Por unas teatralidades realmente emancipadoras

La obra de María Jerez, expuesta y explicada por ella misma en la Cátedra de teatralidades expandidas en el Museo Reina Sofía el pasado viernes 8 de octubre, me ha convencido de que para que una teatralidad sea efectiva, ésta debe ser configurada bajo cierto grado de autoconciencia de representación. La conjunción de sus elementos (fisicalidad, espacio ocupado) debe moldearse desde fuera, poniéndose en la piel del espectador. Esta convicción ha arraigado en mí de la siguiente manera: la decisión radical de la autora de no imaginar la ´percepción exterior´ de la obra, si bien a nivel discursivo me ha parecido que rebosa fuerza política, a nivel visual, me ha inmerso en una experiencia pobre y limitada. Su forma de abogar por el fin de la diferencias y categorizaciones (entre naturaleza y hombre, entre grupos y comunidades de personas), consideradas por ella como inherentes al logocentrismo, es mediante el rechazo a cualquier forma de representación, mediante la elusión de cualquier referencia simbólica identificable. Así pues, en su obra BLOB unos bailarines se mueven debajo de unas telas heterogéneas y, cada vez que sus movimientos están a punto de configurar una forma identificable para el público, la deshacen. En otra fotografía nos muestra un montón de objetos que, a pesar de tener un aspecto medianamente familiar, nos resultan imposibles de referenciar.

Aunque considero la idea y su motivación política brillantes, reconozco su baja capacidad de promover una real emancipación social de aquellos grupos subalternos y ´otreados´ que principalmente sufren el régimen de las diferencias. Esto me lleva a intuir en la autora una falta de compromiso real- quizás con raíces en un privilegio personal- que le permite ignorar el potencial emancipatorio de ese ´posicionamiento estratégico´ identificado por la filosofía decolonial Gayatri Spivak: planteamiento según el cual  los grupos históricamente invisibilizados, estereotipados y construidos por ´la mirada universal´ (masculina, blanca, occidental) deben recurrir a la autorreferencialidad con el fin de redefinir ´desde dentro´ su identidad, así como para reivindicar su voz política. Su propuesta de emancipación ignora que la discriminación no es sólo representacional y discursiva: existe una realidad material concreta (un sistema social y económico que la avala) en base a la cual los símbolos identitarios y diferenciadores son creados (ya sea de forma más o menos exacta). Consecuentemente, al condenar la representación por creer que es exclusivamente ´el origen de la opresión´ se pierde la oportunidad de exponer su realidad subyacente y de reivindicar tanto sus componentes verídicos como manipulados. En otras palabras, es fundamental reconocer esa red simbólica alrededor de identidades ´diferenciadas´ para eliminar su significación negativa, así como para promover indignación frente a la irracionalidad de la discriminación y violencia que suscitan.

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