La ética imposible del hipertexto

Se dice que Cortázar y Borges fueron los precursores de lo que hoy conocemos como ´hipertexto´, un tipo de escritura no secuencial, propia del medio digital, en aquel que el usuario navega libremente y crea diferentes itinerarios entre bloques de texto conectados entre sí por nexos. Este planteamiento de experiencia del texto se ha visto, en los últimos años, reflejado también en el teatro bajo el nombre de ´hiperdrama´. Tal propuesta teatral se caracteriza por fomentar la libre interacción del público con los personajes, la construcción de situaciones dramáticas en un espacio, donde lo ficticio (los personajes) se entremezcla con lo real (la audiencia). Ambas formas de representación se distinguen por difuminar la intención creadora del autor en la serie de sucesos que acontecen, reforzando, a cambio, el peso del azar y de la autonomía interpretativa del espectador. A continuación, ofreceré una reflexión sobre la ética imposible inscrita en tales modelos de ficción.

¡Qué libres nos hace el no percibir por ningún lado la intención creadora del escritor en el hipertexto ni la del dramaturgo en el hiperdrama! Nos invade una sensación de deliciosa autonomía mientras correteamos por sus siempre impredecibles rutas, al ver que hemos abandonado esas tiránicas tramas con un destino definido. ¡Qué ligeros resultan nuestros pasos y juicios al no esmerase en hallar en el recorrido un propósito o moral concretos! Y cómo nos regocijamos ante la belleza de nuestro deliberado movimiento o quietud: podemos elegir hacer gráciles piruetas y retrocesos, habitar una infinitud de inconexos encuentros con personajes y sensaciones, o si lo preferimos anclarnos en un pasaje y descubrir en él esa verdad que realmente nos incumbe. No hay estructura y, por ende, en muchas ocasiones, temporalidad alguna que nos constriña. Los hipertextos y hiperdramas no sólo son formas de ficción superiores por resaltar la centralidad de nuestra subjetividad y juicio propios, sino también por despertar nuestro sentimiento de dependencia hacia los otros, recordarnos nuestra sensibilidad social. En un hipertexto, el impacto que el ´otro´ (un personaje) produzca en nosotros quedará evidenciado en la violencia con la que decidamos escucharle o rechazarle, con la irascibilidad con la que saltemos de párrafo o no. En el hiperdrama, nuestra ´recuperada´ sensibilidad se hará patente en nuestra decisión de permanecer en una sala o no charlando con un personaje.  Bajo estas configuraciones dramáticas, nace un nuevo sentido de sensibilidad, como ´el poder repudiar o poner fin a aquello que nos afecta´. Según este nuevo sentido, la rigidez de la obra clásica, precisamente por obligarnos a ´experimentar a unos los personajes y situaciones de forma ordenada en el tiempo ´, entumece nuestra sensibilidad ya que concibe nuestra relación con ´el otro´ como un ´deber inevitable´ en vez de como una consciente elección subjetiva. Parece que según estas premisas nuestra incapacidad de elegir lo que vivimos y sentimos- se traduce en nuestra incapacidad de formarnos el juicio que queramos, de ser lo que queramos. Así pues, parece que el hipertexto y el hiperdrama refuerzan una visión de la libertad como capacidad de evadirnos de situaciones cuando estas no nos gustan y en un reduccionismo de la realidad interior a la exterior. Debemos elegir bien en qué pasajes, en qué salas o con qué personajes nos quedamos, que experiencias tenemos, porque cada experiencia nos condicionará de una manera muy determinada. ¿No esconde esta aparente atractiva visión de la libertad un determinismo implícito? ¿Un pesimismo respecto a nuestra capacidad de interpretar de diferentes formas una determinada realidad estructurada?  ¿Una visión empobrecida y categórica de lo que una realidad concreta (un espacio, tiempo, trama) puede suscitar?  

Aun así, debemos alabar del hipertexto el gran optimismo en el que se fundamenta su esperanza de que su formato desarticulado y relativista aliente un mayor intercambio entre perspectivas y subjetividades, acercándonos así no sólo a un mayor enriquecimiento personal sino, también, a una especie de terapia social a favor de la tolerancia y la diversidad. Presupone, que, los espectadores, tras ver su subjetividad individual reforzada gracias a su experiencia única del ´hipertexto´, encontrarán un espacio común en el que compartir y contrastar experiencias, y que todo esto lo harán bajo la máxima tolerancia e interés por el otro. Constituyendo esta posibilidad un verdadero ideal, el sentido común me dice que estamos lejos de conseguirlo. El tipo de experiencias a las que nos sometemos moldea nuestro carácter, y si tan sólo estamos acostumbrados a participar en ficciones que nos encierren en nuestra subjetividad, si la presencia del otro es algo de lo que siempre podemos prescindir en base a nuestras apetencias inmediatas, ¿Cómo poder llegar a suponer que luego en la vida real soportaremos su desconcertante presencia? Si entendemos la identidad como algo que se construye narrativamente, nuestro consumo de ficciones desarticuladas en las que se nos permita experimentar tan sólo aquello que nos apetezca -en base a unas inclinaciones ya formadas- nos impulsará a crear una realidad igual de fraccionada: ante el vértigo y esfuerzo que puede suponer a veces comprender ´al otro´ siempre podremos volver a un espacio amable donde se retroalimente nuestro previo sentido de identidad. Siempre podremos volver a los foros en los que tan sólo escriba gente con nuestra misma ideología, volver a entretenernos con esos productos culturales en los que tan sólo se vean reflejados nuestros miedos, ilusiones y creencias más familiares. El que nuestras identidades puedan compartir puntos en común cada vez se presentará ante nosotros como una posibilidad más y más remota. Finalmente, cuando la realidad emule a la perfección las dinámicas del hipertexto y el encuentro con ´el otro´ sea siempre fruto de una apetencia inmediata y algo que podamos evitar, la ética, concebida como ese conjunto de valores comunes derivados de una experiencia colectiva, se convertirá en un ideal imposible.

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