logran expresar el horror casi por entero en forma de suspense y tensión. Se trata ésta de un película sin lugar a dudas perturbadora, pero en la que el protagonismo recae en los sentimientos y las relaciones interpersonales. Antonio Banderas, Elena Anaya y Marisa Paredes conforman un triángulo en tensión permanente, en los personajes de Robert Ledgard, Vera, y Marilia. Doctor, víctima, y ama de llaves, las relaciones entre ellos van evolucionando entre la confianza, la desconfianza y el menosprecio. En el fondo, siempre la pregunta principal: quién es Vera?

Poco sabemos, solamente que está cautiva en la casa del reputado cirujano, quien cuenta con un laboratorio y quirófano privados y la ayuda inestimable de Marilia. Descubrimos su dinámica, con una Marilia inflexible, Vera intentando escapar o suicidarse y Robert salvándola y experimentando en ella repetidamente. Todo se rompe cuando el hijo de Marilia, Zeca, llega huyendo de la justicia. Al confundir a Vera con otra mujer, y ante la negativa de Marilia, él la ata para violar entonces a Vera, que le pide que la ayude a escapar. Robert llega entonces y mata a Zeca. Marilia revela entonces que Robert le dio a Vera la aparencia de su mujer Gal, desfigurada tras un accidente de coche con Zeca y quien se suicidó tras ver su reflejo. Su hija Norma, que presenció el incidente, quedó traumatizada. Esa noche, Robert y Vera duermen juntos por primera vez.

Aquí se concentra gran parte del horror físico, del que vemos o se implica en las escenas. Vera intenta suicidarse, vemos a Robert crear sobre un maniquí perfectamente delineado piezas de piel como en un puzle, y luego como las ha aplicado a Vera. Presenciamos la violecia de Zeca, la violación, y su muerte, así como el suicidio de la desfigurada Gal. Tales escenas varían en su efecto, pero en conjunto van solidificando la incomodidad que de base genera el planteamiento de la película. Sin embargo, el horror verdadero está a punto de empezar. Mientras Robert y Vera duermen, somos transportados a un momento clave en su pasado.

Por parte de Robert, recordamos una boda en la que Norma, en plena recuperación, parece pasarlo bien. Sin embargo, cuando toda la juventud se dispersa por los jardines en busca de intimidad y sexo, Robert va en su busca. Tras cruzarse con una motocicleta, encuentra piezas de ropa de Norma, y a ella tirada en el suelo. Cuando despierta, Norma empieza a gritar, traumatizada. Tras regresar al centro psiquiátrico y desarrollar un trauma hacia su padre, termina suicidándose ella también. Robert se deshace entonces de Marilia y la servidumbre.

Entonces pasamos a Vera. Vemos a Vicente, un chico que trabaja en la tienda de su madre, intentando coquetear con su compañera de trabajo Cristina, que es lesbiana. Vicente toma unas pastillas y se dirige a la boda. Ahí conoce a Norma y, creyendo que va también colocada tras enumerar su medicación, empiezan a tener relaciones. El trauma de Norma aflora al oír una canción que su madre le enseñó, y Vicente la agrede y huye en motocicleta tras dejarla inconsciente. Robert persigue entonces a Vicente y le mantiene cautivo hasta que, tras enterrar a Norma, reúne a su equipo para practicarle una vaginoplastia. A lo largo de los años, Robert va transformando a Vicente en Vera, una copia física de su difunta esposa.

He ahí el horror verdadero. Más allá del primer cautiverio, la realización de Vicente y su lucha desesperada por escapar y mantener su identidad bajo la apariencia de Vera constituyen el principal drama de la película. Evidentemente el melodrama de los suicidios, y sobretodo la violación de Norma constituyen elementos dramáticos más chillones, y de algún modo justifican el camino que Robert decidió tomar hasta aquí, pero a la luz de esa revelación todo lo anterior cobra un nuevo sentido y, si cabe, aún más urgencia. La lucha de Vera no es tan sólo por escapar físicamente, sino para escapar también de esa identidad que se le impone desde arriba.

