La crisis energética en Europa y el Nord Stream 2

No parece que sea casualidad que el precio del gas haya alcanzado máximos históricos durante este año 2021 en el que se ha terminado el gaseoducto Nord Stream 2, como así anunciaron las autoridades rusas el pasado mes de septiembre, un proyecto que ha sido muy controvertido y que ha acumulado retrasos en su finalización debido a las amenazas americanas y a las tensiones geopolíticas. El Nord Stream 2 recorre 1.230 kilómetros de longitud del Mar Báltico por el mismo recorrido que su gemelo Nord Stream 1, y tiene capacidad para transportar 55.000 millones de metros cúbicos de gas. Su realización habría alcanzado el precio de 10.000 millones de euros.

Sin embargo, tampoco parece realista achacar a esta obra de ingeniería la sola responsabilidad de la subida de los precios de la energía. El origen de esta escalada de los precios requiere del análisis de varios factores: por una parte, la salida del confinamiento y el relance de las economías mundiales, cabe destacar el fuerte crecimiento de la economía China, tras un inverno especialmente frío, habría producido un aumento de la demanda con dificultades para responderla del lado de la oferta, debido a la competencia entre los países del este de Asia, a  la falta de inversores y a problemas de mantenimiento. No debemos olvidar que el precio del gas arrastra al precio de la electricidad, no solamente por competencia entre ambos recursos sino porque la electricidad también se produce en parte mediante gas; alrededor de un 20% de la electricidad europea por ejemplo, se produce mediante gas natural.

Por otra parte, la dependencia europea de las importaciones de gas es casi total, ya que se trata de un 90% ante el a penas 10% de producción propia tras la salida del Reino Unido de la UE. El primer exportador de gas a Europa no es otro que Rusia que suministra cerca del 45% del gas natural, seguido de Noruega que exporta entorno al 20%  y Argelia el 12%.

El nuevo gaseoducto, origen de una batalla geopolítica entre Estados Unidos y Alemania, así como entre Rusia y Ucrania e incluso entre los propios europeos, ha sido financiado por la rusa Gazprom al 50% y por cinco inversores europeos al 10%, la francesa Engie , las alemanas Uniper y Wintershall , la austríaca OMV y la Shell entre el Reino Unido y los Países Bajos. Los trabajos han sido conducidos por la sociedad suiza Nord Stream 2 AG, con sede en Suiza.

Entre los perjudicados por el incremento del suministro por esta “ruta del gas” se encuentran Ucrania, ya que perdería unos 1.500 millones de dólares del tránsito de gas ruso hacia tierras alemanas o Italia, ante el abandono del proyecto de gaseoducto del sur de Europa. Muchas otras son las voces discrepantes, ya que se considera que la dependencia de Europa del gas ruso se incrementaría, en un contexto diplomático tenso ante casos sensibles como el del opositor Navalny o la anexión de la península de Crimea desde 2014. El propio presidente de Ucrania Volodymyr Zelensky ha denominado al Nord Stream 2 de “arma geopolítica peligrosa”.

Los Estados Unidos, que también representan el 5% de las importaciones de gas de la Unión Europea, estiman igualmente que este proyecto es un error porque la Unión Europea aumentaría su dependencia de Rusia, pero no parece estar en sus manos impedirlo, en primer lugar porque ya es tarde y además porque depende de Alemania para otros acuerdos en relación con China, sin embargo abogaría por conservar y garantizar el tránsito del gas ruso por Ucrania.

El gas natural es el segundo combustible más consumido de los 27 tras el petróleo y sus derivados (con los que también se produce un 13% de la electricidad europea) y la UE dispone de una reserva inferior a la del año pasado, lo que crea suspicacias ante el descenso del suministro ruso que se consideraría debido a la intención de forzar la puesta en servicio del Nord Stream 2 ante las objeciones diplomáticas y administrativas, algo que niegan los propios rusos que consideran el proyecto meramente comercial y no político.

Cabe destacar que la inflación del sector energético del 17,4% ha provocado una inflación en los 19 países de la eurozona del 3,4%, máxima desde hace más de una década, en comparación al -8,4% en el mismo sector, en septiembre de 2020.

Esta excesiva tendencia al alza de los precios de la energía (en España, el precio de la electricidad ha superado los 200 euros por MW/h) tiene igualmente como principales perjudicados a los consumidores a los que se les repercuten el precio del transporte, la distribución y tasas.

Al analizar el impacto en los hogares, esto nos lleva a tratar términos como la pobreza y precariedad energética (no poder calentar correctamente su casa por falta de dinero), que afectaría a un 7% de los hogares de la UE en 2019; 18,9% en Portugal, 11,1% en Italia, 7,5% en España, 6,2% en Francia, agravada en países como Bulgaria o Lituania con un 30,1% y un 26,7% de hogares en esta situación. Familias monoparentales, personas solas o jóvenes serían los más afectados por esta precariedad que afecta a 7 millones de hogares europeos cada año.

Igualmente, la crisis energética afectaría a las empresas, especialmente a las que dependen de la electricidad o directamente del gas cuyo descenso en los ingresos o pérdidas son todavía incalculables si los precios no se revierten antes de la primavera como está previsto. Algunas de entre ellas están optando por parar la producción puesto que estamos hablando de producir con pérdidas y de inestabilidad constante en las tarifas. Si estas medidas desembocaran en pérdidas de puestos de trabajo la situación sería todavía más dramática.

Al añadir la fuerte progresión del precio del carbono sobre el mercado europeo ETS (el precio de la tonelada de CO2 ha pasado en unos años de 5 a 60 euros, en datos de septiembre de 2021, multiplicándose por 4 desde marzo) y el propio precio del petróleo que también ha subido en el último año en los mercados internacionales (un 22,1% la gasolina y un 23% el diésel), nos encontramos ante una situación muy delicada.

Los esfuerzos para llegar a acuerdos en el seno de la Unión Europea y establecer medidas para paliar esta situación podrían llevar a la compra conjunta de energías como el gas cuando el precio baje, para obtener mejores condiciones de compra y asegurar las reservas, aunque esto supondría costes de almacenaje.

También se está trabajando en un paquete de medidas para aliviar en el corto y medio plazo a los consumidores finales para amortiguar el impacto inminente porque se tiene confianza en la posterior estabilización, pero otros factores como los especulativos tanto en el mercado de emisiones del CO2 o entre los mayoristas necesitarán de medidas específicas y efectivas.

La transición hacia las energías renovables que evitara la dependencia de las energías fósiles podría solucionar en parte el problema pero no solucionaría los problemas ligados a la estrategia geopolítica derivados de conflictos históricamente enquistados ni a los abusos causados por la atroz competencia de un mercado liberalizado.

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