La Resucitada de Emilia Pardo Bazán. Volver de donde no se puede

<Ardían los cuatro blandones soltando gotazas de cera. Un murciélago, descolgándose de la bóveda, empezaba a describir torpes curvas en el aire. Una forma negruzca, breve, se deslizó al ras de las losas, y trepó con sombría cautela por un pliegue del paño mortuorio. En el mismo instante abrió los ojos Dorotea de Guevara, yacente en el túmulo>.

Así comienza la triste historia de Dorotea de Guevara, una mujer que “resucita” de la muerte y que intenta volver a la vida que siempre había tenido.

Emilia Pardo Bazán (1851-1921) fue una de las escritoras más prolíficas de la literatura española. Compuso más de cuarenta novelas, siete dramas y alrededor de quinientos ochenta cuentos fantásticos, entre los que se encuentra La Resucitada. Además, fundó y dirigió La biblioteca de la mujer, primer paso para consolidar los derechos de las mujeres en España.

La literatura del siglo XIX está llena de fantasmas. En la ultratumba podemos encontrar cientos de relatos fantásticos dedicados a la desafortunada costumbre victoriana de ser enterrado vivo; sin embargo, pocos consiguen el efecto demoledor de La Resucitada de Emilia Pardo Bazán.  La escritora bebe de las influencias ejercidas por dos grandes maestros del relato fantástico: Edgard Allan Poe y E.T.A Hoffman. Así, a la manera de Poe, la escritora gallega parte de lo racional y lo cotidiano para construir el efecto fantástico. 

El relato de La Resucitada puede ser considerado la antítesis del cuento de Edgar Allan Poe, El Entierro Prematuro, protagonizado por un hombre obsesionado con la certeza de que será enterrado vivo, hecho que finalmente no ocurre.  Sin embargo, en el relato de Pardo Bazán, somos testigos del despertar de una mujer, Dorotea, la cual sí había sido enterrada viva.

<Bien sabía que no estaba muerta: …… Allí el féretro, allí los cirios… y ella misma envuelta en el blanco sudario, al pecho el escapulario de la Merced. Incorporada ya, la alegría de existir se sobrepuso a todo. Vivía; qué bueno es vivir, revivir, no caer en el pozo oscuro>.

La mujer caminó y caminó hasta que al final llegó a su casa, a su verdadera casa. Ella llamó a la puerta y, aunque no le fue nada fácil, consiguió entrar. Cuando la vieron su marido y sus hijos, se produjeron chillidos; pero no chillidos de alegría, no; sino de espanto. ¡Ella, que creía que sería recibida entre exclamaciones de intensa felicidad!

La familia intentó, día tras día, aparentar su satisfacción por tenerla de nuevo a su lado, pero ella sentía que la convivencia no era nada agradable y, disimuladamente, todos la huían.

Una noche, la resucitada quiso acariciar a su marido y, mientras lo hacía, pudo comprobar el terror que había en los ojos de su esposo. En ellos le pareció leer la siguiente frase: De donde tú has vuelto, no se vuelve… Fue en ese momento cuando Dorotea entendió que su familia estaba aterrada al estar con una persona que ya había muerto. Ella, que pretendía reintegrarse a su vida previa después de haber sido enterrada viva en su sepultura, es detestada por su familia. Este intento se convierte en un fracaso comunicativo proveniente de la imposibilidad de concebir la porosidad entre la vida y la muerte. Su insatisfacción surge de la pérdida de reconocimiento y aceptación mutua entre Dorotea y su entorno doméstico familiar, razón que impulsó a Dorotea a volver a su tumba y permanecer allí para siempre.

Emilia Pardo Bazán sorprende con un final verdaderamente contundente. De todos los fantasmas que abandonan sus féretros, La Resucitada se destaca por ser la única que añora el regreso a la tumba.

El relato muestra los límites impuestos por la ciencia y la religión, la vida y la muerte, y propone al lector reconsiderar estos límites y llevar a cabo una reflexión personal sobre las decisiones posibles ante situaciones inesperadas e incomprensibles.

<Dorotea bajó lentamente a la cripta, alumbrándose con un cirio prendido en la lámpara; abrió la mohosa puerta, cerró por dentro, y se tendió, apagando antes el cirio con el pie…>

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