Ése es un horror muy real y muy familiar para millones de personas en la vida real. Me refiero sobretodo y en primer lugar a las personas trans, que emprenden luchas dispares no solamente contra el entorno sino incluso a veces con ellas mismas para poder llegar a comprenderse, pero también a las personas LGTBIQ+ en su conjunto, e incluso a personas socialmente ‘normales’ que sencillamente buscan trazar su camino más allá del establecido o del que se espera de ellos. Para mí especialmente, la fuerza del filme reside precisamente en esa lectura queer que es casi inevitable en  películas como ésta, que beben directamente del body horror.

El horror generado por el propio cuerpo no es nada extraño para muchísima gente, gente que sencillamente no encaja en los cánones, o gente que se ve forzada por la presión social a encajar en ellos muy a pesar suyo. Éstos son relatos de alienación, que pueden tomar muchas formas. En el horror fantástico o de ciencia ficción más tradicional, encontramos los ultracuerpos, que infectan y copian humanos, o en The Stepford Wives la substitución de las mujeres por androides perfectos generan esa alienación en las mujeres humanas que llegan por vez primera. Es un sentimiento que, más allá de la literalidad de sustituir el cuerpo propio, casi todo el mundo sufre en mayor o menor medida, lo que se suele llamar una ‘crisis existencial’. Ante ello caben dos categorías de respuestas: la asimilación y la rebelión.

Para lo que parece ser una mayoría de la gente, el camino más fácil y menos costoso es el de asimilarse, el de pretender que se encaja en los postulados impuestos, o incluso el de asumirlos como enteramente propios y convertirse en un engranaje más. Sin embargo, también hay siempre quien opta por romper, a veces por el hecho mismo de romper pero casi siempre porque en realidad la asimilación no es posible sin asumir la propia muerte, real o metafórica. Una tercera reacción es la clandestinidad, el híbrido en que no es posible sacrificar el yo a los dictados sociales pero vivir fuera de ellos resulta inasumible.

Esa ha sido con frecuencia la vía escogida por la disidencia, ante la imposibilidad de la confrontación o la convivencia. Esa es también, tras intentar por todos los modos la rebelión, el camino que toma Vera. Cuando es incapaz de escapar o de frenar la violencia que sufre a diario, explícitamente en forma de experimentos y antes de tortura, pero implícitamente en su cautiverio y a través de los objetos que Robert o Marilia envían a diario (como ropa o un kit completo de maquillaje) con su propia violencia, que termina ejerciendo sobre sí misma para escapar mediante la muerte, Vera no tiene otra salida que esconder su lucha en sí misma y ganar la confianza de Robert para poder salir. Tras ganarla defendiendo a Robert de su colega Fulgencio, que sospecha que Vera es Vicente, Vera le mata tanto a él como a Marilia y logra regresar a casa, cerrando el filme con la frase perfecta: “Soy Vicente…”

Es difícil, de hecho, exagerar el grado de violencia a todos los niveles, no siempre físico pero desde luego médico, institucional, social, y a pesar de todo, cultural, que se ejerce sobre la disidencia social, especialmente contra las personas LGBTIQ+. Intersexuales operadas nada más nacer para conformar los genitales a uno de dos modelos, sexualidades y modos de relación estigmatizados e incluso tildados de antinaturales a pesar de amplias evidencias de su existencia en la naturaleza y a través de toda la historia humana. Identidades rechazadas por no encajar en los marcos establecidos.

Por todo eso y por mucho más es irónico que la película vuelva las tornas y ponga toda esa violencia sobre un chico blanco y heterosexual. Es una ilustración poderosa de dinámicas muy reales, que debieran servir para empoderar a unos y hacer reflexionar a otros sobre el uso de su propio poder y de sus privilegios. No se trata de un panfleto, pero es inevitable encontrar cierta reflexión sobre la política y el poder. Más allá del horror hay que ser conscientes de la realidad que se esconde tras la pantalla.

1 Comentario

  1. No soy mucho de ver a Almodóvar pero esta es una de mis películas favoritas. La trama me atrapó desde el primer instante y una razón de que la vea una y otra vez, es que me encanta ese body horror que se maneja para inquietar al espectador. Creo que no he visto nada similar en ninguna otra cinta.

    Muy buen análisis, gracias por compartir.

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