Puro Vicio: nada permanece

El cine negro es uno de los grandes géneros clásicos del cine. Surgido a partir de las novelas criminales de los años 20 y 30, con Dashiell Hammett y Raymond Chandler como sus máximos exponentes, el cine negro y su evolución posterior ha dado lugar a grandes películas e incluso ha ayudado al desarrollo de nuevos géneros. En algun punto de los 60, el antiguo paradigma del cine negro quedó superado por un nuevo enfoque hacia el mismo tipo de material: el neo-noir. Con Puro Vicio, Paul Thomas Anderson nos brindó su particular versión sobre ese mundo de crimen, corrupción, y detectives privados.

Más allá de los elementos superficiales comunes a lo largo de su historia, básicamente el crimen y una figura mediadora de la justicia, típicamente un detective privado o un policía, lo que une e hila el género a través del tiempo es el nihilismo. Subyacente a casi toda historia clásica de detectives hay la futilidad y el sinsentido de sus acciones.

Leyendo el primer Chandler, por ejemplo, nos encontramos con una sucesión de eventos sin solución de continuidad alguna, que llevan a media docena de casos distintos apenas relacionados unos con otros por una tangente casual. En palabras del mismo Chandler, “en caso de duda, haz entrar a dos hombres llevando pistolas”.

Muchas de éstas distracciones quedan sin resolver, porque no interesan a una trama principal que queda olvidada entre las diez primeras páginas y las diez últimas. Incluso la trama principal termina con un giro más bien decepcionante. Lo peor de la ficción de Chandler es como su protagonista, que en realidad deambula completamente perdido, se narra a sí mismo como el dominador de la ciudad y de todo en general. Se trata, en el fondo, de una fantasía machista de auto suficiencia, que sin embargo revela la incapacidad del protagonista para tener un efecto real en el mundo que le rodea.

La diferencia fundamental con el neo-noir es que éste incide en esa absurdidad, mientras el noir clásico con frecuencia cae en ese pecado original de encumbrar a un ser mediocre que intenta disimular su impotencia con su verborrea y su pistola. En cierto modo, la novela negra, y por extensión el cine negro, nacieron como una extensión de los tropos tradicionales del héroe que prevalece, aunque su camino está sembrado de muerte y podredumbre. En su evolución, sin embargo, se encaminó hacia la fatalidad, en la que el ya otrora dudoso (anti)héroe pierde o bien su posición más o menos moral o su capacidad de prevalecer en su empeño (o incluso ambas).

Puro Vicio, un auténtico neo-noir hippie, navega todas esas contradicciones sin inmutarse. En la mejor tradición del género, entronca a la perfección con la lectura muy similar que hizo de él Robert Altman en El Largo Adiós. Ésta es una película notable por ser una adaptación directa de Chandler y, sin embargo, desechar por completo la caracterización del icónico Philip Marlowe. Si, tal como se comenta arriba, en Chandler encontramos a un Marlowe que se narra superior a todo a pesar de tambalearse entre casos y maleantes, Altman le despoja de esa auto-suficiencia y lo devuelve al terreno de los vivos. No significa que Marlowe se convierta en un pobre diablo ignorante, pero sí que se revela como el perdedor que siempre ha sido, viviendo a duras penas caso a caso, conocedor de su profesión y sin embargo perdido en un mundo que le ha pasado de largo.

Esa versión de Chandler entronca a la perfección con Puro Vicio por múltiples razones, sobretodo la ambientación en los primeros años 70 y por la similitud del Marlowe de Elliott Gould con el Doc Sportello de Joaquin Phoenix. Aunque Doc Sportello es un hippie frecuentemente en busca de marihuana, a diferencia de un Marlowe más clásico, es decir solamente alcohólico, la actitud con la que ambos personajes se mueven dando tumbos a través de múltiples tramas superpuestas e inconexas es prácticamente la misma. Si Altman apostó por la desmitificación del género, Anderson apuesta por romper la continuidad narrativa para así acentuar aún más las características del género aprovechando la condición de porreta del protagonista.

También ayuda el que en más de una ocasión Doc sea noqueado, proporcionando cambios de escena más desconcertantes de lo normal. Como buena adaptación de una obra de Thomas Pynchon, Puro Vicio resulta ser una película se nutre del sentimiento de desconcierto y paranoia que generan tales sucesiones de escenas. Es difícil, incluso tras un segundo visionado, seguir la cadena de efectos que nos transportan del principio al final. Todo empieza por la desaparición de un antiguo romance de Doc, quien de hecho acude a él antes de su desaparición, y aunque durante toda la película va descubriendo más y más detalles de la aparente conspiración en la que se ha visto envuelta, ninguna de sus acciones parece tener ningún efecto en el que ella regrese o no.

De hecho, sobre esa trama se sobreponen múltiples otros casos que resultan estar conectados en formas inesperadas. Una de las piezas centrales es el Colmillo Dorado, un nombre que se atribuye primero a un cártel de la droga, luego a un barco y, finalmente, a una asociación de dentistas. En el camino, Sportello se cruza constantemente con su aliado-antagonista, el policia y actor Christian “Bigfoot” Bjornsen, quien le golpea, le insulta, y vandaliza su casa, pero a quien en realidad le une fuertemente la conciencia de un tiempo que se acaba e incluso cierto compañerismo por un día a día más o menos compartido. En uno de los muchos detalles irónicos del filme, Bjornsen aparece interpretando un hippie para un anuncio de televisión, a pesar de su desprecio hacia los hippies y específicamente hacia Sportello.

A pesar de todo, las tramas terminan por confluir hacia una resolución parcial, en la que un malo que no aparece en ningún otro momento recibe su merecido, acto a través del cual otro personaje gana su libertad. En el panorama general, sin embargo, tales acciones son solamente actos menores que proporcionan consuelo a los individuos. A su vez, el hecho de que la trama principal se solucione sin el concurso de los personajes simplemente enfatiza la incapacidad del individuo de sobreponerse a un entorno que le supera. Doc Sportello y Bigfoot Bjornsen asisten a un mundo cambiante y mayor de lo que pueden afrontar.

Más allá del cine negro, pues, Puro Vicio representa un retrato no tanto de una generación como de un instante que ya pasó. Los vicios del propio Pynchon, su tendencia a ultrareferenciar en sus libros el momento histórico que cruzan, se esconden tras los pequeños detalles de una película que lejos de preocuparse de sobrecargar su estética, lo depura todo a través de la economía y sencillez de su lenguaje. En las manos de Anderson, el texto denso y frenético queda fijado en las escenas justas y un trabajo de ambientación y diseño pulcros y perfectos, o desordenados cuando un personaje o localización lo requiere.

Se trata de una de las cintas más elípticas del director, en una fragmentación que a pesar del desconcierto que genera, resulta acertada. Se hace difícil huir de las garras de una película que pide a gritos ser vista de nuevo, mostrándonos las piezas del puzle tan de cerca que cuesta descubrir que ya están encajadas. Se trata de una invitación a encajarlas por nosotros mismos, y a darnos de nuevo una vuelta por un mundo descabellado en evolución constante.

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