La indomable Dune

Hay textos que se resisten a ser transformados. A traspasar el espacio para el que fueron concebidos. Textos que apelan a determinado tipo de atención y relación con el lector/espectador. Textos que constituyen un salto al vacío sin red para quienes se aventuren en esas aguas indescifrables de la creación.

Dune (1965), la novela original de Frank Herbert que posteriormente se transformaría en una trilogía y finalmente en un saga de ciencia ficción millonaria en ventas; es uno de esos textos que se opone a ser domado por el cine, incluso la televisión.

Su particular derrotero narrativo y su tejido dramático, al menos de entrada, no parecen ser menos complejos y diversos que aquellos que atraviesan textos monumentales como El Señor de los Anillos de J. R. R. Tolkien ni el de Juego de Tronos de George R. R. Martin, que pese a ello han conseguido honores y aceptación a nivel global. Dune, sin embargo, parece estar aún lejos de ello.

Una vez más, el Séptimo Arte vuelve a recorrer las circunstancias de ese deseo, para afrontar las consecuencias del mismo. Célebre más allá de sus páginas por los ¿fracasos?, quizás frustraciones de Alejandro Jodorwsky y David Lynch o el poco respaldo que alcanzaron sus adaptaciones para la televisión; Dune retorna a las pantallas, esta vez de la mano de Denis Villeneuve y Warner Bros, recogiendo el testigo de Universal Pictures y Dino de Laurentis.

El reclamo industrial y la euforia del público actual por el fantástico y la ciencia ficción, han sido los motores de esta aventura cinematográfica que se ha ganado con ligereza el adjetivo de “maldita”. En tanto que entre sus páginas alberga un universo que a la fecha, reclama todas las banderas del relato social de estos tiempos: libertad, tolerancia, ecología y equidad.

A la fecha, con 77 millones recaudados a nivel mundial y esperando por el estreno en Estados Unidos (22 de octubre) y un paseo por los canales del Festival Internacional de Cine de Venecia, el Dune de Villeneuve parece estar salvando los escollos de la taquilla, incluso en estos tiempos de pandemia, aunque eso sí, todavía lejos de cubrir los 165 millones de dólares que costó producirla.

Con 40 millones de dólares de presupuesto y una recaudación de casi 31 millones en el mercado doméstico (Canadá y Estados Unidos), los gritos de estrepitoso fracaso no tardaron en llegar para el Dune (1984) de David Lynch. Cierto es que el film consiguió otros casi 31 millones a nivel mundial que suavizaron el golpe si es que lo hubo. Ni qué decir el largo recorrido y fascinación que sigue demandando en soportes caseros, televisiones y ahora plataformas.

Sin embargo, frente al éxito de Stars Wars (1977, un film deudor de la obra de Herbert) que recaudó en su momento 460.998.507 con apenas 11 millones de presupuesto, la leyenda negra no tardó en envolver al film; recogiendo además las anécdotas del demandante y conflictivo rodaje, casi a juego con films predecesores como Intolerancia (1916) de David W. Griffith  o Cleopatra (1963) de Joseph L. Mankiewicz.

Para su Dune, Villeneuve ha contado con Eric Roth y Jon Spathis como compañeros de guion. La adaptación de los tres creadores ha privilegiado la acción sobre el tono introspectivo de Lynch, quien en su momento escribió en solitario el guion de su versión.

A partir de allí, el film no está lejos de la construcción que han seguido otras franquicias, incluidas Harry Potter y la Piedra Filosofal (2001) de Chris Columbus y Star Wars: El despertar de la fuerza (2015) de J. J. Abrams; en su objetivo de alejarse de los territorios anteriores.

Lo cierto es que, entre uno y otro proyecto, algo se ha quedado en suspenso. La imperiosa necesidad industrial obliga a que Villeneuve trace un díptico que optimice los resultados en taquilla y el riesgo de la inversión. Un díptico que en su primera entrega alcanza hasta la primera mitad de la novela original. Un arco que narra la caída de la Casa Atreides y el ascenso de su heredero Paul Atreides (Timothée Chalamet). Entremedias, la descripción de un universo feudal, años luz en un futuro complejo en su organización y estructura de poder, desarrollado en el guion con notable opacidad.

Historia de naturaleza mesiánica, el Dune de Villeneuve tiene sus mejores aliados en el diseño de producción, vestuario, efectos visuales y, especialmente, en los acordes de Hans Zimmer, quien eleva la cinta en su forma, logrando con ello esquivar los espacios vacíos que la historia va dejando en el camino.

Pese a su forma, su carácter épico y grandilocuente, Villeneuve y compañía han apostado a lo seguro. Trazando un recorrido convencional que posa sobre los hombres de su protagonista, pero que sostienen de cara a la taquilla, (super)héroes de otros universos.

Como relato cinematográfico habría que decir que la versión de Lynch es más eficiente. Más competente ya no solo en el qué y el cómo sino en el cuánto. Lo que ayer parecía un defecto, hoy se transforma en una virtud ante el espejo proporcionado por el nuevo film. Las comparaciones nunca gustan, pero relativizan los resultados de una y otra. En este caso, más narrativos que económicos. Esta nueva vuelta ha demostrado que el autor de El hombre elefante estaba más próximo al espíritu del relato original; incluso pese a sus propias dudas.

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