Harakiri: La muerte del honor

Hay pocos cineastas que sepan conjuran tan bien la injusticia individual con la denuncia social como en su día lo hizo Masaki Kobayashi. A pesar de ser una película de samuráis, Harakiri (1962) no es sólo su mejor película, sino también su obra de denuncia más aguda. En ella se unen la maestría en el movimiento y la composición con una trama perfectamente conmovedora a la vez que compleja y sorprendente. Se trata de una obra cumbre, a caballo entre la crítica social abierta de sus primeras películas y su celebrado paso posterior por el jidaigeki (películas de época).

Sin duda los años de 1959 a 1967 marcan el momento de mayor plenitud para Kobayashi. Tras demostrar ya sus dotes para la dirección y sobre todo para la composición de planos, empieza el monumental proyecto de La Condición Humana, una trilogía antibelicista de nueve horas de duración que adapta la exitosa obra homónima publicada por Junpei Gomikawa entre 1956 y 1958. Estrenada entre 1959 y 1961, la trilogía refleja el viaje y la degradación de un hombre que intenta sin éxito mantenerse al margen de la guerra y del ejército japonés, sin lograr evitar ya desde el principio ser cómplice de sus crímenes. Tatsuya Nakadai, su actor protagonista, repite con él en 1962 en Harakiri. Para terminar una década prodigiosa, Kobayashi monta la lujosa y espectacular Kwaidan en 1964, una antología de cuentos de terror japoneses, y Samurai Rebellion en 1967, con la que vuelve tanto a la sobriedad como a la fórmula de Harakiri, enfrentando a un samurái ejemplar a la tiranía de la jerarquía feudal.

Éstas son sin duda las más conocidas y celebradas de entre las obras de Kobayashi, y con razón. A pesar de la magnitud de La Condición Humana o la belleza de Kwaidan, de entre todas ellas sobresale especialmente Harakiri como expresión última de su sensibilidad. Para ello contó con un elenco bien conocido y también en el apogeo de sus carreras, especialmente el director de fotografía Yoshio Miyajima y el protagonista, Tatsuya Nakadai, con quienes ya rodó La Condición Humana. Por aquel entonces, Miyajima era considerado el mejor director de fotografía de Japón y, aunque ya había consolidado su carrera con la trilogía anterior, Nakadai se consagraría en los años y décadas venideras como uno de los mejores intérpretes japoneses de todos los tiempos. Es el producto de un equipo y un elenco en estado de gracia, dirigidos con maestría.

La historia se vincula al principio del seppuku o harakiri, el suicidio ritual de los samurái tras ser deshonrados. Tras la unificación del Japón, muchos samuráis y señores opuestos al Shogun Tokugawa se vieron desprovistos de tierras y empleos. En un tiempo en que los samurái emprendieron la transición de guerreros a burócratas, miles de ellos se vieron rebajados a empleos comunes y a una subsistencia precaria. Ése es el punto de partida, pues un samurái ya entrado en años, Tsugumo Hanshiro (Tatsuya Nakadai), se presenta en la noble casa de Ii a pedir un sitio decente donde practicarse el harakiri. Como advertencia, pues al parecer tal petición era usada por muchos para tratar de obtener un empleo o una limosna de la casa a la que acudieren, el chambelán le cuenta el caso de un joven samurái que perteneció al mismo clan que Tsugumo. El joven Motome Chijiwa vino pidiendo el mismo favor, esperando limosna, y cuando fue obligado a hacerse el harakiri. Así la casa de Ii esperaba disuadir a otros y mantener su reputación de nobleza y firmeza. El joven intentó escabullirse por todos los métodos, sin éxito. Rodeado por los hombres de la casa de Ii, se rinde y es conducido a un patio donde se le da su propia arma corta. Llega entonces quizá la más célebre y repugnante escena del filme, una de las más viscerales que se hayan filmado, en la que Motome intenta por todos los medios abrirse el vientre con un tallo romo de bambú. En su penuria, había vendido el filo de sus espadas.

El resto de la película explica los motivos de Motome y Tsugumo para acudir a la casa de Ii, los motivos de Motome para intentar ganar algunas horas más, y algunos episodios que dejan al desnudo la hipocresía de la casa de Ii. A pesar de una batalla cruenta y la violación de la sagrada armadura ancestral de la casa de Ii, con la que se abre y cierra la película y que toma presencia en ciertos momentos críticos para el caso de Motome, el chambelán simplemente anota que Tsugumo se hizo el harakiri y algunos sirvientes de la casa enfermaron y murieron.

Con este resumen se hacen visibles los elementos fundamentales que estructuran la denuncia del filme: la absurdidad de unos valores opresivos que no hacen sino generar miseria y dolor, la hipocresía de aquellos en el poder que supuestamente deben ejemplificarlos y salvaguardarlos, y la impotencia individual al enfrentarse a un sistema injusto. Es una crítica que se proyecta hacia adelante en el tiempo, desde el siglo XVII hacia el Japón de 1960, que miraba atrás hacia el “espíritu samurái” para salir adelante tras la posguerra, habiendo sido a su vez uno de los factores que arrastró a Japón a tratar de forjar un imperio en las décadas anteriores.

La dicotomía entre un Japón aferrado al pasado y un tiempo cambiante que arrastra la sociedad en nuevas direcciones es un tema que surge frecuentemente en los dramas contemporáneos de la época, y especialmente esa crítica muy explícita a las altas jerarquías es una constante en Kobayashi. Ya se da en su primeriza La Habitación de Paredes Gruesas, sobre criminales de guerra menores, inculpados y abandonados por los mismos superiores que instigaron u ordenaron esos crímenes y quedaron libres. Aunque en ella se repite mucho la frase de que “no somos verdaderos criminales de guerra”, la impresión es más bien que toda la sociedad es corresponsable de esos crímenes, y que es una carga que Japón debe asumir y afrontar, y que fueron los pobres diablos en el frente quienes cargaron el muerto por todos.

En Kobayashi se siente esa sensibilidad profundamente humanista que caracteriza a tantos de los mejores directores. Su protagonista, Tsugumo, a pesar de ser samurái y de no vender sus espadas a pesar de las penurias, no tiene reparos ni inconvenientes en vivir como un mero artesano, ni que su yerno se dedique a la enseñanza básica. La supervivencia y la dignidad son los valores que encumbra la familia en el núcleo de la historia, y que van revelando el celo de la casa de Ii como expresión de su arrogancia antes que nada. Los episodios que narra Tsugumo, puntuados finalmente por la entrada en el diario del chambelán, señalan como la firmeza de la casa de Ii se preocupa, en primero y último lugar, de la respetabilidad de la casa, entendida no como cultivo de sus supuestos valores sino como preserva de la apariencia de éstos.

Hay que remarcar la existencia de un remake de 2009 a manos de Takashi Miike, en la que todo ese jardín de símbolos y significados se pierde en pos del espectáculo y la simplicidad. En la obra de Kobayashi hay tres personajes en la casa de Ii que cobran protagonismo conjuntamente en la ejecución de Motome, y que reciben luego su justo merecido, pero que se entienden como mera expresiones de un sentimiento general. Es decir, que son los avatares del consenso que impera en la casa de Ii. En la interpretación de Miike, sin embargo, el episodio de Motome se erige en iniciativa casi exclusiva de esos tres, que se presentan como instigadores y ejecutores de una injusticia individual.

Por lo tanto se crea entre las dos una oposición interesante. Mientras que Miike reduce el conflicto a un duelo maniqueo entre los hombres malos y los hombres buenos, y la casa de Ii es más bien el escenario, Kobayashi presenta a la casa de Ii como el motor de esa maldad, y a los tres personajes como los meros ejecutores de esa voluntad colectiva pero a la vez jerárquica. Aunque Kobayashi no era comunista, podemos decir que su Harakiri presenta una crítica de cariz Marxista, es decir, estructural y social. Apunta al edificio podrido y señala tanto la podredumbre como la necesidad de derruirlo, aunque un héroe solo nunca pueda ser suficiente. En cambio, Miike nos presenta con un esquema neoliberal: la injusticia es el resultado de las acciones individuales, y son los individuos que deben resarcirla. Mientras uno apunta a la historia, otro se queda en la anécdota.

Más allá de la crítica social, que es el elemento que eleva definitivamente la historia a otro nivel, todos los elementos técnicos se conjugan a la perfección. Tanto la composición como el movimiento, cuyo dominio Kobayashi ya había demostrado anteriormente, rozan la perfección con la complicidad de Miyajima, que ya elevó con mucho la técnica de La Condición Humana. El harakiri de Motome es una escena que todo el mundo debe ver por la combinación de lo expresivo de la cámara con la precisión de ésta y de la edición. Nakadai, interpretando un personaje el doble de viejo que él, está imponente en una película en que todas las interpretaciones están ajustadas al milímetro. La música, bella a la par que inquietante y amenazadora, merece un capítulo aparte, así como los detalles de la armadura y los arcabuces de los soldados de Ii, que dan para otras muchas interpretaciones. En fin, pocas películas hay más ricas en significadas, claras en su propósito, y que se acerquen tanto a una ejecución perfecta. Es sin duda una obra cumbre del cine.

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